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18 de abril del 2021

Opinión

Los dominicanos en NY

Oscar Medina. Hay registros de que el inicio de la migración dominicana a nueva York se remonta a 1613 cuando un negro libre llamado Juan Rodríguez arribó en un barco holandés a lo que entonces se conocía como Nueva Ámsterdam, donde se estableció para comerciar con los nativos americanos que poblaban el nordeste del Nuevo […]




Oscar Medina.
Hay registros de que el inicio de la migración dominicana a nueva York se remonta a 1613 cuando un negro libre llamado Juan Rodríguez arribó en un barco holandés a lo que entonces se conocía como Nueva Ámsterdam, donde se estableció para comerciar con los nativos americanos que poblaban el nordeste del Nuevo Continente. En el curso de los últimos 400 años se han producido altas y bajas en el flujo migratorio, pero a partir de los años sesenta del siglo pasado esa migración se incrementó exponencialmente presentando picos significativos, como el que se produjo a principios del decenio de los noventa cuando el deterioro de nuestras condiciones económicas empujó a cientos de miles de dominicanos a buscar mejor suerte en los Estados Unidos. El destino preferido era la Gran Manzana. Al día de hoy se estima que 1.8 millones de dominicanos viven en los Estados Unidos, y de esos cerca de 1. 2millones viven en Nueva York, convirtiendo a nuestra diáspora en la principal minoría de esa gran ciudad. Los dominicanos ocupan importantes espacios en la vida política de Nueva York. Adriano Espaillat, representante al Congreso de los Estados Unidos por el 13avo. Distrito de Nueva York, encabeza una lista que incluye a senadores estatales y concejales que han descollado y que cuentan con un importante liderazgo y reconocimiento de la comunidad por su laboriosidad y capacidad de servicio. El doctor Rafael Lantigua es una eminencia de la medicina y una autoridad respetada en el Presbyterian Hospital, lo mismo que el doctor Farah Atallah- Lajam en el Mount Sinaí. Ambos forman parte de una extensa lista de profesionales dominicanos que destacan en la ciudad de Nueva York y que incluye ingenieros, arquitectos, abogados, educadores e investigadores sociales. Los dominicanos constituyen una fuerza empresarial importante para la economía de la ciudad más poblada de los Estados Unidos. Bodegas y supermercados, salones de belleza y tiendas de toda naturaleza, así como bares, restaurantes y discotecas son dirigidas por emprendedores de origen dominicano.  Pero también los dominicanos constituyen una fuerza laboral imprescindible en esta ciudad, ya que ocupan posiciones en todos los niveles de todas las actividades económicas, desde la conserjería o la atención al cliente en empresas de servicios hasta posiciones gerenciales en grandes corporaciones que tienen como sede la ciudad de Nueva York. Los dominicanos se destacan también en las artes, en el diseño, en la comunicación y el activismo social… En fi n, que no hay un campo en que nuestros compatriotas no sobresalgan… Y lo han logrado venciendo la adversidad que implica ser inmigrante en esa ciudad tan dura y competitiva. Por eso, leyendo en días pasados en el periódico español El País una entrevista con James J. Hunt, jefe de la DEA para la ciudad de Nueva York, he lamentado que este veterano agente dijera que quienes mueven las drogas en las calles de Nueva York son “los dominicanos”. Hunt tiene más de 30 años luchando contra ese flagelo, y por tanto ha visto el desarrollo y evolución de las mafias que distribuyen y comercializan las drogas ilícitas en los Estados Unidos, y demuestra un gran conocimiento del tema y una conciencia extraordinariamente cabal e integral sobre la complejidad de la problemática del tráfico de drogas, del tipo que escasea en oficiales estadounidenses. Sin embargo, con el tema de los dominicanos se equivoca… Y no porque alguien pretenda rebatir sus argumentos, datos e informaciones de inteligencia, sino porque en todo momento se refi ere al gentilicio “dominicanos”, en lugar de utilizar el adjetivo de “traficantes”, con lo cual estigmatiza una comunidad laboriosa, integrada plenamente a la sociedad estadounidense y respetuosa de las leyes. Es lamentable que el accionar delictivo de unos pocos y malos dominicanos manchen el nombre de una comunidad ejemplar. En las últimas semanas he acompañando a mi padre en la lucha para recuperar su salud y he pasado largas jornadas en Nueva York, donde he podido comprobar una vez más el valor, la tenacidad y la capacidad de trabajo de los dominicanos en esa ciudad, lo que ha elevado enormemente mi orgullo de pertenecer a esta humilde pero virtuosa nacionalidad.
 

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