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11 de abril del 2021

Opinión

Lo que debemos cambiar

Pablo McKinney. pablomckinney@gmail.com.  Parafraseando lo que en sus memorias escribió el le­gendario periodista Indro Montanelli sobre Italia y los italianos, digamos que al igual que en la patria de Garibaldi, en nuestro país lo que hay que refor­mar no es el sistema político ni el eco­nómico, no es el Código Penal ni el de Hammurabi, […]




Pablo McKinney.
pablomckinney@gmail.com.
 Parafraseando lo que en sus memorias escribió el le­gendario periodista Indro Montanelli sobre Italia y los italianos, digamos que al igual que en la patria de Garibaldi, en nuestro país lo que hay que refor­mar no es el sistema político ni el eco­nómico, no es el Código Penal ni el de Hammurabi, no es la Constitución ni son las leyes; no son las bajas ni las al­tas cortes, sino a los dominicanos. El matrimonio infantil y adolescente de tan buen ejemplo es un atroz espejo. Veamos: Dado que las leyes dominica­nas tipifican como delito toda relación sexual entre una menor y un mayor de edad, –siempre que la diferencia entre ellos sea mayor de cinco años– y co­mo según nuestras leyes una menor de edad no está en capacidad de consen­tir; en esos casos se considera que la otra persona se está aprovechando de la inmadurez de la víctima, o sea, que no está sosteniendo relaciones sexuales con ella, la está violando. Pero el asunto es más grave, “es mu­chísimo más grave”, pues en nuestras leyes, para que se pueda llevar a cabo un matrimonio entre una menor y un mayor de edad se necesita el consenti­miento de los padres de la menor, y una dispensa o descargo de un juez. Esto significa que cuando una joven de 12 años contrae matrimonio legal y lega­lizado con un señor de 55 –es un ejem­plo–, lo hace porque los padres de la menor y un juez (que quizás tiene hi­jas) lo han autorizado. Si todo esto no fuera suficiente indig­nidad, existe, además, una comunidad que en pleno siglo XXI todavía ve co­mo normal y apoya la compra y venta de una niña de 12 o una adolescente de 17 años por una especie de Australopi­tecos del Pleistoceno aspirante a Homo sapiens que por su “hazaña” será exal­tado por su familiares, amigos, vecinos y relacionados al salón de la fama del oprobio machista leninista en versión Alfa. Entonces, no. No es el sistema político, ni el econó­mico, no es el Código Penal ni el de Ha­mmurabi, no es la Constitución ni son las leyes, no son las bajas ni las altas cortes las que hay que cambiar aquí, si­no al ser dominicano con sus miserias y sus fantasmas. (Y quiera Dios que Jeho­vá o Buda, cuando regresen de vacacio­nes, nos perdonen).

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