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22 de abril del 2021

Política

“La Psicología del Poder”

Frecuentemente, las personas en estado estupefacción e iracundos se preguntan, ¡Dios mío! ¿Y qué fue lo que le pasó a Juan Pérez? Dicha inquietud surge de la incertidumbre emocional por la que a diario atraviesan millones de personas; cuando ven llegar al poder a individuos con los cuales tenían vínculos cercanos. Toda vez que, esos […]




Frecuentemente, las personas en estado estupefacción e iracundos se preguntan, ¡Dios mío! ¿Y qué fue lo que le pasó a Juan Pérez? Dicha inquietud surge de la incertidumbre emocional por la que a diario atraviesan millones de personas; cuando ven llegar al poder a individuos con los cuales tenían vínculos cercanos. Toda vez que, esos con quienes compartieron de infancia amistades estables, sueños en conjunto o utópicas ideologías, son los mismos que una vez que alcanzaron el solio del poder; parecen haber llegado a partir de ese momento del planeta Saturno. En ese sentido, he sostenido la tesis de que ni siquiera la psiquiatría aún con todos los avances de la ciencia, puede dar un diagnostico tan efectivo y certero sobre la conducta de un individuo; como puede hacerlo su comportamiento en política. En virtud de que, parto de la premisa de que aquellos que en política se comportan como roedores; en sus vidas privadas su comida favorita es el queso. En consecuencia, si tan solo nos detuviéramos analizar el accionar de esas personas que tienen una expectativa plausible del poder; aun sin haberlo conquistado, comprobaremos el famoso refrán de que, “con las glorias se olvidan las memorias”. Un Ingrato Previsible. El gran filósofo y psicólogo italiano José Ingenieros sentenció, “que el culto a los propios méritos consolida y enciende en el hombre la vanidad”. Fruto de ello, vemos como individuos que eran huérfanos e ignorados por el reconocimiento de los demás, desde el mismo momento en que perciben que recaerá sobre sus hombros una mínima cuota de poder; se transforman en iguales o peor que aquéllos a los que siempre criticaron. Ese individuo que abre espacio y terreno fértil para los epítetos inmerecidos de líder, el Don, el guía, el magnánimo, etc. No es otro que; al que hoy ayudamos y que mañana tendremos que despreciar. Asimismo, esos acreedores de vacíos existenciales y del anonimato profesional y social, son los mismos que compran con ligereza las ínfulas que otorga el poder en la psiquis de plebeyos y descamisados; que en un abrir y cerrar de ojos la suerte del poder tocó sus puertas de manera inesperada. Son esos a los cuales hasta sus propios familiares desconocen. A los que sus amigos de infancia comienzan a despreciar. A los que en el barrio donde nacieron los declaran de manera simbólica e irreverente persona no grata y, son los mismos, que mañana tienen que comprar las voluntades que perdieron. La Metamorfosis del Yo. Dentro de la premisa reproductiva del poder establecida por el gran filósofo francés Michael Foucault, el funesto y tristemente célebre genio del mal Joaquín Balaguer; parafraseando el refranero español estableció que, “para conocer a Miguelito solo había que darle un carguito”. Por eso, la mayoría de las personas se preguntan, ¿qué será lo que pasa por la cabeza de alguien desde que llega al poder? ¿Será que esa persona vive en un país diferente que aquéllos a quienes representa? La única respuesta a estas interrogantes sería decir que, el poder es una patología que mal encausado; puede enajenar a los individuos. Dentro de esa incongruencia, la gente también se pregunta, ¿Fue esa la persona por la que yo voté? ¡Así es! Empero, ese ahora solo conoce el instinto primitivo de poseer y conservar el poder, pues como dice John Gartner tienen un sentido de grandiosidad que le hace creer que está destinado a liderar el mundo. En esencia, tiene el síndrome de Hybris de David Owen; pues piensa que su vida pertenece a la función que ocupa. Ya solo se rodea de incondicionales porque los consejos que discrepan de sus ideas le son displicentes; fruto de que, para él como decía Jean Paul Richter “después del poder, nada hay tan excelso como saber tener dominio de su uso”. Por: Manuel Cruz.

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