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12 de mayo del 2021

Opinión

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. XXVII Domingo del Tiempo Ordinario – 7 de octubre, 2018. a) Del libro del Génesis 2, 18-24. El texto pertenece al segundo relato sobre la creación y comienza con la decisión de Dios de crear a la mujer: “No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario – 7 de octubre, 2018.

a) Del libro del Génesis 2, 18-24.

El texto pertenece al segundo relato sobre la creación y comienza con la decisión de Dios de crear a la mujer: “No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle a alguien como él que le ayude” (v. 18). El hombre expresa su señorío poniendo nombre a los animales: “se le presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera”. El hombre también se reconoce completo cuando ve a la mujer que Dios le presenta, y exclama: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (v. 23).

El polvo humedecido hace posible la modelación de la figura del hombre, como haría un alfarero. Ese elemento le remite a la tierra, adamáh, “la rojiza”. De ahí su nombre Adam, el terreno, nacido del seno de la tierra para volver a él. Un soplo de Dios en la nariz infunde a la figura de barro el hálito vital, y éste le remite a Dios.

El ser humano aprende a dialogar con todos los “tús”, y hasta con el infinito. El teólogo bíblico sitúa la complementación de la persona humana en la base primaria. La unión del hombre y la mujer, pedida por la naturaleza y consolidada en institución, revela una hondura que remite al diálogo con el Tú del Creador. Tanto en esta primera lectura del libro del Génesis como en el evangelio, tomado del capítulo 10 de San Marcos el tema fundamental es el matrimonio (la unión del hombre y la mujer).

b) De la carta a los Hebreos 2, 9-11.

Los destinatarios de esta carta eran los hebreos, o sea los judíos convertidos al cristianismo. En ella se cita con frecuencia el Antiguo Testamento; a veces alude a textos que suponen conocidos. En ella se puede apreciar a una comunidad que atraviesa un momento de desaliento ante el ambiente hostil de persecución que le rodea.

El fragmento señalado para este domingo nos dice: “Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte. Así por la gracia de Dios ha padecido la muerte para bien de todos” (v. 9).

Recordemos que esta Carta está dirigida a los hebreos, el texto dice: “convenía que Dios, por quien, y para quien todo existe, queriendo conducir a la gloria a muchos hijos, llevara a la perfección por el sufrimiento al jefe y salvador de todos ellos. El que consagra y los consagrados tienen un mismo origen, por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos”; (vv. 10-11) se acerca el Hijo de Dios a los hombres y como hermano nuestro se compadece de nosotros y ofrece su vida por la salvación de todo el género humano, Él es el mediador entre Dios y los hombres.

c) Del Evangelio según San Marcos 10, 2-16.

Este texto evangélico contiene dos partes: la polémica sobre el divorcio, suscitado por los fariseos y la apertura a la gratuidad del Reino de Dios, que requiere la sencillez de un niño. “De los que son como ellos es el Reino de los cielos. Les aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (v.14s).

La liturgia de este domingo está enfocada principalmente en el matrimonio y en la familia. Al responder a la pregunta capciosa de los fariseos sobre la licitud o ilicitud del divorcio, Jesús afirma categóricamente la indisolubilidad del matrimonio y para ello se remite “al principio de la creación”, es decir al proyecto original de Dios sobre la unión del hombre y la mujer. Ese plan no coincide con la posterior tolerancia de la ley de Moisés, que permitía al varón el divorcio entregando a la mujer un acta de libertad “porque descubre en ella algo que le desagrada” (Cfr. Deut. 24, 1-4).

En la explicación que Jesús da a los discípulos en casa, según el texto de Marcos, se contempla también la posibilidad del divorcio activo por parte de la mujer, algo descartado en la ley mosaica, pero admitido en el derecho romano vigente en la sociedad en que vivían los primeros cristianos. El Señor interpreta la ley divorcista de Moisés como una concesión inevitable a la dureza del corazón de los judíos, incapaces de una mayor altura moral. Tolerancia que según Jesús no acusa a Moisés, sino que denuncia la testarudez de los judíos.

Pero con la autoridad de su palabra, Jesús declara abolida de hecho tal ley, al hacer patente la intención primera de Dios respecto de los dos sexos, del matrimonio y de la familia: proyecto divino que no se aviene con la ruptura del vínculo matrimonial por el divorcio, como claramente explica Jesús a sus discípulos en casa. La indisolubilidad del matrimonio, según Jesús, no surge de una ley exterior al mismo, sino de su misma naturaleza. Hombre y mujer están hechos el uno para el otro en absoluta igualdad, y al unirse en matrimonio constituyen “una sola carne” por disposición divina.

En su respuesta a los fariseos, antes de concluir: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (v. 9), Jesús cita dos textos del Génesis: “Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer” (1, 27), y, “por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (2, 24). Éstos proclaman la fundamental igualdad personal del hombre y la mujer y su complementariedad mutua en el matrimonio.

Fuente: Luis Alonso Schˆkel:
La Biblia de Nuestro Pueblo.
B. Caballero: En las fuentes de la Palabra.

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