República Digital - Indotel Anuncio

05 de mayo del 2021

Opinión

Manuel Arturo Peña Batlle

Juan Daniel Balcácer. Recientemente participé en el ciclo de paneles sobre el Pensamiento Social y Político Dominicano que auspicia la Escuela de Formación Electoral y del Estado Civil (EFEC), de la Junta Central Electoral, en donde me correspondió exponer sobre la contribución de Manuel Arturo Peña Batlle (1902- 1954) a los estudios históricos nacionales. A […]




Juan Daniel Balcácer.
Recientemente participé en el ciclo de paneles sobre el Pensamiento Social y Político Dominicano que auspicia la Escuela de Formación Electoral y del Estado Civil (EFEC), de la Junta Central Electoral, en donde me correspondió exponer sobre la contribución de Manuel Arturo Peña Batlle (1902- 1954) a los estudios históricos nacionales. A continuación, comparto algunas reflexiones en torno de su obra historiográfica. El escenario histórico-social.  Peña Batlle, uno de los pensadores dominicanos más influyentes de la generación de 1900, se desarrolló profesional e intelectualmente en un escenario matizado por los siguientes acontecimientos: inestabilidad política tras la desaparición del dictador Lilís; pugnas caudillistas por el poder político y económico; agudizacion de la crisis financiera, cuyo mayor ingrediente lo constituían la gravosa deuda externa del país y el particular interés que para los Estados Unidos adquirió la isla de Santo Domingo como consecuencia del Canal de Panamá; la primera ocupación militar norteamericana, de la cual –al decir de Américo Lugo– el cuerpo social dominicano “salió sin un solo hueso sano”; la resistencia nacionalista en la que Peña Batlle desempeñó un papel estelar; el plan de evacuación del territorio nacional; el surgimiento del Partido Nacionalista; el gobierno de Horacio Vásquez (1924- 1930); y el advenimiento al poder de Rafael Trujillo, a quien, pese a su feroz satrapía, le correspondió cumplir con determinadas tareas históricas, tales como la erradicación del caudillismo, la centralización del poder estatal, el impulso de la industria, y el fomento de la educación, entre otras. La influencia de Hostos.  Al despuntar el siglo XX, la nación dominicana se encontraba en el umbral de un sistema democrático sustentado sobre las columnas de un modo de producción inspirado en la libre empresa, pero simultaneamente acusaba rasgos de un asombroso estancamiento político, social y económico. En la esfera cultural e intelectual los dominicanos apenas si habíamos logrado avanzar, aunque con mucha lentitud. La influencia del maestro Eugenio María de Hostos, que impulsó con vigor la cultura a través de que su magna obra pedagógica, se percibía con mayor fuerza en el ámbito educativo y en otras esferas de la producción intelectual, de tal manera que a quienes correspondió la responsabilidad de formar a las nuevas generaciones, en su gran mayoría se nutrieron de la doctrina filosófica de Hostos. Puede decirse que Peña Batlle creció intelectualmente bajo el influjo de notables pensadores hostosianos, aun cuando no renegó de ellos, sino que más bien asimiló cuanto de beneficioso encontró en sus enseñanzas, al tiempo que rechazó todo cuanto significaba positivismo en el plano filosófico comptiano, spenceriano o, en su variante americana, hostosiano. Es más, pese al disentimiento conceptual frente a pensadores de la talla de Américo Lugo, Federico García Godoy, Emiliano Tejera, Federico Henríquez y Carvajal, José Ramon López y otros, en el momento en que fuerzas extrañas amenazaronn con absorber las verdaderas esencias de la dominicanidad, Peña Batlle se adhirió a ellos, adoptó una actitud intransigentemente nacionalista y se incorporó de manera militante a la lucha por el rescate de la soberanía. Jornada patriótica.  En sintonía con la cruzada nacionalista del interregno 1916-1924, Peña Batlle –aun bastante joven– figuró junto a genuinos gladiadores del patriotismo dominicano (Fabio Fiallo, Américo Lugo, Arístides Fiallo Cabral, Rafael Estrella Ureña, Noel Henríquez, Luis C. del Castillo, Federico García Godoy y otros preclaros ciudadanos), con el fin de emprender la patriótica jornada que, además de propugnar por la desocupación “pura y simple” del territorio nacional, aspiró a concretizar “dos irretractables propósitos”, a saber: “1.- La restauración de la República Dominicana en su primordial condición de Estado absolutamente soberano; y, 2.-La preservación de la República Dominicana y su mayor auge de prosperidad y grandeza, propendiendo, en todo tiempo, a la organización del Estado dominicano sobre bases firmes y realmente republicanas que le aseguren el orden dentro de sus fronteras y, fuera de ellas, el respeto de las naciones civilizadas.” ¿De dónde surgió ese fervor por la patria? Resultaría aventurado formular esquemas deterministas y sentenciar que tal actitud respondió exclusivamente a las influencias del medio, pues es de justicia reconocer que, en Peña Batlle, desde que se inclinó por el estudio de la cuestión nacional, se evidenció un singular interés por profundizar en el conocimiento del pasado, a tal punto que uno de los factores que tuvo mayor incidencia en la conformación de su firme pensamiento nacionalista, fue el profundo conocimiento que adquirió en torno a las venturas y desventuras que experimentó el pueblo dominicano en el proceso de formación del ethos nacional. Continuaré con el tema…

Noticias destacadas