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12 de abril del 2021

Entretenimiento

Oscar 2018: Lo que el #MeToo no deja ver

LUIS MARTÍNEZ. Madrid. Los Oscar explican su tiempo y en ocasiones la nómina de candidatos no es tanto una muestra del cine que vemos, aunque también, como del que sufrimos. Desde hace un tiempo no hay entrevista, coloquio o rueda de prensa a personaje o personalidad relacionado con el cine que no incluya una pregunta […]




LUIS MARTÍNEZ. Madrid.
Los Oscar explican su tiempo y en ocasiones la nómina de candidatos no es tanto una muestra del cine que vemos, aunque también, como del que sufrimos. Desde hace un tiempo no hay entrevista, coloquio o rueda de prensa a personaje o personalidad relacionado con el cine que no incluya una pregunta sobre, en efecto, el hashtag de marras: #MeToo. Todas las respuestas suelen ser similares o sencillamente idénticas. El pasado festival de Berlín estuvo, de hecho, muy cerca de la ofensa. De puro reiterativo. Lo importante, dicen todos, es que el debate está ya sobre la mesa. Y para siempre. Y les creemos. Por supuesto, hay excepciones. Woody Allen, desde el lado más ingrato y hasta injusto de la mesa, prefiere no hablar del asunto y Jessica Chastain, por aquello de que el tema impida la promoción adecuada de los suyo, tampoco. La pregunta, quizá impertinente, sería qué nos estamos perdiendo. Si la justa reivindicación feminista no hubiera capitalizado como lo ha hecho la actualidad de la gala del domingo, ¿de qué se estaría hablando en estos instantes? O, de otro modo algo más contrafáctico, ante la repetitiva sucesión de argumentos, ¿no sería incluso sano volver la cabeza a otros problemas o simples injusticias igual (no mayores, pero sí al menos iguales) de relevantes y que, en efecto, están ahí? Al fin y al cabo, si se mira con un poco de perspectiva, la denuncia a Harvey Weisnteinque lo ha revolucionado todo no es, en sentido estricto, completamente nueva en Hollywood. Es decir, ya pasó antes y, pese a ello, estamos donde estamos. Primero, un poco de historia. Cada cierto tiempo la industria del cine sube al desván donde acumula todo lo que no le sirve y se da literalmente de bruces con su retrato. Y allí, se encuentra con la versión intacta y más denigrante de sí misma. Dorian Gray, como el dinero mismo, es, recuérdese, un tipo sin alma. En octubre de este año todo pareció cambiar. Otra vez, dirán los más escépticos. Sendos artículos con sus secuelas sucesivas publicados en The New York Times y The New Yorker, algo así como los guardianes del buen gusto, se descolgaron con lo que a todas luces parecía el más evidente y público de los secretos. Harvey Weinstein, el más poderoso de los productores, el hombre que reinventó el cine independiente y que devolvió la respetabilidad comercial a estos mismos Oscar que nos ocupan en la década de los 90, era un cerdo. O, para más precisar, un cerdo violento, machista, manipulador y, lo que ya deja de ser literatura para ser simplemente un delito, violador. En realidad, lo que ocurría no era más que la confirmación de lo que ya era de dominio público. Y, como dijo alguien con poca gracia, púbico. Tiempo atrás, actrices como Gwyneth Paltrow o Courtney Love habían o bien insinuado o bien avisado sobre las muy discutibles maneras del creador de Miramax y padrino de gente como Tarantino. El acoso al que sometía a sus actrices le valió incluso ser el dardo de un chiste de Seth McFarlane durante la gala de los Oscar en 2013. Es decir, hace cinco años. Cinco años en los que nadie de los que ahora se alarman encontraron un solo motivo para abrir la boca. Pero más allá, y más atrás, el libro de Peter Biskind Sexo, mentiras y Hollywood, que quiere ser una descripción de la escena off de la industria desde la irrupción de personalidades como Steven Soderbergh, arroja un retrato del productor de marras que deja poco espacio para la especulación. Lo que explica el texto publicado en 2004 en sus páginas más gráficas son simplemente las hazañas de un torturador; describe a alguien que hizo de la exhibición desprejuiciada y cruel de su poder el método de trabajo. De ahí, con una larga lista de empleados deprimidos o simplemente destruidos, al más elemental