20 de octubre del 2021

Opinión

Nostalgia del profesor Carlos McKinney

Pablo McKinney Ayer se celebraron en todo el país las elecciones de la ADP y el lunes se inició la jornada escolar de tanta extendida. Pensando en ambas actividades fue imposible no recordar al profesor Mc- Kinney, mi viejo, que como consideraba que la escuela Máximo Gómez, de Baní, de la que era director, era […]




Pablo McKinney

Ayer se celebraron en todo el país las elecciones de la ADP y el lunes se inició la jornada escolar de tanta extendida.

Pensando en ambas actividades fue imposible no recordar al profesor Mc- Kinney, mi viejo, que como consideraba que la escuela Máximo Gómez, de Baní, de la que era director, era “su” escuela y cada uno de sus alumnos “su” hijo, nunca aceptó de buena ni de mala gana que la ADP interrumpiera la docencia de “sus muchachos” para realizar sus actividades sindicales.

Todavía recuerdo sus discusiones con quien en los años ochenta era el dirigente de la ADP en Baní y, casualmente trabajaba en esa escuela, el hoy ministro de Educación, Roberto Fulcar. Los debates entre ellos eran periódicos y reiterativos y, en los inicios, no demasiado cordiales.

El paso de los años y una paciente estrategia de ablandamiento de parte de mi madre, doña Yolanda (que también era maestra), firme protectora de Roberto del que decía que era “demasiado flaco y buena gente”, logró el milagro de que mi viejo y Roberto finalmente se entendieran. De ahí nació una amistad que convirtió a Fulcar en un habitual visitante de nuestro hogar, junto a su hermano Julito, ambos consumidores asiduos de los legendarios jugos de guayaba o lechosa de doña Yolanda.

Ahora, que nuestros muchachos en todo el país reciben almuerzos balanceados, dispositivos tecnológicos, libros, mochilas, uniformes y zapatos de parte del Minerd, y la ADP estuvo de elecciones ayer, cómo no recordar al Profesor y sus discusiones con ese muchacho “demasiado flaco y buena gente” que tenía la osadía de dirigir unos procesos sindicales por culpa de los cuales “sus muchachos” perdían un día de clases, algo que él nunca entendió y se negaba a aceptar.

Con mucha frecuencia, -porque siempre algo pasaba en “su” escuela, o por unos ensayos semanales de la Banda de Música, unos entrenamientos del equipo de béisbol del pueblo del cual era manager, o por unos juegos escolares intramuros que “su” escuela tenía que ganar con la participación “voluntaria” de los maestros, o porque había que encabezar una marcha estudiantil de homenaje al generalísimo libertador Máximo Gómez-, los hijos biológicos del Profesor no teníamos padre, pero eso sí, sus otros hijos, los de “su” escuela, siempre tuvieron mucho más que un maestro, un padre. Era un buen tipo…. mi viejo.

Perdón por la nostalgia.

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