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13 de abril del 2021

Opinión

¡Ojos sobre Cuba!

Oscar Medina. Hace casi 60 años que Fidel Castro entró a La Habana al frente de los “barbudos de Sierra Maestra” proclamando la victoria de La Revolución. Desde entonces dirigió con mano firme los destinos de la República de Cuba hasta que por motivos de salud, en febrero del 2008 cedió el poder a su […]




Oscar Medina.
Hace casi 60 años que Fidel Castro entró a La Habana al frente de los “barbudos de Sierra Maestra” proclamando la victoria de La Revolución. Desde entonces dirigió con mano firme los destinos de la República de Cuba hasta que por motivos de salud, en febrero del 2008 cedió el poder a su hermano Raúl. Como era de esperarse, no hubo mayores cambios con la llegada al poder del menor de los Castro y las reformas que introdujo fueron bastante modestas… Eso sí, sentó las bases para una transición que propiciara un cambio generacional en la conducción de la Revolución Cubana, y una de éstas fue la introducción de un límite constitucional al mandato presidencial de dos legislaturas de cinco años cada una. De conformidad con esa disposición, la pasada semana la Asamblea del Poder Popular designó como presidente del Consejo de Estado a Miguel Díaz-Canel, poniendo fi n a seis décadas de control absoluto por parte de los Castro. Raúl se hace a un lado, y aunque se mantiene como primer secretario del Partido Comunista de Cuba, cede el control del gobierno dando inicio a un proceso de cambios generacionales que, como estableció el propio Raúl en su discurso de despedida ante la Asamblea Nacional, deberá completarse en el 2021 cuando el propio Díaz-Canel le sustituya en la dirección del aparato político de la Revolución. El nuevo presidente de Cuba es un ingeniero mecánico de 58 años recién cumplidos ---un “muchacho” en comparación con su octogenario antecesor---, y por tanto nacido y formado dentro de la Revolución. Militó en las juventudes comunistas y fue escalando dentro de la estructura del Partido hasta convertirse en primer secretario ---una especie de gobernador civil--- en la provincia de Villa Clara y posteriormente en Holguín. Raúl Castro le puso el ojo temprano, y lo hizo ministro de Educación, para más tarde designarle primer vicepresidente y señalarle como su sucesor. En su discurso ante la Asamblea Nacional, Díaz-Canel asumió la jerga anti-imperialista que caracteriza al liderazgo cubano, se mostró enérgico en su defensa de la Revolución y garantizó que “será fi el al legado de Fidel”. Cerró los espacios a una “transición política” al comprometerse a mantener el sistema de partido único y negó la posibilidad de una restauración del capitalismo asegurando que en su lugar buscará “perfeccionar el socialismo”. Pero más allá de las palabras, que eran de esperarse, la verdad es que Cuba está en la obligación de emprender profundas reformas en su modelo económico que ya resulta absolutamente insostenible sin la presencia del mecenazgo soviético que le soportó hasta la disolución de la URSS, o el apoyo de la Revolución Bolivariana que ya no puede sostenerse por si misma, mucho menos continuar “echando un lazo” a la endeble economía cubana. El anacrónico modelo cubano hace décadas que demostró ser inviable, pero condicionados por la tozudez y la megalomanía propia del liderazgo mesiánico, los Castro nunca iban a corregir el estropicio… Algo que sí pueden y deben hacer las generaciones que van sustituyendo a los llamados “fundadores de la Revolución”. Miguel Díaz-Canel debe convertirse una especie de Deng Xiaoping cubano, colocar la isla frente al espejo de China e iniciar los cambios que conduzcan a Cuba hacia una economía de mercado, dinámica y generadora de riquezas. No se trata de un reto menor, ya deberá lidiar con las diferencias cada vez más acentuadas dentro del establishment político cubano entre los reformistas y los conservadores que se resisten a los cambios, con un entorno latinoamericano que gira hacia la derecha política y con algunos de sus principales aliados mundiales ---Rusia, por ejemplo--- toreando crisis económicas y políticas que condicionan la magnitud del apoyo a la isla, además de la hostilidad de la administración Trump y los halcones que dominan el Departamento de Estado. Pero que nadie cuente con cambios políticos… Cuba, como China, no apostará por una democracia liberal, si no por el mantenimiento del régimen autoritario y dictatorial implantado en el 1959 que controla y constriñe las libertades de la sociedad cubana… Y para tutelar el proceso y garantizar la preservación del sistema, Raúl se mantendrá como cabeza del aparato político y como equilibrio entre civiles y militares y conservadores y liberales… Y sobre todo para mantener los ojos bien puestos sobre el nuevo presidente, y garantizar que “siga el guion” y que no incurra en las “debilidades ideológicas” que en su momento condenaron a Carlo Lage y Felipe Pérez Roque, dos promesas del castrismo que fueron fulminadas debido a supuestos excesos de iniciativa o de protagonismo en medio de este proceso de transición y reforma.

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