Opinión

El secuestro de Galíndez

Juan Daniel Balcácer.


Jueves, 11 de Julio de 2019

Juan Daniel Balcácer.

La primera noticia públicada acerca de que Ramfis no era hijo natural de Trujillo no la ofreció Jesús de Galíndez, sino Gregorio Bustamente -seudónimo de José Almoina- en su libro “Una satrapía en el Caribe” (México, en 1949). Pero como al momento en que circuló dicha obra los agentes de inteligencia de la dictadura no habían podido determinar quién se escondía detrás del seudónimo, fue el artículo que posteriormente publicó Galíndez, haciéndose eco de esa información y que Trujillo consideró como un imperdonable agravio contra “la dignidad” de su familia. De ahí, la decisión de que Galíndez debía recibir un castigo ejemplar. La dictadura había sido implacable con sus adversarios políticos en el país o fuera del mismo. Se sabía que el brazo del dictador alcanzaba a sus opositores aún en territorio extranjero, en donde muchos creían estar fuera de las garras de la tiranía. Eran harto conocidos los crímenes cometidos por agentes y espías de Trujillo fuera del país: Mauricio Báez y Pipí Hernández, en Cuba; Sergio Bencosme y Andrés Requena, en New York.

Galíndez no era ajeno a esa realidad, pero creyó que Trujillo sería incapaz de ordenar un atentado en su contra debido a su condición de delegado de un gobierno extranjero ante las Naciones Unidas y, sobre todo, porque residía legalmente en territorio norteamericano. Confiaba, además, en que Trujillo, viejo aliado de los norteamericanos, respetaría la soberanía territorial estadounidense. Sin embargo, a contrapelo de cuanto consideraban algunos entendidos en la sicología y “modus operandi” de Trujillo, este ordenó no solo la eliminación física del profesor vasco, sino que previamente debía ser secuestrado, trasladado secretamente a Santo Domingo y, una vez en el país, entonces él mismo en persona ajustaría cuentas con su osado crítico.

Para realizar exitosamente el operativo del secuestro, el cual fue meticulosamente planificado por un alto jerarca militar dominicano, se conformó un comando de acción integrado por cuadros de inteligencia tanto dominicanos como norteamericanos. Ese comando incluyó un agente del FBI (y exmiembro de la CIA), por lo menos dos oficiales del Departamento de la Policía de New York, así como miembros del Consulado dominicano en esa urbe, a los que luego se agregaron otras personas claves, que revelaré en una próxima entrega.