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13 de mayo del 2021

Opinión

No hay mal que por bien no venga

JUAN F. PUELLO HERRERA  La propensión al mal aún sea en circunstancias adversas y espa­cios no favorables se repite, no hay reglas, tiempo ni limites, sino un hervidero de fuerzas tenebro­sas que le siguen que despertarían la envidia del bribón que nunca puede enmendarse. Desde el momento que alguien se estrena con un acto de […]




JUAN F. PUELLO HERRERA

 La propensión al mal aún sea en circunstancias adversas y espa­cios no favorables se repite, no hay reglas, tiempo ni limites, sino un hervidero de fuerzas tenebro­sas que le siguen que despertarían la envidia del bribón que nunca puede enmendarse.

Desde el momento que alguien se estrena con un acto de maldad desde ya ha construi­do un entramado donde quedará aprisiona­do y del que le resultará muy difícil salir. Con razón se dice que el “campo de la maldad da frutos de muerte”.

En las 120 jornadas de Sodoma el “divi­no Marques” nos recuerda esto en una res­puesta que da Durcel, uno de los personajes, a Curval, sobre las más de cuatrocientas fa­milias reducidas a la mendicidad gracias a él: “Casi siempre, pero con frecuencia solo lo he hecho por una cierta maldad… encuen­tro en el mal un atractivo lo bastante picante como para despertar en mí todas las sensa­ciones del placer, y me entrego a él solo por eso, sin más interés que él mismo”.

La naturaleza del mal siempre deja hue­llas, con su secuela de perjuicios y angus­tias por la fuerte perversión que le precede, erosionando las relaciones y generando en el que propicia el mal no solo el vivir de sus propias invenciones, sino de mantener el en­gaño y la simulación como norma de vida.

Con estas conjeturas nada auspiciosas, queda solo por señalar sobre estos espíritus perversos que hacen del mal una virtud, que muchas veces los actos viles realizados en detrimento de otros se convierten a la larga en fuente de bendición.

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