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11 de abril del 2021

Opinión

Paraísos

Pedro Delgado Malagón. Agustín de Hipona (354 d.C. – 430 d.C.) y Juan Calvino (1509-1564). Para explicar el cosmos no necesitamos a Dios, pero la ciencia no podrá decir por qué se creó. STEPHEN W. HAWKING Dios ha muerto (Nietzsche). Nietzsche ha muerto (Dios). GRAFITO ANÓNIMO EN EL METRO DE NUEVA YORK Más fácil es […]




Agustín de Hipona (354 d.C. - 430 d.C.) y Juan Calvino (1509-1564).
Para explicar el cosmos no necesitamos a Dios, pero la ciencia no podrá decir por qué se creó. STEPHEN W. HAWKING Dios ha muerto (Nietzsche). Nietzsche ha muerto (Dios). GRAFITO ANÓNIMO EN EL METRO DE NUEVA YORK Más fácil es que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el reino de Dios. MATEO (19:24.) Viaje a las profundidades El griego del período clásico creía en el alma, pero no abrigaba inquietud particular por la muerte. Vivir la vida como un trayecto ardoroso era el designio esencial. Después de la muerte, el dios Hermes conduciría su sombra hacia las profundidades, hasta llegar al cruce entre el reino de los vivos y el de los difuntos. En ese límite, frente al río Aqueronte y a la laguna Estigia, capitaneaba Creonte, el remero. Al cruzar el agua, un perro de tres cabezas, Cancerbero, cuidaba la puerta de los infiernos. Los virtuosos, los justos y los heroicos eran llevados a los Campos Elíseos, una planicie fecunda donde el sosiego y la felicidad eran incesantes. La canónica pobreza El ‘mesianismo’ no es sólo la creencia en el regreso de un Mesías. Junto a esa noción existe también la certeza de que el retorno del Salvador ha de coincidir con el fin del mundo. Muchos lo piensan: una hecatombe cercana. Esta vivencia religiosa, denominada por la Teología como “convicción escatológica”, dominó la vida espiritual en las primeras comunidades cristianas e imprimió un acento de fervor a las prédicas de los Apóstoles. Dice San Pedro en su Primera Epístola: “El fin de las cosas se va acercando. Por tanto, sed prudentes y velad en la oración”. Con dramatismo aterrador, San Juan describe el fin del mundo. En su voz, el creyente oirá la noticia del “nuevo cielo y la nueva tierra” surgidos del cataclismo purificador que escoltará el regreso del Mesías. “Yo, Juan (dice él en Apocalipsis XX), vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén descender del cielo por la mano de Dios… No habrá ya muerte ni llanto, ni alarido, ni habrá más dolor, porque las cosas de antes son pasadas”. Este gran sueño mesiánico instauró una nueva forma de espiritualidad, con potencia capaz de disipar las dudas del hombre occidental. Sacudido por tan beatífica emoción (y es obvio que con mansa alegría) el creyente caminó ilusionado hacia una actitud de total desapego ante los bienes de este mundo. “El cristiano –decía el poderoso Agustín de Hipona —no debe abundar sino reconocerse pobre. Si tiene riquezas debe saber que éstas no son riquezas verdaderas… Seamos pobres y entonces seremos saciados… Siendo la codicia raíz de todos los males, hay que extirparla”. Factores de naturaleza económica contribuyeron también al arraigo del ascetismo medioeval. De un lado, el desmembramiento del espacio vital europeo por las invasiones de los bárbaros. Desde otra perspectiva, la parálisis casi total del comercio a causa de la ofensiva islámica en el Mediterráneo. Ambos factores, sin duda, asediaron la Europa occidental, devolviéndola al estado de naturaleza. Sólo la tierra, entonces, tenía valor y utilidad. Los bienes muebles carecían ya de todo uso económico. En un mundo empobrecido y, al mismo tiempo, repleto de pulsiones espiritualistas, a la Iglesia le fue practicable el introducir un cambio tajante en las ideas ancestrales en torno a la riqueza, a los medios de obtenerla y a los modos de su disfrute. La actividad económica se redujo, de tal suerte, a la satisfacción de las necesidades