Opinión

La democracia española (III)

Néstor Arroyo.


Martes, 14 de Enero de 2020

Néstor Arroyo.

El destacado periodista español, Juan Luis Cebrián, (El tamaño del elefante, Alianza Editorial, S. A., 1987, 130 p.), continúa su análisis sobre la realidad española de hace tres décadas. En relación a las autonomías argumenta que uno de los principales escollos para lograr una solución a un tema que busca dar respuestas “de manera prioritaria a las tensiones independentistas en el País Vasco y Cataluña, sistema que solo puede ser considerado como bueno en tanto que hasta el momento se ha evitado que se rompa” y que es fundamental para la consolidación de la democracia española, es procurar un consenso que permita la diversidad dentro de la unidad. De igual forma, entiende que un estado federal “-rechazado al principio de la transición por los militares y temido por numerosas fuerzas políticas- hubiera sido posiblemente una solución más pragmática que la del actual Estado autonómico” (p. 22).

Esta tesis de Cebrián tiene gran actualidad según demuestra el estado de crisis de las autonomías que vive España. Y, prosigue el autor, con una frase sobre los partidos políticos españoles que parece escrita a principios de este año 2020: “la escasa operatividad de los partidos, la fragmentación social a la que se ha llegado -puesta de relieve en las últimas elecciones-, el exceso de clientelismo y fulanismo en las fuerzas políticas, son otras tantas cuestiones que dificultan la obtención del consenso necesario” (p. 23).

Otro de los problemas españoles que no parece ceder, según el autor, es el relativo al “terrorismo impulsado por el nacionalismo radical vasco”, combatido con leyes antiterrorismo inútiles, que no detendrán la violencia en Euskadi, mientras no se busque una respuesta política al conflicto.

Los problemas de la representación a que se refiere Cebrián contribuyen a la desesperanza del pueblo español y aumenta “el sentimiento extendido en el pueblo llano de que la política no arregla las cosas y (que) los políticos son todos unos malandrines” (p. 23).

En todo caso, aduce Cebrián, los problemas de representación incluyen como punto esencial, un sistema político secuestrado por las élites de los partidos, que impiden el justo juego democrático y la participación igualitaria, esto “como consecuencia de los defectos y perversiones del sistema electoral y el funcionamiento del Parlamento” (p. 23).

Este problema del sistema electoral español, que utiliza tanto el método proporcional, como la ley de Hont y contiene el sistema de listas cerradas y “bloqueadas”, provoca “controversias sobre la distribución territorial del poder”, fortalece “a los partidos fuertes y castiga a los chicos (…)” (p. 24). Además de concentrar el poder en las cupulas de los partidos, “de hecho muy pocas personas en el seno de cada formación política deciden los candidatos”, “de modo y manera que los militantes que aspiran a entrar en política no tienen otro remedio que estar a bien con los dirigentes del partido (…)”, situación que provoca muchos diputados “sin conocimiento ni arraigo del distirto por el que resultan elegidos” (p. 25).

Estos y otros puntos obligan a una reforma profunda de todo el sistema de representación política en España.