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11 de abril del 2021

Opinión

La religión política: el eterno problema

En esencia, esa concepción de unicidad religión-política aún prevalece en la generalidad de los líderes religiosos de la actualidad y, por ejemplo, el origen de las presiones que determinados líderes religiosos de nuestro país ejercen sobre los partidos César Pérez. A pesar de la profundidad de revolución tecnológica que se ha operado en mundo, sobre […]




En esencia, esa concepción de unicidad religión-política aún prevalece en la generalidad de los líderes religiosos de la actualidad y, por ejemplo, el origen de las presiones que determinados líderes religiosos de nuestro país ejercen sobre los partidos

A pesar de la profundidad de revolución tecnológica que se ha operado en mundo, sobre todo en la comunicación estas últimas tres décadas, a pesar de la realidad y potencialidad de las innovaciones producidas por esa revolución en las relaciones entre los grupos humanos, persiste la tendencia en las religiones y los religiosos a no reconocer el tema de la laicidad, vale decir, la clara separación de la esfera pública o la política de la esfera de la fe, que es una cuestión privada. En nuestro país, es ostensible e irritante la creciente incursión de sectores religiosos en las esfera política, institucional o privada, reforzando con su actitud la eterna de mezcla de religión y política que ha sido origen de tanto odios, intolerancias y matanzas en este mundo.

A pesar las múltiples guerras religiosas de trasfondo político, ocurridas en el occidente cristiano más que en ninguna otra parte del mundo, es en este continente donde ha habido el avance más significativo en el reconocimiento del derecho del individuo frente al Estado y la religión. Esto ha sido fruto de las grandes las luchas por la libertad, la institucionalidad y la inclusión social impulsadas por grandes pensadores de las ciencias sociales y de corrientes filosóficas como la ilustración, a pesar de la soberbia intelectual de algunos ilustrados franceses. Sin embargo, aún está fresquísimo el olor a pólvora de luchas políticas estimuladas por el factor religioso, pienso en las acciones del IRA y en el terrorismo de ETA. 

El islam político, en tanto “movimiento humano, histórico e intelectual … e ideología revolucionaria” según Sayyd Qutb, fundador del movimiento egipcio, Hermanos Musulmanes,  es una de las tantas interpretaciones del Islam,  que a pesar de lo rudimentaria que es, al unir fragmentos del Corán sobre papel atribuido a Dios en el orden social y político con los abusos cometidos y depredaciones cometidas han por  potencias occidentales contra naciones de mayoría musulmana en las últimas décadas, se convierte en una potente arma ideológica/política que atrae a jóvenes de origen musulmán radicados y hasta integrados en diversos países occidentales. Sirve también de chantaje para impedir cualquier intento aperturista de parte de los principales líderes políticos y religiosos del mundo musulmán.

La expresión: “el islam es político o no lo es”, es atribuida al Imán iraní Khomeni en los años 80’; guardando distancia y tiempo, fue lo mismo que antes había pensado el circulo político/religioso que rodeó a Isabel I de Inglaterra para crear una iglesia/nación: la Iglesia Anglicana; quien no la asumía era considerado traidor a la nación inglesa, dando origen a los más atroces crímenes contra los llamados herejes católicos romanos. En esencia, esa concepción de unicidad religión-política aún prevalece en la generalidad de los líderes religiosos de la actualidad y, por ejemplo, el origen de las presiones que determinados líderes religiosos de nuestro país ejercen sobre los partidos y las organizaciones de la sociedad civil para que estos actúen conforme a las concepciones eclesiales sobre determinados temas.

Aquí son frecuentes las declaraciones de diversos altos dignatarios de las iglesias, sobre todo católicos, que pretenden enmendarle la plana a dirigentes de partidos y/o a partidos, utilizando un lenguaje muchas veces impulsivo/compulsivo, además del chantaje,  contra es dirigentes y/o colectividades políticas, trazando e imponiendo sus posiciones en las esferas de la política y de las relaciones privadas en temas cruciales, como son la educación sexual y el aborto terapéutico, en un país donde cerca del 47% de las parturientas tienen menos de 20 años de edad. La sostenida y avasallante incursión de lo religioso en las esferas de las instituciones políticas y en la vida privada, vale decir, en todas las esferas de la sociedad lo cual significa un retroceso en el largo andar por la separación de lo entre política y religión.

Es acentuada la práctica de iniciar actos de carácter políticos, sociales o privados apelando a invocaciones religiosas, sin importar que en esos actos participan gente que no son de la religión base de esa liturgia religiosa o que simplemente no son creyentes. Esas indiscriminadas y frecuentes invocaciones no son sólo frutos de una imposición de lo religioso o los religiosos, sino de la pusilanimidad de diversos dirigentes políticos que aceptan el chantaje de sectores eclesiales para imponer estos partidos e instituciones y acepten sus particulares concepciones sobre temas de fe. Un verdadero lastre social y político que nos hace una sociedad cada vez más permeada por el conservadurismo, la hipocresía y la intolerancia en todas sus esferas.

A pesar de las voces dentro de esas iglesias que reclaman mayores niveles de apertura y de reconocimiento de la laicidad, el liderazgo religioso, con la complicidad del liderazgo político y social del país, mantiene su cerrazón sobre los temas cruciales para la democratización e institucionalización del país, ignorando el peligro que para la humanidad significa una concepción religiosa de la fe que al no estar  separarla de la política determina que en todo el mundo crezcan la intolerancia en sus diversas formas, los odios y las diversas formas de actos de violencia y terror de matriz político/religiosa.

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