acoso sexual, en efecto, había un paso que todos conocían y, lo más triste, todos callaban. Por supuesto, nunca es tarde; bien está lo que acaba bien, o... da lo mismo el refrán. Lo cierto es que si bien el escándalo ha determinado algo las nominaciones, no lo ha hecho quizá como sería esperable por la sencilla razón de que no ha dado tiempo. Las películas ya estaban hechas. ¿Y de qué hablan las películas? Pues de su tiempo, de qué si no. Guillermo del Toro, que con sus 13 nominaciones se presenta como protagonista, no duda en calificar La forma del agua como «un antídoto contra el trumpismo». La historia de un cuarteto de desheredados compuesto por una mujer muda, otra negra, un homosexual y un monstruo de los pantanos quiere ser una fábula empeñada en reivindicar el carácter eminentemente político de la imaginación. No hay más. Y en efecto, ésa es la nota dominante y ahora sepultada en buena parte de las candidatas. Tres anuncios en las afueras, por ejemplo, es exactamente eso y algo más. En uno de los libros más reveladores y denostados del año, Manifiesto redneck, el provocador y reaccionario Jim Goald intenta describir el descontento de los blancos pobres con las élites culturales y con el Partido Demócrata, que no sólo les ignoran sino que hasta les ofenden con su permanente empeño en las políticas de identidad. Bien está pelear por los negros, las mujeres, los gays... pero ¿dónde quedamos nosotros, dónde la clase trabajadora blanca y pobre?, se preguntarían. Desde el otro lado, el izquierdista Adam Curtis, lleva años denunciando lo que denomina la cultura del individualismo y no duda en señalar cada uno de los errores de los partidos de izquierdas que, sencillamente, han perdido el contacto con la realidad y con el sentido de comunidad. La forma de reaccionar de todos ellos, de todos a los que representa la ira de la protagonista de la película citada, ha sido pulsar el botón rojo: de ahí el Brexit, de ahí Trump, de ahí todos los nacionalismos que vendrán. Pues bien, es justo aquí donde se coloca la airada propuesta dirigida por Martin MacDonagh con Frances McDormand como maestra de ceremonias. Lo que se ve no es tanto una descripción de la América profunda, que tanto se ha repetido, como de la América evidente y bien en la superficie que ha elegido un presidente como ése. De forma indirecta, o no tanto, el atacado y puesto en solfa es el mismoestablishment que soporta, hemos llegado, a Hollywood. A ver si, desde la óptica de esta clase trabajadora en buena parte ignorada (no por ello inocente, cuidado), lo de Weinstein no va a ser un problema de blancos, ricos, guapos y... progres.
De la misma manera, y si se contempla desde una perspectiva social no pazguata (no trendy) o sólo social, Lady Bird, cuyos méritos a la hora de reescribir las eternas historias de madurez han sido tan venerados como denostados (aquí, los que esperaban más), también entra en este grupo. No en balde, lo que queda a la vista, antes que cualquier otro asunto, es la imposibilidad de salir de la pobreza (de acercarse a una universidad decente ni hablamos) de una familia formalmente colocada en el medio y con una profesional sanitaria como sustento. Son blancos, trabajadores y, pese a ello, pobres. Muy pobres. ¿Dónde quedó la vieja utopía rooseveltiana donde el paraíso lo formaban las clases medias? Por supuesto, lo más citado con una insistencia que roza lo impúdico es que su directora, Greta Gerwig, es la quinta en la historia con semejante honor. ¿Por qué tanto incidir en el género de la realizadora y tan poco en la discriminación igualmente de género de la protagonista? Y así. Los ejemplos podrían seguir. Mucho se ha hablado del papel de Meryl Streep en Los archivos del Petágono como quintaesencia de la editora independiente. Y mujer. Pero lo que cuenta es la libertad de expresión. Eso y la capacidad de un medio o profesional de la comunicación de imponer su agenda y criterio por encima de presiones vengan de donde vengan: del Gobierno o, ya puestos, de esos mismos grandes medios que han convertido el soniquete de las fake news en paradigma y excusa de su cada vez más evidente irrelevancia. El hecho de que el episodio deDunkerque, milagro o colosal metedura de pata (según se mire), aparezca nada menos que en dos de las cintas señaladas como mejores (Dunkerque, de Christopher Nolan, y El instante más oscuro, de Joe Wright) nos sitúa frente a la otra bestia aún pendiente de explicación por los cultos tecnócratas acomodados en sus ideas tan liberales como miopes. En efecto, el Brexit. De eso hablan las dos sin mencionarlo. O mencionándolo, que más dará. Déjame salir, de Jordan Peele, por supuesto, no tendría sentido si no se leyera como lo que es: la más acertada descripción del racismo consentido y tan perfectamente vigente hoy mismo. ¿No resulta cuanto menos extraño que, de repente, la gran pelea por la diversidad y contra la simple discriminación negra que ha capitalizado las últimas ediciones de los Oscar apenas sea ahora mismo un comentario al pie, al pie de Peele y su facilidad para el género? Sólo quedarían fuera de este esquema tan político y especular con su tiempo como tal vez riguroso dos cintas: Call me by your name, de Luca Guadagnino, y El hilo invisible, de Paul Thomas Anderson. Curiosamente, las dos mejores cintas de las nueve en liza. Aunque tal vez, ni eso. La primera posee la fuerza emblemática de las historias de amor tan perfectas y conscientes de la libertad que respiran, que no pueden ser más que leídas como un manifiesto contra la parte más dura y caciquil de la realidad. Sí, contra la impostura de lo supuestamente respetable (son gays y de edades muy diferentes), sólo vale la única pulsión del deseo, de lo libre. Y ahora otra pregunta incómoda: ¿Qué pasaría si el adolescente al que da vida el nominado Timothée Chalamet fuera una mujer en una relación heterosexual? No hace tanto la escritora Claire Dederer confesaba que Manhattan, relato de amor entre un hombre maduro y una mujer joven, le provocaba naúseas. ¿Nos estamos contradiciendo o la condena a Woody Allen ha ido demasiado lejos? ¿O las dos cosas? La propuesta de Anderson es completamente diferente, tan irrefutablemente personal y única, que se diría metáfora de todo. O casi. ¿Y si en la farsa de esa turbia historia de amor destructivo entre el maestro y su pupila (o al revés) se encontrara la clave para entender la contradictoria relación masoquista de todo este mundo con el más poderoso de sus líderes? Las metáforas son así: les das espacio y vuelan solas. En definitiva, nadie explicó nunca tan bien la política de Reagan como Rambo, su portavoz en asuntos mundanos. Pocos oradores con las ideas tan claras. Y nadie llevó tan lejos el mensaje de esperanza de Franklin Delano Roosevelt como Frank Capra y James Stewart. En definitiva, por aquel entonces, allá por los años 30 y 40, vivir, pese a depresiones y guerras (las dos mundiales), tenía que ser un ejercicio fundamentalmente bello. Eso o la más absoluta de las miserias. Y, siempre, el cine estaba ahí para contarlo o, mejor, para convencer a la audiencia de la oportunidad del cuento. Que no es lo mismo. Hasta Obama consiguió su propio relato firme y conciliador cuando en su legislatura el agente del FBI y caballero jedi de Argobatió a la despiadada cazadora de Bin Laden en La noche más oscura. Así las cosas, y de tanto en tanto, Hollywood se convierte en la mejor forma de explicar el mundo a los niños. Y quién sabe si con tanta insistencia en el #MeToo no acabemos por perdernos todo lo demás. Sea como sea, lo que queda ahora por ver es cómo cambiarán las cosas. No sería la primera vez que tras un gran escándalo (ahí está la condena cruel al inocente Fatty Arbuckle ¡en los años 20!) todo sigue igual. De momento parece claro que este año que empieza el caso de Casey Affleck, que ganó el Oscar en 2017 pese a estar denunciado por acoso, ni se contempla. Todo aquel que reciba un premio deberá estar limpio. Pero eso sólo es un detalle. ¿Servirá lo que ha pasado para profundizar en la igualdad y desterrar no sólo de Hollywood sino del resto del planeta determinados comportamientos propios de la sociedad heteropatriarcal (lo admita o no la RAE) que pisamos? ¿O, bien al contrario, todo esto no será más que un capítulo más de la rentable hipocresía de vestidos negros de lujo que nos define? Veremos. Análisis y datos: Marta Ley y Pablo Medina.

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