Opinión

Los dos minutos de odio

Néstor Arroyo.


Miercoles, 21 de Agosto de 2019

Néstor Arroyo.

Ni con el año se podía tener certeza, tampoco con su edad, pero digamos que era 1984 y que Winston Smith tenía “treinta y nueve años y una úlcera de varices por encima del tobillo derecho”.

Era “una figura pequeña y frágil cuya delgadez resultaba más que evidente…” Y mientras subía despacio por las escaleras hasta el séptimo piso, en cada descanso, “frente a la puerta del ascensor”, veía el cartel con el “enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un hombre de unos cuarenta y cinco años con un gran bigote negro y facciones hermosas y duras”, que tenía escrita al pie la leyenda: “El gran hermano te vigila”.

Al llegar al séptimo piso de aquél edificio llamado: “Las casas de la victoria”, dio la espalda a la telepantalla, que lo observaba permanentemente, se acercó a la ventana y desde allí pudo leer a la distancia, adheridos a la blanca fachada del Ministerio de la Verdad y en elegantes letras, “los tres lemas del Partido: La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”.

El Ministerio de la Verdad, se “dedicaba a las noticias, los espectáculos, la educación y las bellas artes”. Los otros tres ministerios en que se “dividía todo el sistema gubernamental (eran) El Ministerio de la Paz, para los asuntos de la guerra. El Ministerio del Amor, encargado de mantener la ley y el orden. Y el Ministerio de la Abundancia, que era responsable de los asuntos económicos”.

Toda la nación trabajaba arduamente en los preparativos para la celebración de “La semana del odio”. Toda una semana, siete días consecutivos, sin faltas, que serán dedicados a odiar. Atizando el odio, fomentamos el amor incondicional, pensaban los dirigentes.
Mientras, Winston quiso comer pero “no le quedaba comida en la cocina aparte de un mendrugo de pan muy oscuro que tenía que guardar para el desayuno del día siguiente”. Luego, tomo “una botella de un líquido incoloro (…que) despedía un nauseabundo olor a aceite (…) se lo bebió de un trago como si se tratara de una dosis de medicina”. Quería escribir un libro, escondido de la censura, pero algunos inconvenientes se lo habían impedido. Aún ni empezaba.

Entonces, a eso de las once debió agruparse junto a otros empleados del Departamento de Registro, donde trabajaba, en una silla frente a una gran telepantalla. A su lado se sentaron algunos desconocidos, incluyendo “una joven de aspecto audaz, de unos veintisiete años, con espeso cabello negro, cara pecosa y movimientos rápidos y atléticos”. Debía resistir cualquier sensación, no se podía sentir placer o atracción, la Policía del Pensamiento podría perseguirte. Luego, “se oyó un espantoso chirrido, como de una monstruosa máquina sin engrasar…ponía los pelos de punta…apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo… el traidor por excelencia (que) había manchado la pureza del Partido…” Goldstein era “el blanco de todos los odios y del desprecio de todos”.

Habían empezado “los Dos Minutos de Odio”. (George Orwell, 1984).