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11 de mayo del 2021

Opinión

La mies es abundante, y los obreros pocos

  Cardenal Nicolás De Jesus Lopez Rodríguez. XI Domingo del Tiempo Ordinario. 18 de Junio de 2017 – Ciclo A. a) Del libro del Éxodo 19, 2-6a. Habían transcurrido dos meses después de la salida de Egipto, el pueblo llega al desierto del Sinai­ y acamparon allá­ frente al monte. El Señor llama a Moisés […]




 

Cardenal Nicolás De Jesus Lopez Rodríguez.

XI Domingo del Tiempo Ordinario.
18 de Junio de 2017 – Ciclo A.

a) Del libro del Éxodo 19, 2-6a.

Habían transcurrido dos meses después de la salida de Egipto, el pueblo llega al desierto del Sinai­ y acamparon allá­ frente al monte. El Señor llama a Moisés para que suba Él solo a la montaña, mientras el pueblo permanece en la ladera. Comienza el Señor recordando la liberación de la servidumbre: Ya habéis visto lo que he hecho con los egipcios y anuncia el propósito de elegirlo como pueblo. Si de veras escuchan mi voz y guardan mi alianza, ustedes serán mi propiedad personal entre todos los pueblos serán para mí­ un reino de sacerdotes y una nación santa.

Moisés lleva al pueblo el mensaje del Señor y el pueblo acepta obedecerlo. De nuevo Moisés vuelve al Señor con la respuesta: Haremos todo lo que Yahveh ha mandado. En esto ha de consistir la alianza, el pueblo será propiedad del Señor y el mismo pueblo se compromete a no reconocer otros dioses fuera del Señor. Moisés es en realidad mediador entre Yahveh y su pueblo, pero también es un auténtico profeta en cuanto que es portador de un anuncio al pueblo.

La alianza ha de consistir en hacer de ese pueblo propiedad escogida de Dios entre todos los pueblos de la tierra. En virtud de esa predilección del Señor se convierte en pueblo consagrado. Naturalmente esto no es obra solo de Dios sin el concurso del pueblo, Éste tiene que decidir si acepta responsablemente la oferta del Señor. Moisés representa en este pasaje a todos los mediadores (sacerdotes, profetas y reyes) y el pueblo debe reconocer en Él a su portavoz ante el Señor.

b) De la segunda carta del Apostol San Pablo a los Romanos 5, 6-11.

San Pablo expresa admiración y gratitud por la Nueva Alianza con Dios mediante Jesucristo, y trata de enseñarnos que la humanidad ha sido reconciliada con Dios por la fe en Cristo Jesús, que sacrifico su vida por nosotros. La entrega total de Jesús al venir al mundo y vivir como uno de tantos hizo posible una nueva relación de Dios con la humanidad, una relación de hijos e hijas de Dios.

La fe suscitada por la palabra de Dios no se limita a descubrir verdades conceptuales, sino que impulsa a secundar la acción del Espíritu Santo para transformar la realidad humana, a partir de la conversion profunda que ha de tener lugar en lo más profundo del corazón humano. Fe en Jesucristo y obediencia a sus enseñanzas son las condiciones para que la Nueva Alianza se cumpla.  El Espíritu Santo que Jesús nos envió nos da la posibilidad de que nosotros, pecadores que somos, podamos ser reconciliados con Dios. La admiración y gratitud de Pablo no tienen límites, porque se da cuenta de que Dios hizo todo eso, no por mérito nuestro, sino porque Él es amor.

c) Del Evangelio de San Mateo 9, 36-10, 8.

Este fragmento del Evangelio de San Mateo trata sobre el envío de los doce Apóstoles, con las instrucciones de Jesús para la misión evangelizadora que les confía. Desde esta perspectiva misionera se define la vocación y la identidad de la comunidad eclesial, constituye el segundo de los grandes discursos del primer evangelio y comprende tres segmentos: primero Jesús analiza la condición del pueblo que no tiene líderes. El segundo es el nombramiento de los Doce. Y tercero, las instrucciones específicas que recibieron, que se prolongan el resto del capítulo 10, cuya lectura continuará los dos próximos domingos.

Jesús compadecido de la muchedumbre, expone su preocupación misionera con dos imágenes de los destinatarios de la misión: son ovejas sin pastor y mies que pide cosechadores. Mateo da la lista de los Doce Apóstoles (que significa en griego enviados), coincidiendo con los demás evangelistas en mencionar a Pedro en primer lugar y a Judas Iscariote, en el Último. El mensaje esencial de los misioneros será la llegada del Reino de Dios; y habrán de unir al anuncio los signos de la presencia del mismo: Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios. Gratis lo han recibido, denlo gratis (v.8).

La tarea evangelizadora de la Iglesia, continuación de la misión de Jesús, ha de realizarse en total desprendimiento, sin intención de lucro ni provecho propio y por el envío de los Apóstoles queda manifiesto que la misión es un servicio gratuito. Se trata de dar gratis lo que se ha recibido gratuitamente de Dios, consigna misionera de perenne validez. Por el ejemplo de Jesús queda claro que la evangelización no es proselitismo sectario, ni propaganda mercantilista, ni oferta interesada de una tecnología, de una filosofía humanista, de un sistema político o económico.

Debemos transmitir la Noticia de que Dios ama al hombre, lo invita a la fe, a su amistad, a su adopción filial y a la fraternidad humana mediante el seguimiento de Jesucristo, el Hombre nuevo. Siempre serán de gran actualidad en la comunidad de fe que es la Iglesia las palabras de Jesús: Vayan al mundo entero– Den gratis lo que gratuitamente han recibido. Y aquella reflexión de San Pablo: Si evangelizo no es para mí­ motivo de gloria, sino que se me impone como necesidad. Ay de mí­ si no evangelizare (1 Cor. 9, 16).

Y Pablo VI en la Exhortación apostólica «Evangelii nuntiandi» N. 14 afirma: Evangelizar constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar, es decir para predicar y enseñar, ser canal del don de la gracia, reconciliar a los pecadores con Dios y perpetuar el sacrificio de Cristo en la Santa Misa, memorial de su muerte y resurrección gloriosa.  Anunciar la Buena Nueva desencadena un proceso y activa una historia de salvación, por la intervención de Dios en el mundo de los hombres.

Fuente: Luis Alonso Sch,kel: La Biblia de Nuestro Pueblo.
B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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