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18 de junio del 2021

Política

Los seguidores de Lula bloquean su salida del Sindicato y evitan que se entregue

«Yo soy Lula» gritaban los miles de militantes mientras arrastraban a su virgen, a su padre, a Lula da Silva en brazos. Con un baño de masas parecía despedirse el mayor líder de la historia de Brasil, el presidente que provoca más emociones en su pueblo y que este sábado se iba a entregar a la Policía Federal de Congonhas(Sao Paulo) […]




«Yo soy Lula» gritaban los miles de militantes mientras arrastraban a su virgen, a su padre, a Lula da Silva en brazos. Con un baño de masas parecía despedirse el mayor líder de la historia de Brasil, el presidente que provoca más emociones en su pueblo y que este sábado se iba a entregar a la Policía Federal de Congonhas(Sao Paulo) para cumplir la condena de 12 años y un mes de prisión. Pero, de momento, la despedida vuelve a esperar. Pues cuando el ex presidente salía de la sede sindical, decenas de militantes bloquearon el paso del vehículo y, tras varios minutos, Lula salió del vehículo de sus abogados para volver al Sindicato de Metalúrgicos donde se halla pertrechado desde el jueves.

Antes de salir por la puerta grande había dejado un puñado de frases épicas, ya conocidas, con las que siempre desarma a sus seguidores.

-«Los poderosos pueden acabar con una, dos, o cien rosas, pero no pueden detener la primavera«.

-«Si el crimen que cometí fue llevar salud, comida y educación a los pobres, entonces quiero seguir siendo un criminal».

«No te entregues» le respondían los militantes que llevaban más de 30 horas de vigilia sobre sus hombros para apoyar a su líder: «Para protegerlo», nos corrige el pastor evangélico, José Barbosa. Si el viernes fue un día de expectación, con ciertas esperanzas de que se pudiera atrasar la entrada en prisión del ex presidente, el sábado fue para los petistas un día de exaltación. También de rabia. Y sobre todo de lágrimas, muchas lágrimas.

«No te entregues», seguían los gritos. Por primera vez los miles de simpatizantes, de fieles -sería más correcto-, podían comunicarse con el hombre al que veneran, para decirle eso de «resiste». Lula escuchaba, asentía con los brazos en jarras y soltaba alguna sonrisa que alternaba con gesto serio. Era su primera aparición desde que en la noche del jueves supo del mandato de prisión inminente que le envió el juez Sergio Moro. Entonces, quien fuera el primer obrero en alcanzar la presidencia de Brasil, se atrincheró en el Sindicato de Metalúrgicos de San Bernardo. Como quien vuelve a casa, a estar en familia.

Durante todo el viernes no se movió de la segunda planta del edificio. Una romería de políticos, amigos y simpatizantes entraban para darle un último abrazo. Sus abogados buscaban alternativas legales para conseguirle unos días más de libertad. El juez Sergio Moro, el primero en condenarle a nueve años y medio de prisión por lavado de dinero y corrupción pasiva, y el Tribunal Regional Federal de la 4ª Región de Porto Alegre (TRF-4), que ratificó la sentencia y aumentó la pena para doce años y un mes de cárcel, se habían saltado los protocolos legales para adelantar la orden de prisión. Por eso la defensa de Lula tenía esperanzas. Pero a lo largo del viernes se difuminaron.

Un recurso en el Tribunal Superior de Justicia: denegado. Una medida cautelar en el Comité de Derechos de Naciones Unidas de Ginebra: sin respuesta. Un último recurso ante el Supremo Tribunal Federal: denegado. Pasadas las 11 de la mañana del sábado se supo que esa última apelación, el as de la manga que le quedaba a Lula, también se rechazaba.

«Lula sois vosotros»

El Sindicato de los Metalúrgicos estaba completamente abarrotado. En las escaleras discutían si Lula se parecía más a Mandela o a Jesucristo. Juliana Salles había montado un campamento infantil con sus hijos Gabriel (7 años) y Diogo (7meses) para entretenerles lo que hiciera falta: «Queremos que resista, porque la persecución no es sólo contra Lula sino contra nuestra democracia», nos decía esta médica de 33 años. Pedro Vieira (68) seguía sentado en la misma silla del día anterior con los ojos igual de húmedos. Este compañero de huelgas del ex presidente, jubilado de Volkswagen, estaba completamente hundido.

En la calle Joao Basso 231, donde se levanta la mole de cemento del sindicato más emblemático de Brasil, se había montado un camión de sonido para hacer la misa homenaje a la fallecida mujer de Lula, y donde el metalúrgico dio uno de esos discursos que pasan a la Historia. Consoló a sus militantes como el padre antes de morir consuela al futuro hijo huérfano. Parece exagerado, pero no. Jóvenes y jubilados lloraban y se abrazaban: «Yo estoy destrozada y él sigue cuidándonos», decía Inês dos Santos (55 años). «Han acabado con el único que se ha preocupado por su pueblo, han acabado con nuestro país», nos decía entre sollozos, la profesora Lucía Teresa, recién llegada desde Rio de Janeiro para decirle adiós.

Lula no flaqueó y dio esperanzas a un público que se quedaba sin ellas. Presentó a futuros líderes de la izquierda de partidos más radicales que el PT, como Guilherme Boulos (PSOL) y Manuela D’Ávila (PCdoB). Había convencido a sus fieles de que entregarse a la policía era la mejor opción y les aseguró que no estaría mucho tiempo en la cárcel: «La Historia va a probar que el único culpable fue el delegado de policía que me acusó y el juez que me condenó». También mandó deberes: «Lula sois vosotros y vais a ir por el país haciendo lo que debe ser hecho. Mis ideas ya están en el aire, no pueden detenerlas«.

A las tres de la tarde -horario de Brasil- los helicópteros de la policía sobrevolaban San Bernardo. Los vítores, las lágrimas y el samba quedaron en la calle Joao Basso 231. En el aeropuerto de Congonhas (Sao Paulo) un avión de la Policía Federal esperaba al mayor líder de la historia de Brasil. Una cárcel de Curitiba, debía ser su próximo destino.

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