18 de enero del 2022

Opinión

La metamorfosis

Néstor Arroyo “¿Qué me ha sucedido?”, pregunta ante la perplejidad e incertidumbre por lo inesperado, buscando respuestas lógicas en un mundo exterior sin orden ni reglas. Pero, también podría ser el cuestionamiento ante la trágica realidad que se le impone de forma abrupta a un hombre aislado por la autoridad y golpeado de forma constante […]




Néstor Arroyo

“¿Qué me ha sucedido?”, pregunta ante la perplejidad e incertidumbre por lo inesperado, buscando respuestas lógicas en un mundo exterior sin orden ni reglas. Pero, también podría ser el cuestionamiento ante la trágica realidad que se le impone de forma abrupta a un hombre aislado por la autoridad y golpeado de forma constante por las carencias, tanto económicas como afectivas. Incluso, quizás manifieste un problema moral.

Aquel día él se despertó en su habitación, como era lógico, pero algo extraño pasaba. Allí, recostado sobre su espalda, miró el entorno solo para confirmar que no era un sueño y que el mundo exterior seguía inmutable. Ante la evidencia, intentó moverse muchas veces, pero no pudo. Entonces quiso volver a dormir, pues seguro era un sueño. Pero también esto fue inútil.
En aquellos primeros momentos de incertidumbre ante los hechos, cuando alzaba la cabeza veía “su vientre curvo, de color café y fragmentado en rígidos arcos”, se estremeció pensando que aquello era el producto de lo mucho que trabajaba, con un aumento constante de las presiones, así como unos tormentosos y constantes viajes. Pero no eran alucinaciones.

Ese sentimiento de perplejidad ante el mundo que no podemos entender ni definir por medio de la razón, en cuyo discurrir somos marionetas de externos designios, es la gran paradoja de la modernidad y la actualidad de este texto que, solo en América y después de la traducción que hizo Borges en 1943, fue libro de culto de grandes escritores, tales como García Márquez, Monterroso o Arreola.

¿Quién mueve los hilos de las desgracias humanas? ¿Por qué de forma tan frecuente cruzamos la puerta de la desdicha empujados por una fuerza arrolladora donde, como en “La Comedia”, perdemos toda esperanza?

Al verle, desde las primeras palabras, sorprendido por la “multitud de piernitas, lastimosamente flacas… (que) revoloteaban suplicantes frente a sus ojos”, un natural sentimiento de afecto mezclado con lástima nos brota ante el infortunio de ese hombre que puede ser cualquiera de nosotros. O que hemos sido nosotros muchas veces: simples seres humanos objetos de circunstancias que no dominamos. Y nos punza la duda entonces: ¿tiene el azar tanta importancia en los actos humanos, tendrá realmente “categoría histórica”? o ¿solo hablamos de las “riendas del poder” que otro tensa por ti?
En 1915, hace más de 100 años, iniciaron las preguntas al publicarse este “pequeño-gran libro”, que como todos los clásicos mantienen una permanente actualidad y que, para deleite del espíritu y mejor lectura de la realidad deberíamos releer, por lo menos, una vez cada año.

Cuando la sirvienta, luego de molestarlo con una escoba, notó que había muerto y salió “bruscamente (y) empujó la puerta de los padres y gritó en la oscuridad: ¡Estiró la pata! ¡El bicho estiró la pata!”, una lágrima puede caer por nuestras mejillas. Más cuando sabemos que ya no comía desde hacía bastante tiempo y que la familia entendía que debía desaparecer y que él, aún en ese estado de soledad total, “pensaba en su familia con amor y conmoción”.

Inolvidable historia, contada con la carpintería invisible de las grandes narraciones. Personajes únicos, casi arquetipos humanos. Realidad pesada, enrarecida y difícil como la nuestra. En síntesis un texto completo, donde nada falta ni sobra.

Gracias, Kafka.

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