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12 de abril del 2021

Opinión

Para llegar al presente hay que desenterrar el pasado

De niño y adolescente fui antitrujillista y en mi casa se vivió el terror de la dictadura sin atenuantes. Mi padre fue encarcelado tres veces y en una de ellas, a partir del 21 de enero de 1960, salvajemente torturado, tanto, que durante años, no se dejaba ver la espalda de sus hijos.  Una día en […]




De niño y adolescente fui antitrujillista y en mi casa se vivió el terror de la dictadura sin atenuantes. Mi padre fue encarcelado tres veces y en una de ellas, a partir del 21 de enero de 1960, salvajemente torturado, tanto, que durante años, no se dejaba ver la espalda de sus hijos.  Una día en la playa de Long Beach, sin querer, lo sorprendí tras unos matorrales cambiándose de ropa y vi su espalda lacerada por todas partes; fue entonces que entendí por lo que había pasado y también entendí como, además de la espalda, en “La 40”, le habían desgarrado el alma y las esperanzas.  Mas tarde supe y entendí su afecto por Lisandro Macarrulla padre, quien le había salvado la vida en la cárcel poniendo sal en grano en esas heridas mientras en confinamiento.

Ahora, esta de moda, otra vez,  caricaturizar a Trujillo y denigrar su régimen refiriéndose a Trujillo como “chapita” o como “El Chivo”. Nunca he compartido semejante visión ni difundido semejante discurso.  Trujillo, mas que ninguno de sus infelices e inútiles imitadores o sucesores fue un tipo de gran talento que jamás hubiera durado 31 solamente a base de crímenes y torturas.  Fue, -aunque torturaran a mi padre y nos aterrorizaran a nosotros, aunque no le guste a mucha gente admitirlo y otros no puedan por legítimo rencor- un estadista, un constructor de la nación dominicana y un defensor a rajatabla de su soberanía.  Los crímenes de su gestión empañan de tal manera sus otros logros que la sociedad dominicana nunca ha podido utilizar esa parte de su legado para algo útil. Trujillo es validado por la incompetencia y corrupción de quienes detentan el poder.  Cada vez que se quiere meter miedo o la gente se siente indefensa, desprotegida y vulnerable, se invoca el nombre de Trujillo como el referente del orden, el respeto, la disciplina lo cual no hubiera hecho falta si estos gobernantes hubieran cumplido con su deber y si la sociedad que somos se hubiera ocupado de reclamarlo.

El antitrujillismo ha sido buen negocio para quienes lo han usufructuado y pésimo expediente para el pueblo dominicano a quien, sus propios dirigentes, han privado del análisis y la valoración histórica correspondiente. A quienes estupran la patria, a quienes descuartizan el patrimonio nacional y nos venden a precio de vaca muerta no les puedo aceptar ningún tipo de antitrujillismo porque, para ser antitrujillista hay que ser, demostrar que uno es y ha sido mejor que él lo cual no es el caso con la canalla que nos gobierna.

Trujillo, a todo lo largo y ancho de su carrera política perpetró u ordenó el asesinato de aquellos adversarios cuya eliminación resultaba imprescindible para su ascenso o permanencia en el poder y nadie ha señalado nunca que Trujillo sufriera de pesadillas o malas noches de remordimiento a causa de esos crímenes. Pero Trujillo no fue un criminal vicioso, ni un psicópata incontrolable. Trujillo mataba o mandaba a matar por razones de Estado incluso si el hecho por cuya comisión se ordenaba la muerte no era, en principio, de origen político como puede haber sido el caso de Panchito Madera y otros. Como en otros casos, siempre ha sido mas rentable condenar a Trujillo que analizarlo. Siempre benefició a otros despreciar a Trujillo en lugar de estudiarlo a ver que podíamos reconocer de nosotros mismos en su conducta y ejecutorias y como, cuando y por qué, él primero y nosotros después, nos descarrilamos. 

Siempre se ha dicho que una sociedad que no estudia su pasado está condenada a repetirlo. Esa es nuestra realidad. La chercha, el ruido, la banalidad y la tanta mierda siempre que sea políticamente correcta no nos dejan pensar, separar la paja del grano.

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