esenciales. El atesoramiento de bienes materiales fue tildado como síntoma de avaricia. La producción y el uso del dinero, la propiedad y los contratos se supeditaron al objetivo superior de la salvación del alma. La economía, como tal, terminó encadenada a la Ley Moral. Bajo las tinieblas del eclipse medieval, la condición de pobreza emerge aquí como una de las Virtudes Teologales. Un camello intenta cruzar por el ojo de una aguja. No lo consigue. Bulas y bulos Giovanni de Médicis, sentado en el trono de San Pedro como León X, emite en 1517 una Bula papal que autoriza la venta de Indulgencias para financiar la Basílica de San Pedro (cuya construcción dirigía, desde 1514, el gran Rafael Sanzio). El monje agustiniano Martín Lutero clava en la iglesia de Wittenberg, Alemania, un cartel con 95 proposiciones en las que denuncia aquel comercio con la gracia del perdón otorgada por Dios. Lutero corta los vínculos que lo atan al cuerpo material de la Iglesia. Al considerar inútil la función del sacerdocio católico, convierte el problema de la salvación en un diálogo personal entre Dios y el creyente. Acaso sin buscarlo, la rebelión de Lutero atizaba el incendio de una Europa renacentista ansiosa de triturar los frenos éticos que durante siglos cohibieron el espíritu de lucro. Pero la insurgencia iniciada por Lutero se transforma en una doctrina demoledora sólo cuando la dirección del movimiento reformista pasa a otras manos. Aparecerá aquí un hombre excepcional, dotado de un genio frío e implacable, poseedor de una gran versación teológica, aunque carente de legítimo espíritu religioso: Juan Calvino, un humanista y teólogo nacido en Noyon, Francia Se ha dicho que la aspiración de Calvino fue “justificar, con la religión, el derecho de los lobos a andar, sin ningún género de trabas, en medio del rebaño de las ovejas”. A modo de instrumento teológico, él implantó la “Doctrina de la Predestinación” y de ella dedujo corolarios insólitos. “Dios no sólo previó (escribió Calvino) la caída del primer hombre, sino que lo determinó todo por su propia voluntad… Ciertos individuos que Él escoge como sus Elegidos están predestinados a salvarse desde toda la eternidad, por merced gratuita e independiente de todo mérito; los demás han sido destinados a la condenación eterna por un justo e irreprochable, aunque incomprensible, juicio divino”. ¿Cuáles eran las señales infalibles que consideraba Calvino como ‘comprobación’ de que alguien formaba parte de los Elegidos de Dios? El Reformador entendía que las virtudes salvadoras eran la sobriedad, el ahorro, la diligencia, la frugalidad y el repudio de los placeres sensuales. De conformidad con el espíritu del Renacimiento, Calvino miraba el éxito económico como señal característica de los predestinados: “Debéis trabajar para ser ricos, no para poner vuestra riqueza al servicio de vuestra sensualidad y vuestros pecados, sino para honrar con ella a Dios”. Con la nueva doctrina, la iglesia calvinista ensanchó sus fronteras con los grandes banqueros y comerciantes de la época. La alta y media burguesía del Renacimiento, que por largo tiempo había esperado una doctrina moral que legitimara sus riquezas, ingresó al nuevo templo. Con la religión, él convirtió a los ricos en ‘santos visibles’. Parece cierta la noción de que Calvino hizo por la burguesía del siglo XVI algo similar a lo que Marx realizara por el proletariado en el siglo XIX. No cabe duda: la doctrina de la Predestinación otorgó la anhelada seguridad (así a los ricos de Calvino como a los sufridos obreros de Marx) de que las fuerzas del universo (y, por igual, las potencias de los cielos) estaban del lado de los Elegidos. Bajo las luces que relumbran en la Europa de los Médicis, la riqueza es consagrada como una de las Virtudes Cardinales. Un camello intenta de nuevo atravesar por el ojo de una aguja. Ahora lo consigue.

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