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23 de abril del 2021

Opinión

Pedagogía de antes: la letra, con sangre entra

Sergio Forcadell. Señores, cuando un servidor de ustedes era pequeño y estudiaba en las Españas imperiales de Franco, existía un eslogan, -entonces se decía lema o consigna, nada de palabras en inglés- que resumía toda una filosofía educativa tan bárbara como peculiar: ¨ la letra, con sangre entra ¨ y la misma se aplicaba en […]




Sergio Forcadell.

Señores, cuando un servidor de ustedes era pequeño y estudiaba en las Españas imperiales de Franco, existía un eslogan, -entonces se decía lema o consigna, nada de palabras en inglés- que resumía toda una filosofía educativa tan bárbara como peculiar: ¨ la letra, con sangre entra ¨ y la misma se aplicaba en casi todos los centros educativos de ese país en aquellos duros entonces.

Recuerdo que teniendo siete u ocho años, aún en plena posguerra, asistía a un pequeño colegio en el que Doña Rosa, su directora, aplicaba un simpático método pedagógico a sus alumnos cuyo rango de edad oscilaba entre los siete y doce o trece años, y que estábamos todos juntos y revueltos en una misma aula sin pupitres, sentados en bancos puestos a los lados de las paredes las cuales servían de respaldos.

Al lado de su gruesa mano, que nunca olvidaré mientras viva, tenía agarrada una caña tan alta que tocaba el techo, de un par de pulgadas de grosor y con una abrazadera metálica en su extremo superior. Cuándo un estudiante -un niño- hablaba o se distraía por cualquier tontería, doña Rosa dejaba caer por gravedad la caña sobre su cabeza y…¡zas!, santo remedio, el muchacho se callaba y atendía, y con frecuencia lloraba y sangraba.

A otros que no se sabían la lección los ponía de rodillas con dos libros en las manos y los brazos abiertos en cruz. Cuando estos bajaban por el cansancio, la caña también bajaba por gravedad y ¡zas!.

Otra variante de este método tan hispánico era colocar unos garbanzos duros como el hambre de esa época entre las rodillas y el suelo hasta que uno no podía más… los retiraba y ¡zas!, la bendita caña caída como lluvia ácida del cielo ¿les parece ficción? Pues esperen.

A Manolín, un compañero travieso, hecho de la misma piel del diablo, doña Rosa lo perseguía por los pasillos para aplicarle uno de sus peculiares castigos en pago a alguna de sus travesuras, y mi amigo antes de caer en sus manos prefirió tirarse desde el segundo piso al patio de la escuela ayudado por un paraguas abierto a modo de precario paracaídas, que por cierto se desintegró en tan corto vuelo espacial. Lo llevaron al dispensario y por suerte solo quedó en unos buenos moretones.

Seguimos, en otro colegio y con unos pocos años más encima, vean como aprendíamos las conjugaciones en latín con el profesor don Vitorino. El nudillo de su dedo índice de la mano, corto duro y peludo, apuntando sobre la cabeza, ¡vamos, declina Rosa-Rose! Y uno comenzaba…nominativo rosa…dativo rose… si fallabas ¡ zas ! golpe de nudillo en el ¨caco¨…ahora el ablativo…¿se te olvidó?…!zas! otro más…el acusativo…¿no lo sabes? ¡ zas! así hasta el genitivo, ahí se acababan las conjugaciones y comenzaban entonces las las maldiciones contenidas y los dolores de cabeza.

El sistema para aprender los reyes godos con don Francisco aún era más divertido, estos señores, los reyes, eran nada menos que 33, con unos nombres horrorosos y había que sabérselos todos y de memoria. Uno cogía impulso y comenzaba a recitarlos..Alarico…Recaredo…Wamba…Ataulfo,…Rescesvinto…Chindasvinto …Sisenando…Atanagildo…Teudiselo…Witeric… con suerte se llegaba hasta el número dieciocho y por cada godo que faltaba recibías de regalo un buen reglazo en la mano extendida, o con los dedos juntos mirando hacia arriba, según el humor del verdugo, y que en invierno, con el frío, se veían no solo estrellas sino hasta las auroras boreales.

Y si la retirabas, entonces eran dos golpes que caían en lugar de uno, mirando a don Francisco con un odio acerado y cuidando que las lágrimas no salieran para que tus compañeros no te calificaran de cobarde.

Otro método más, encantador, el profesor Huidobro, bajito, algo rechoncho, tenía la sana costumbre de esperar en la puerta de la entrada de la clase cuando finalizaba el recreo matinal. Al sonido del timbre comenzaba una carrera loca por llegar los entre primeros puestos porque los dos últimos, por sistema, recibían una bofetada que entraban dando vueltas literalmente como un trompo.

A los que ya éramos más crecidos solo nos amenazaba pues corría el riesgo de fuera él quien entrara de esa dinámica manera.

La última -por ahora- en un colegio de curas cuando nos sacaban de la clase por no sabernos la lección, no haber hecho las tareas o por estar hablando, teníamos que quedarnos toda la hora fuera de la clase pero junto a la puerta.

Era norma ¨de la Casa¨ que si pasaba un cura por tu lado te daba una buena bofetada, y si eran dos…pues eso, un par de galletas y no de las de comer precisamente, y si volvían a pasar… se aplicaba el mismo método pedagógico.

¿Qué les parece? Si ahora le suena un tabanazo en clase a un muchacho rebelde hay que vérselas con los las autoridades escolares, los psicólogos, los derechos civiles, los bomberos, los marines y hasta con el FBI …y el Séptimo de Caballería. Y con razón porque los niños son sagrados. No se deben tocar ni con el pétalo de una rosa ni con las hojas de los cuadernos. La letra, con el saber enseñar, entra. Ese era el lema que debíamos haber tenido.

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