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14 de abril del 2021

Opinión

Orígenes del mito de la Ciguapa

Por BERNARDO VEGA . El mito de la ciguapa pasa de generación en generación entre los dominicanos, sobre todo entre los residentes en zonas rurales y montañosas, y poco se sabía sobre su verdadero origen. Para los dominicanos se trata de una mujer, con pelo largo y revuelto y con los pies al revés, es decir […]




Por BERNARDO VEGA .

El mito de la ciguapa pasa de generación en generación entre los dominicanos, sobre todo entre los residentes en zonas rurales y montañosas, y poco se sabía sobre su verdadero origen. Para los dominicanos se trata de una mujer, con pelo largo y revuelto y con los pies al revés, es decir con los calcañales al frente y los dedos hacia atrás, que habita en zonas remotas del país y que captura a ciertos hombres y no los deja ir hasta que estos las preñan. Su grito largo y estridente a veces es descrito como “jupiar”, palabra taína. Nunca se le encuentra cuando se le busca en los montes porque, como tiene los pies “para atrás”, la gente se confunde con sus huellas perdiendo su rastro. Francisco Angulo Guridi, en el siglo XIX, describió a la criatura como de pequeña estatura, bello rostro, muy ágil, con pelo lustroso y abundante, que le cubre la espalda hasta la pantorrilla. Emiliano Tejera citó que nuestros campesinos la describían como bellas mujeres indígenas que peinan sus cabelleras al lado de los ríos y cuyas huellas siempre están al revés. Agregó que el nombre de ciguapa está vinculado al de los indios ciguayos, quienes habitaban en la parte Este de nuestra isla, sobre todo en la península de Samaná, quienes se caracterizaban, precisamente, por su pelo largo. Ciguayo, ciguapa, ciguatera son todas palabras taínas. Ricardo Sánchez Lustrino, Joaquín Balaguer, Alfredo Fernández Simó, Cayo Claudio Espinal, Juan Bosch y Manuel Mora Serrano son autores dominicanos que han tratado el tema. Este último, en su novela “Goeiza” describe a las ciguapas así: “Son mujeres, mujeres que andan desnudas, cubiertas sus formas por cabelleras largas; no sienten temor si las ven con los pelos alborotados, muchas no se peinan y andan con los cabellos erizados y revueltos como si fuesen behucos, pero eso es sólo apariencia; son buenas, ingenuas y amistosas –ya verán.” Este mito, junto con el de los indios que viven en el fondo de las charcas de los ríos es muy común entre nuestros campesinos. Su origen no es africano como pensó el Dr. Heriberto Pieter, por lo que algunos antropólogos han pensado que es un mito taíno, pero como no fue narrado por los Cronistas de Indias, cuando relataban las muchas creencias mágico-religiosas de los taínos, su origen siempre ha estado en duda. Aunque San Agustín y Aulo Gelio ambos citan criaturas con los pies al revés y existe el mito de Diana, la diosa de los bosques, el origen europeo del mito luce extremamente improbable. Durante un viaje al nordeste de Brasil pudimos comprobar que este mito también existe entre tribus indígenas pertenecientes al mismo tronco étnico que el de los taínos, por lo que hemos llegado a la conclusión de que nuestros indígenas recibieron esa tradición de sus antecesores, los arahuacos, y que fueron los taínos quienes lo pasaron a los españoles a partir de 1492. Los arahuacos, raíz étnica y lingüística de los taínos, procedían precisamente de la zona del Orinoco y la Amazonía y ascendieron por las Antillas Menores hasta llegar a La Española. La ciguapa taína es conocida entre los indios brasileños como la curupira y ésta se caracteriza por tener los pies al revés con relación al resto del cuerpo para así despistar a los cazadores, creando un falso rastro. En la actualidad y entre la juventud brasileña se denomina a las personas con una gran cabellera mal peinada como “caipores”. Desde una fecha tan temprana como 1560 el sacerdote José D. Archieta reportó el mito en Brasil. El conocido novelista José Eustaquio Rivera en su famosa obra La vorágine cita en la foresta venezolana a la indiecita cuidadora de manantiales y lagunas que marca su huella de un sólo pie, con el talón hacia delante. Se dice que un día los bacás, los galipotes, los bienbienes, los chamanes y la coqueta y casquivana Anaisa ordenaron a las ciguapas que enderezaron sus calcañales. La más elocuente, la que más jupiaba, gritó: “¡Por fin, e pa’lante que vamos!” Las personas cultas no creen en ciguapas. Pero, eso sí: de que las hay, las hay, criterio que comparto con Marcio Veloz Maggiolo.

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