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13 de abril del 2021

Opinión

Las historias sin finales felices

Luis Beiro. Un afamado editor extranjero fue invitado a un evento en la República Dominicana. Su llegada y estancia  provocaron las acostumbradas  lambonerías. Según algunos, saludarlo podría llevar al paraíso. Y el hombre se dio cuenta. Y fue esquivo, parco e hipócrita. Un amigo entrañable le sirvió de edecán. El editor exigió su compañía a […]




Luis Beiro.
Un afamado editor extranjero fue invitado a un evento en la República Dominicana. Su llegada y estancia  provocaron las acostumbradas  lambonerías. Según algunos, saludarlo podría llevar al paraíso. Y el hombre se dio cuenta. Y fue esquivo, parco e hipócrita. Un amigo entrañable le sirvió de edecán. El editor exigió su compañía a cenas, conferencias, aplacar el espejismo insular. Un alto funcionario cultural le obsequió dos fundas repletas de libros de autores dominicanos, con la esperanza de que algunos vieran la luz bajo sello foráneo. El editor así lo prometió y al marcharse, guardó las supuestas joyas bibliográficas en el maletero del vehículo, y ya en camino a la embajada, le dijo al amigo. -Quédate con todo eso. No los quiero. El amigo lo miró asombrado: -Sé que es una carga pesada. Si quieres, te los envío por valija diplomática –le ofreció una posible solución. -No. No vale la pena. Las fundas, repletas de obras literarias dominicanas, quedaron en el baúl del auto a merced de un chofer que todavía no ha explicado el uso que les dio. Esta historia real, sin nombres ni fechas, me enseñó determinadas claves para entender el carácter atípico de la literatura y a agudeza circunstancial de aquellos editores signados como lumbreras. Hay formas mucho más sofisticadas para cercenar la literatura que la simple quema de libros. El impedimento de entrada a un país, los decomisos, las expropiaciones o el silencio autoral, son acciones concurrentes. Los autores isleños siempre seremos platos de segunda mesa. Nuestras creaciones librescas solo saldrán de la esfera insular a papeletazo limpio, o en yolas de mala muerte. Cada país protege primero a sus figuras. El editor invierte la mayoría de su capital en obras locales. Salvo excepciones, el negocio del libro no debe contemplar autores de otras latitudes. Voy a poner el ejemplo de un agran país y no quiero que se mal interprete. Durante el siglo XX, París abrió sus puertas a las letras mundiales. Los nombres de César Vallejo, Pablo Neruda, René Depestre, Jacques Romain, Gonzalo Rojas, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Carlos Pellicer, Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier resonaron en el Sena. Muchos llegaron en visitas literarias, congresos, estadías pasajeras o misiones diplomáticas. Otros lo hicieron con boleto en mano, buhardilla mugrienta de alquiler y ayuno perenne. A pesar de la bondad gala, todos eran vistos con recelo, incluso, en tertulias intelectuales. Tirios y troyanos estaban marcados, como le hacían a los potros con un hierro ardiente. En caldos se cuecen habas, pero pocos pueden negar que para un latino, llegar a París, fuera como fuera, era un sueño dorado. Para entonces ser escritor con ideas de izquierdas era un pasaje de ida. Estas reflexiones relativas pueden tener sonadas excepciones. Pero ciertas certezas las hacen creíbles:  Tarde o temprano los premiados con el Nobel, Cervantes y de Asturias, junto a los malogrados letrados latinos se unirán bajo tierra al igual que sus papeles impresos en tinta. En el ejército aprendí a no disparar a nadie de mi misma tropa, a no ser por un delito de alta traición. Me enseñaron que todo merece perdón, salvo quien roba o traiciona. En la mente de los literatos fluyen aventuras, desenfados, pasiones, delirios de grandeza y un afán incontrolable de navegar en la barca de la eternidad. La nostalgia parisina luce zigzagueante, al igual que mi pasión por historias sin finales felices. Norteamérica tampoco es la excepción. Miguel Donoso publico una novela desgarradora que no podré olvidar. “Donde van a morir los elefantes” (1985) recrea ese portentoso y descontrolado afán de los intelectuales que van a Norteamérica no solo a sobrevivir, sino en busca de reconstruir su vida y buscar un reconocimiento negado en la tierra que los vio nacer. El personaje de Gustavo Zuleta descubre un país de contrastes, envidias y resentimientos donde los emigrantes deben cumplir estrictas exigencias burocráticas y adaptarse a ellas. Aquel territorio tampoco inclinará la frente al aporte extranjero. Por eso entiendo el nacionalismo de José Martí cuando escribió: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche. ¿O son una las dos?

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