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14 de abril del 2021

Opinión

Las mujeres del 30 de mayo

Juan Daniel Balcácer. La conspiración del 30 de mayo no solo estuvo integrada por hombres. En efecto, junto a ellos -que no detrás- hubo un grupo de mujeres (madres, esposas, hijas, hermanas, novias o simplemente amigas) que durante la primera etapa les brindaron un inestimable apoyo moral y, después de liquidado el tirano, ellas, con […]




Juan Daniel Balcácer.
La conspiración del 30 de mayo no solo estuvo integrada por hombres. En efecto, junto a ellos -que no detrás- hubo un grupo de mujeres (madres, esposas, hijas, hermanas, novias o simplemente amigas) que durante la primera etapa les brindaron un inestimable apoyo moral y, después de liquidado el tirano, ellas, con admirable abnegación y valentía, llevaron sobre sus hombros -como El Cirineo- la pesada cruz del sacrificio que significó perder a sus esposos, hijos, hermanos o amigos. Es fama que a lo largo de la llamada Era de Trujillo, fueron muchas las damas que ofrecieron su concurso a la causa por la libertad. Algunas se vieron obligadas a tomar el camino del exilio y otras constataron personalmente las penurias que se padecían en las ergástulas trujillistas. Y no solo sufrieron en carne propia los desmanes del tirano, sino que con admirable estoicismo resistieron la pérdida de sus compañeros, hijos, hermanos y amigos, como aconteció (para sólo mencionar tres casos) con las mujeres de las familias Bencosme, Perozo y Patiño. Mujeres-coraje. La casi totalidad de las damas emparentadas con los ajusticiadores del tirano fueron perseguidas, apresadas y sometidas a todo tipo de vejámenes. Primero se les confinó en la temible cárcel de La 40, después en la de El 9 y, finalmente, en una residencia campestre ubicada en el kilómetro 14 de la autopista Duarte. Las víctimas de esos atropellos incalificables fueron: Cristiana Díaz de Díaz (Chana), esposa de Juan Tomás Díaz; Leda Montaño, casada con Modesto Díaz; Consuelo Barrera Benett, Consuelo Imbert y Guarina Tessón de Imbert, madre, hermana y esposa de Antonio Imbert Barrera, respectivamente; Leopoldina Pimentel, madre de Huáscar Tejeda; América Pereyra García, tía de Amado García Guerrero; la esposa de Huáscar Tejeda, Lindín González, quien estaba embarazada; Blanca Alemán, casada con Roberto Pastoriza; Urania Mueses, esposa de Salvador Estrella; Marianela Díaz, hija de Juan Tomás Díaz y esposa del doctor Bienvenido García Vásquez. Asimismo, Olga Despradel (también en estado de embarazo), esposa de Pedro Livio Cedeño; Dulce de la Maza, esposa de Antonio Rosario; Idalia de la Maza, casada con José Alberto Rincón; Indiana de la Maza, esposa de Rafael Batlle Viñas; Pura de la Maza, esposa de Ramón García Vásquez; Rosa Michel, esposa de Eduardo Antonio García Vásquez; Hilda Tactuk, esposa de Ernesto de la Maza; Nassima Diná, esposa de Luis Amiama Tió y sus hijas Ana María y Altagracia Amiama Diná; Clara Díaz de Pérez, hermana de Modesto y Juan Tomás Díaz. También Carmen Tió viuda Amiama, la madre de Luis y Fernando Amiama Tió, lo mismo que sus dos hijas, Mercedes y Victoria Amiama Tió. Aída Michel, la esposa de Antonio de la Maza, escapó milagrosamente a la persecución de los caliés, debido a que pudo ocultarse en casa de Italia Carezzano de Cabral, quien, a pesar de estar relacionada con los Michel, no levantó sospechas de las autoridades. Un antro de torturas. En la cárcel personal de Ramfis Trujillo, ubicada en el kilómetro 9 hacia San Isidro, catorce de las parientes directas de los tiranicidas fueron aherrojadas en una pequeña celda en la que apenas había espacio para seis u ocho personas. Las detenidas soportaron en silencio la humillación de ver a muchos de sus esposos y familiares completamente desnudos, esposados con las manos atrás y visiblemente desfigurados por las torturas. Todas las noches, tanto Ramfis como Radhamés Trujillo pasaban por las celdas donde se encontraban las indefensas reclusas, mientras algunos de sus sicofantes proferían dicterios y amenazas contra ellas. Asimismo, cada día ellas escuchaban los gritos enloquecedores de sus familiares a consecuencia de las torturas que tenían lugar en ese antro infernal. Por lo general, los esbirros anunciaban las torturas tocando un timbre sobremanera estridente. Dicen que era un ruido desesperante que alteraba el estado anímico de las mujeres, pues sabían que el mismo preludiaba una nueva sesión de torturas para sus indefensos compañeros. ¡Nunca jamás! Durante el período de construcción de la democracia, las mujeres del 30 de mayo demostraron ser verdaderas mujeres-coraje (como años después llamó el Premio Nobel argentino Adolfo Pérez Esquivel a las Madres de la Plaza de Mayo), pues no solo continuaron educando y formando a sus hijos, sino que se constituyeron en celosas defensoras de la memoria de los héroes que hicieron posible el derrumbe de la dictadura de Trujillo. En honor de las que ya duermen el sueño eterno, y en señal de respeto a las que todavía viven, es deber de las nuevas generaciones contribuir al perfeccionamiento del sistema democrático, pero, sobre todo, impedir que vuelvan a repetirse experiencias tan traumáticas para el pueblo dominicano como lo fue la dictadura de Trujillo.

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