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17 de abril del 2021

Opinión

Mis memorias de Adriano

Adriano Miguel Tejada, quien partiera a destiempo a los brazos del Señor, reciente y repentinamente, era un verdadero polímata, un homo universalis, cultor de las más diversas disciplinas. Jurista, politólogo, historiador y periodista, son las últimas dos facetas las más conocidas, por corresponder a la última y más pública etapa de su fructífera vida. Por […]




Adriano Miguel Tejada, quien partiera a destiempo a los brazos del Señor, reciente y repentinamente, era un verdadero polímata, un homo universalis, cultor de las más diversas disciplinas. Jurista, politólogo, historiador y periodista, son las últimas dos facetas las más conocidas, por corresponder a la última y más pública etapa de su fructífera vida. Por eso y por el hecho de estar más familiarizado de modo personal con la primera fase de su carrera pública, quisiera hoy referirme al Adriano jurista, quien dejó una huella indeleble en la vida de varias generaciones de abogados. Conocí a Adriano al cursar Derecho Constitucional en la Licenciatura en Derecho de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Recuerdo hoy como el primer día sus clases. Profundas, amenas, didácticas y siempre teñidas con ese genial sentido del humor, mezcla del cibaeño con el angloamericano del cual se nutrió al cursar el Master of Arts en Ciencias Políticas, en la Temple University de Filadelfia, Estados Unidos. Allí estudiamos directamente las fuentes primarias de Karl Loewenstein y Biscaretti di Ruffia, recién salidas del horno las traducciones al español de sus dos grandes obras. Y, lo que no es menos importante, también la magnífica obra El sistema constitucional dominicano, de su amigo, el gran constitucionalista, también ido a destiempo, Julio Brea Franco. Bajo la dirección de Adriano colaboramos como miembro del consejo de redacción de la Revista de Ciencias Jurídicas de PUCMM. Aquella revista la concibió como una verdadera “law review” y por eso nos obligaba a preparar resúmenes jurisprudenciales y legislativos para cada número. La revista era mensual y la presión de trabajo, enorme. Y es que Adriano tenía un sentido de la disciplina más que espartano, mocano. Por cierto, cuando, años después, me entrevistó para la televisión en Diario Libre AM, bromeaba que estaba consciente que el levantarse temprano envejecía a uno pues un artista amigo le había dicho una vez que lo que más acaba no era el trago sino el trasnoche. Como constitucionalista, Adriano es la expresión más acabada de un constitucionalismo dominicano que, en el espíritu de Loewenstein, es capaz de mezclar los hallazgos de las ciencias sociales y políticas a la USA con los datos de la dogmática constitucional norteamericana y europea. Es un constitucionalismo preocupado por la historia político-constitucional, el Estado, la organización del poder, el presidencialismo, los partidos y el sistema electoral. Principales cultores de este constitucionalismo han sido Milton Ray Guevara y Julio Brea Franco (la escuela europea: francesa e italiana) y Adriano Miguel Tejada y Flavio Darío Espinal (la escuela norteamericana). El pensamiento innovador de Adriano ha quedado plasmado en su Constitución Comentada de la República Dominicana, el Manual del Legislador Dominicano, sus artículos especializados y, lo que no es menos importante, en la estructura y contenido de todos los títulos de los poderes públicos de la Constitución de 2010, donde es visible su original impronta, al integrar la Comisión de Juristas designada por el presidente Leonel Fernández, en la que tuve el privilegio de poder trabajar y aprender mucho de nuevo con él. Fue Adriano, hay que decirlo, el constitucionalista que mejor comprendió la importancia y el funcionamiento del poder legislativo, como atestigua su trabajo constante de formación de los legisladores. Adriano fue mi asesor de tesis sobre el debido proceso. Junto con Ramón García, fallecido también tempranamente, me convenció de estudiar en Estados Unidos y me firmó carta de recomendación para la New School for Social Research. También me incorporó como columnista de la revista Rumbo. Adriano fue mi maestro, mentor y amigo. Fue, en verdad, un hermano grande. De esos que dan buenos consejos, de quienes te corrigen firme pero amablemente. Fue y sigue siendo mi modelo de jurista. Por su obra, por su visión, integridad, inteligencia, bonhomía, creatividad y ética de trabajo. Sin saber lo que el destino le deparaba, sus últimas palabras en un acto del Tribunal Constitucional hace apenas algunos días, tras su retiro voluntario de la dirección de Diario Libre, procuraban que los dominicanos recuperáramos el valor de nuestra Constitución: “Aun en sus momentos mas aciagos el pueblo dominicano siempre ha buscado en la Constitución la fuerza vivificadora que lo impulse al logro de sus propósitos nacionales […] Y hoy más que nunca tenemos el deber de unirnos alrededor de nuestra Constitución”. Es un mensaje fundamental que todos los dominicanos, pero principalmente sus muchos discípulos, debemos asumir, para mantener vivo el legado de un gran jurista, maestro, intelectual, dominicano y ser humano. Por: Eduardo Jorge Prats.

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