República Digital - Indotel Anuncio

09 de mayo del 2021

Opinión

Peña Batlle, el historiador

Juan Daniel Balcácer. Aun no se ha escrito una historia exhaustiva sobre las ideas políticas en Santo domingo. Dicho con más propiedad, adolecemos de un estudio ponderado y pormenorizado de lo que podría denominarse el pensamiento dominicano. Existen algunos ensayos acerca de las ideas políticas y filosóficas enarboladas por diferentes pensadores dominicanos; sin embargo, dichos […]




Juan Daniel Balcácer.
Aun no se ha escrito una historia exhaustiva sobre las ideas políticas en Santo domingo. Dicho con más propiedad, adolecemos de un estudio ponderado y pormenorizado de lo que podría denominarse el pensamiento dominicano. Existen algunos ensayos acerca de las ideas políticas y filosóficas enarboladas por diferentes pensadores dominicanos; sin embargo, dichos estudios todavía se hallan inconclusos en cuanto respecta a la amplitud de su temática, a la espera de que algún sociólogo, politólogo, historiador, en fin, algún cientista social, emprenda y concluya tan importante labor de investigación. Cuando se acometa el aludido proyecto sobre una historia del pensamiento dominicano, no cabe dudas de que Manuel Arturo Peña Batlle ocupará, en ella, un lugar de extraordinaria relevancia. El ensayista. Tal aseveración obedece al hecho de que, dentro de la generación de intelectuales dominicanos de la primera mitad del siglo XX, Peña Batlle fue, a juicio de Joaquín Balaguer, el primer ensayista que descolló en el “campo del artículo doctrinal y en el de la crítica histórica. Su obra representa, en conjunto, un poderoso y originalísimo esfuerzo de interpretación antipositivista de la historia nacional: sobre un fondo de ideas fuertemente tradicionalista, edificó un cuerpo de doctrinas cuyo propósito central fue la cultura clásica y cristiana. Para lograr ese objetivo, expresión de su patriotismo intransigente, se empeñó en esclarecer el sentido de la lucha secular sostenida por el pueblo dominicano para no sucumbir a la ambición haitiana de hegemonía y dominación sobre la isla entera, y en negar, al propio tiempo, todo influjo bienhechor a la acción ejercida por Hostos sobre las ideas que han contribuido a formar en los últimos tiempos, la conciencia dominicana”. El historiador. Desde muy joven, Peña Batlle mostró afición por las investigaciones históricas al igual que por el análisis meticuloso de cuestiones internacionales, diplomáticas, políticas, sociológicas y jurídicas. De acuerdo con Virgilio Díaz Ordóñez, Peña Batlle fue historiador eminente, académico esclarecido, profesor admirable, escritor de noble estilo y pensador, en cuyas ideas se asociaron siempre armoniosamente la profundidad filosófica y la altura del bien y de la verdad”. Pedro Troncoso Sánchez sostuvo que “fue un estudioso, fue un erudito, fue un investigador; pero, lo que más entusiasma en él es el examen crítico y el enfoque en gran perspectiva”. Durante la época anterior y posterior a la primera ocupación militar norteamericana, las ideas de José Ramón López, Federico García Godoy y Américo Lugo -detrás de quienes se hallaba el espíritu hostosiano-, tuvieron notoria incidencia en los círculos intelectuales dominicanos. Se hablaba entonces de una supuesta incapacidad del pueblo dominicano para superar por sí solo sus problemas vitales. En realidad, no se trataba de teorías que en el plano ontológico descreían del pueblo dominicano y de su porvenir, en tanto que colectivo; sino, más bien, eran esfuerzos sinceros en procura de formular una explicación, lo más objetiva posible, sobre el comportamiento socio psicológico del pueblo dominicano cuando éste aun no era del todo consciente de su identidad nacional. En ese sentido, pocos estudiosos comprendieron el propósito y el alcance de una tesis como la de Américo Lugo, quien, a juicio de Peña Batlle, “quiso escribir el epitafio de la vida nacional dominicana” con su célebre tesis doctoral de 1915. El origen de nuestros males. Los primeros pensadores dominicanos del siglo XX también se propusieron identificar la etiología de los males que habían impedido el pleno desarrollo de las instituciones democráticas. En el concepto de Peña Batlle, las causas de las desventuras dominicanas había que buscarlas en nuestro pasado, principalmente en: a) las devastaciones de Osorio (1605-1606); b) el Tratado de Basilea (1795); c) las invasiones de Toussaint y Dessalines (1801 y 1805); y, d) en la dominación haitiana (1822-1844). Al despuntar el siglo XX, y consecuencia de esos acontecimientos tan traumáticos para el colectivo, era evidente que “los dominicanos no podían representar otros valores que los derivados de las formas sociales en que vivieron durante todo el siglo XIX que, políticamente, se inició para nosotros 1795, con el Tratado de Basilea”. Fueron, pues, tales calamidades históricas las que indujeron a Peña Batlle a la conclusión según la cual los dominicanos no éramos los únicos responsables de nuestra incapacidad nacional. “Los extranjeros -escribió- lo son en la misma medida que nosotros. En 1916 pagábamos el precio de los desaciertos y desafueros de la Improvement, corporación norteamericana tan responsable de la catástrofe financiera de Ulises Heureaux, como este mismo. En 1916 pagábamos, junto con nuestros errores administrativos, la mezquindad y la falta de verdadero espíritu de cooperación internacional con que el Gobierno de Washington negoció la Convención de 1907. En 1917 llegamos al vórtice de la tempestad social y política que significaron en la vida de este país los veintidós años de ocupación haitiana”.

Noticias destacadas