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29 de noviembre del 2020

Opinión

El dominicano y las fiestas clandestinas

Rafael Chaljub Mejìa. El dominicano no puede vivir sin fiestas y esto tendrán que estudiarlo los especialistas en asuntos de la conducta colectiva de la gente. Por más llamados de las autoridades y más amenazas de ser rígidos en hacer cumplir los protocolos y medidas sanitarias en el combate al coronavirus, el toque de queda, […]




Rafael Chaljub Mejìa.
El dominicano no puede vivir sin fiestas y esto tendrán que estudiarlo los especialistas en asuntos de la conducta colectiva de la gente. Por más llamados de las autoridades y más amenazas de ser rígidos en hacer cumplir los protocolos y medidas sanitarias en el combate al coronavirus, el toque de queda, el distanciamiento físico y el quédate en casa, nunca se han cumplido cabalmente. En lo que los científicos se pronuncian, yo, que no lo soy ni mucho menos, tengo el concepto de que si el pueblo ha logrado sobrevivir a todos los avatares históricos y todas las tragedias y fracasos, se debe en gran medida a que cuenta con la música más dulce del universo, el merengue, y la disposición a enfrentar la depresión y la tristeza disfrutando esa música. Y en ese sentido hay que anotarle un tanto al pueblo. Pero las cosas deben tener sus límites razonables, y hay excesos dañinos que no pueden justificarse. Desde los inicios de la lucha contra el coronavirus se supo que algunos irresponsables organizaban peleas de gallos en galleras improvisadas en la clandestinidad. Siguió la imprudencia en balnearios y sitios públicos y en los últimos días se ha visto a la fuerza pública dispersando fiestas clandestinas. El ingenio, puesto al servicio de la irresponsabilidad, llegó al extremo de colocar el nombre de una iglesia en la fachada de un edificio, mientras en el interior funcionaba un salón de baile llamado El Juidero. En Santiago han salido a la luz hazañas parecidas y por lo que se ve, estas fiestas clandestinas no las para nadie. Con drogas, jucas, armas de fuego y otras yerbas venenosas incluidas. No se sabe cómo puede hacerse una fiesta secreta, con bocinas ensordecedoras a todo volumen, con multitudes entrando y saliendo a altas horas de la noche. En Tamboril se confirmó que tenemos la iglesia en manos de Martín Lutero, porque quienes custodiaban uno de esos jolgorios eran varios policías. Esta complicidad de la autoridad puede ser la explicación de que determinadas cosas estén pasando. Y así no habrá cómo detener la pandemia. El pueblo debe sacrificarse, aún a costa de su derecho a la diversión, pero la autoridad debe cumplir su obligación en el marco de la ley. El pasado gobierno llegó cansado al fin de su período, se espera que el nuevo ponga orden en todo este monumental y peligroso desorden. Que así sea.

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