Opinión

“Ánimo, soy yo, no teman”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.


Sábado, 12 de Agosto de 2017

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.

XIX Domingo del Tiempo.
Ordinario.
13 de Agosto de 2017 – Ciclo A.

a) Del Primer Libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a.

En este fragmento aparece el profeta Elías, cuyo nombre significa “Yahveh es mi Dios”, este es el mejor resumen de su vida y de su ministerio. Es el campeón del culto a Yahvé, el único Dios. Antes de este pasaje Elías desafía a los profetas de Baal que contaban con el apoyo de Ajaz y su esposa Jezabel. El Señor hace valer su poder en favor de Elías y éste manda degollar a todos los profetas idolátricos.

El profeta Elías al dar su testimonio a favor de Yavé y en contra de los profetas de Baal, disgustó a Jezabel y ella lo amenazó de muerte. El profeta tiene que huir lejos, hacia el Sur, cruza el territorio de reino del norte (Samaría) y del Sur (Judá) y se refugió en una cueva del Monte Horeb o monte Sinaí, donde Moisés recibió los mandamientos del Señor cuatro siglos antes.

Elías se introduce en una cueva del monte pero el Señor le dijo: “Sal y ponte de pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar!”. Elías quería que Yavé destruyera a sus enemigos, pero Él le responde, no en el viento huracanado, ni en el terremoto ni en el fuego, sino en el murmullo de una suave brisa, y Elías, al sentirla se tapó el rostro con el manto. El significado de esta suave brisa parece indicar un gesto de ternura y mansedumbre de parte de Dios frente a Elías que había usado un método drástico al disponer la matanza de los profetas de Baal y también se puede interpretar como la anticipación al Dios misericordioso que nos revelará Jesús.

b) De la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 9, 1-5.

En este capítulo de la Carta a los Romanos, San Pablo expresa que la Nueva Alianza no contradice las promesas que Dios hizo a Israel, sino que las cumple según su plan divino de salvación. A él le entristece pensar que con su rechazo a Cristo por falta de fe, Israel rechaza la alianza con Dios y también siente gran pesar porque habla de la situación de su propio pueblo, “yo siento mi corazón muy triste y dolorido…mis iguales según la carne…”

c) Del Evangelio de San Mateo 14, 22-33.

Este fragmento del evangelio de San Mateo sigue inmediatamente a la multiplicación de los panes en que Jesús se dio a conocer como Mesías, manda a los Apóstoles a que tomen la barca y se adelanten a la otra orilla del mar de Galilea. Él se retira al monte a orar. Bien entrada la noche, los discipulos lejos de la orilla son embestidos por una tempestad. De pronto se les presenta Jesús caminando sobre las olas, los discípulos se asustan y gritan de miedo, pensando que se trata de un fantasma, pero Él les dice: “Animo, soy yo, no teman”. Pedro pide al maestro que le permita caminar tambien sobre las aguas pero vacila y grita: “¡Señor, sálvame!”. Jesús extendió la mano, lo agarró, ambos subieron a la barca y el viento amainó. Entonces los de la barca se postraron ante Jesús diciendo: “Realmente tú eres el Hijo de Dios”.

Como en el caso de Elías ante Dios, en la calma de la suave brisa el profeta reconoció al Señor, así al calmarse el viento los discípulos reconocen a Jesús como Hijo de Dios, una vez desaparecidos sus temores y confirmada su fe. La barca de los discípulos sacudida primero por el mar de fondo y llevada a puerto franco después gracias a Jesús, es símbolo clásico de la Iglesia. Cuando se redactó el evangelio de San Mateo, la Iglesia de los primeros tiempos, ya tenía experiencia de las dificultades en el camino de la fe y del seguimiento de Jesús. Era una experiencia suficiente, aunque breve comparada con la que tenemos después de veintiún siglos sin que las tormentas externas e internas hayan hecho zozobrar la nave de la Iglesia, porque se cumple la promesa de Jesús: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. (Mt. 28,20)

La presencia de Jesús en medio de su pueblo es real y eficaz, actuando por su Espíritu, su Palabra y los Sacramentos de la vida cristiana, entre los cuales sobresale la Eucaristía. Por eso, la escena presentada en el evangelio tiene validez en todo tiempo, tanto en la vida personal como comunitaria, porque es una lección de fe ante las crisis, las dudas y los fantasmas del miedo. La figura de Pedro, entre la confianza y el temor, y la del profeta Elías entre el desánimo y la escucha de Dios, nos muestran que el caminar del hombre al encuentro de Dios, es decir la fe, se realiza superando la oscuridad de la duda temerosa. Recelamos del misterio de Dios y nos resulta difícil abandonarnos a sus manos, tenemos miedo a fiarnos de Dios, a creer en Él a fondo perdido.

La fe en Jesús es una certeza y una confianza superiores a toda seguridad humana. Cuando se oscurecen los signos de Dios en nuestro entorno porque fallan el amor y la amistad, la fidelidad en el Matrimonio, el respeto a la vida, cuando el bien y la verdad parecen batirse en retirada ante el empuje del mal y la mentira, cuando nos golpea la enfermedad, el fracaso, la desgracia… entonces se nos hace más difícil seguir creyendo en Dios.

Surgen entonces las crisis de fe, la duda sobre Dios y la desesperanza de la “imposible” fraternidad humana; nos ronda el miedo, aparece el desánimo y nos invade la desconfianza.

Todo esto es señal de una fe débil, sin raíces, sin embargo, una fe sin apoyos ambientales en un mundo plural y secularizado, es también una oportunidad para personalizar nuestra opción por el Evangelio, por el Reino de Dios y por el amor al hermano, con un proceso de purificación que elimine muchos temores silenciosos. Necesitamos hablar con Dios en el silencio de la oración para superar la tentación de abandonar; como ora Jesús en la noche de la tormenta y como grita Pedro ante el peligro de hundirse: “¡Señor, sálvame!”. Sabemos que nuestra fe tiene por objeto central a una Persona, Jesús, el Hijo de Dios. Él es el Dios vivo y amigo nuestro, el Dios presente y actual viviendo entre los que nos reunimos en su nombre, salvando al mundo que Dios ama, liberando al hombre del miedo que lo esclaviza y guiando con su Espíritu la comunidad de fe, que es la Iglesia.

Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo.
B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.