Opinión

El Islam y la mujer

La sharia, ley islámica divina, es al mismo tiempo Constitución y sistema legal que alcanza lo social, económico, criminal, doméstico y político.


Martes, 14 de Enero de 2020

La sharia, ley islámica divina, es al mismo tiempo Constitución y sistema legal que alcanza lo social, económico, criminal, doméstico y político. Para cumplir con estos mandatos existe el cuerpo policial religioso para la protección de la virtud y prevención del vicio. Los crímenes se definen como robo, adulterio, violación y asesinato.

El código legal basado en la filosofía de la venganza castiga de manera drástica y permite que la familia de la víctima administre y cumpla la sentencia.

Un asesino puede esperar por años la sentencia y su aplicación hasta que los familiares de la víctima decidan el castigo o puede escapar a la sentencia de muerte si la familia decide una recompensa económica (dinero de sangre). Es una decisión que se corresponde con la defensa del “honor de la familia”.

De acuerdo a su código divino el adulterio es un delito que se castiga con la pena de muerte por lapidación. El método puede variar al depender del juez que la sentencie y del país que la aplique. Su procedimiento es más o menos el mismo.
El condenado o condenada es envuelto en una sabana, se entierra en un hoyo atado a un árbol o un palo. Si es hombre es enterrado hasta el cuello. Si es mujer hasta los codos o las axilas. En esa posición, se le lanzan piedras hasta lograr su muerte.

La sharia establece que las piedras a ser lanzadas deben tener un tamaño ni muy grande para matar con una sola, ni muy pequeñas que no hagan daño. El primero en arrojar es el juez que ha emitido la sentencia divina, luego los miembros del tribunal y en tercer lugar el público que se coloca en círculo alrededor del enterrado condenado.

Esta muerte por lapidación se calcula que puede durar de tres a cuatro horas y si el condenado logra sobrevivir, es perdonado y si soporta sin perder el conocimiento es una muerte lenta y extremadamente dolorosa.

Por:

Violeta Yangüela.