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13 de mayo del 2021

Opinión

La tristeza no viene de Dios

Juan F. Puello Herrera asistente@puelloherrera.com La tristeza es un estado anímico que cuando se prolonga en el tiempo puede tener consecuencias nefas­tas en nuestra relación con Dios. Se dice entonces que la tristeza es un “enemigo oscuro y sórdido que corroe de manera taimada lo mejor que hay en noso­tros. Es la trampa favorita del […]




Juan F. Puello Herrera

asistente@puelloherrera.com

La tristeza es un estado anímico que cuando se prolonga en el tiempo puede tener consecuencias nefas­tas en nuestra relación con Dios. Se dice entonces que la tristeza es un “enemigo oscuro y sórdido que corroe de manera taimada lo mejor que hay en noso­tros.

Es la trampa favorita del Maligno que busca desestabilizarnos y destruirnos como la “poli­lla al vestido y la carcoma a la madera dañan­do nuestro corazón” (Proverbios 25,20).

La extensión del mal que pulula en el mun­do no necesita que le hagamos el juego a la es­trategia del Maligno agregándole tristeza, ya que esta no permite salir de la oscuridad en que estamos instalados impidiendo que supe­remos las angustias que de por sí trae la exis­tencia.

Un proverbio chino dice que no se “puede evitar que el pájaro de la tristeza vuele sobre tu cabeza; sin embargo, puedes evitar que ani­de en tu caballera”. Por tanto, es un excesivo riesgo que se corre cuando alguien se entrega a una excesiva tristeza porque esta elimina to­talmente el valor que nos identifica como per­sonas de fe.

El remedio contra una aflicción prolongada es la alegría de amar y sentirse amado, alegría que nace del bien, que solo se encuentra mi­rando hacia lo alto y teniendo a Jesús como el único que puede cambiar las penas en gozo.

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