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15 de abril del 2021

Opinión

Pensar y meditar, dos velocidades

Marino Vinicio Castillo R. Pensar al amanecer entraña una preparación para afrontar el día, sea éste previsible por efecto de la rutina o excitante por los fugaces enigmas del qué ocurrirá. El sueño que precede a ese amanecer puede ser aliado o enemigo del acierto que debe procurarse la decisión a tomar en esa brega […]




Marino Vinicio Castillo R.
Pensar al amanecer entraña una preparación para afrontar el día, sea éste previsible por efecto de la rutina o excitante por los fugaces enigmas del qué ocurrirá. El sueño que precede a ese amanecer puede ser aliado o enemigo del acierto que debe procurarse la decisión a tomar en esa brega de la vida que no pasa de ser una prolongada jornada de jornadas. Naturalmente, a ese sueño, reparador o perturbador, le precede también un ocaso que pudo haber servido para otro tipo de pensamiento, el retraído y sosegado de la meditación. El eje, por supuesto, seguirá siendo la buena o la mala conciencia del individuo, que tendrá que debatir ante esa implacable instancia, poco menos que imposible de manipular. Mientras más se viven mejor se advierten esos ciclos del diario vivir que se irán acumulando como conducta, buena o mala; libre de remordimientos o plagada de fantasmas de culpa.
Es en esa prolongada fase de pruebas donde se dice que nace o reside la experiencia. Y esos juicios son válidos, tanto en lo relativo a las cuestiones personales que ocupan un lugar de privilegio como preocupación, como en los asuntos públicos que son tan apasionantes y sensitivos. Ahora bien, ocurre que hay una competencia cerrada, de carácter perpetuo, entre el pasado, el presente y el futuro que resulta muy compleja y difícil de organizar en cuanto a saber cuál es el de mayor importancia, ¿el pasado que la arrogancia de los progres suele expresar bajo el predicamento de que “pasado es pasado”? ¿o el presente donde están produciéndose tantas cosas espectaculares, según lo proclaman enardecidos los IN? ¿o finalmente el más elusivo y difícil de desentrañar que es el futuro, donde no caben las bolas de cristal adivinatorias? El ser humano, obligado a navegar en ese mar de tribulaciones, resulta una piragua al garete porque la ciencia, como las tecnologías, lo han ido haciendo insondable e inescrutable, con sus innovaciones y descubrimientos asombrosos que abruman y tienden a relevar a la conciencia ordinaria de los simples mortales que tanto empequeñecen. Todo ello en medio de un vendaval de consumismo y tentaciones espectaculares de acceder a medios de fortuna, sin importar que el trabajo esté ausente, sin mérito alguno, como una posible causa de las fortunas indescriptibles. Así hemos llegado a una estación de la vida de nuestro pueblo que con sólo mencionar ciertas palabras se suscitan categorías serias en la preocupación del colectivo como lo son “seguridad pública”, “seguridad individual”, “corrupción”, “soberanía”, “deuda pública”, “costumbres degenerantes”, “drogas”, etc. Un campo extensísimo para pensar. Sin embargo, cuando un medio social adolece de esas y otras tantas falencias, no hay necesidad de extenderse en mayores explicaciones y sobrevienen motivos para sentir un raro y penoso optimismo, valga la paradoja. Y es que ya se puede ir pensando en desenlaces, buenos o malos, no importa, desenlaces al fin, que necesariamente nos sacarán de un limbo tóxico donde se corroen y destruyen lenta e irremisiblemente las esencias del ser nacional. Y Dios cada vez más postergado; como si extinguirlo fuera una meta gloriosa de modernidad y perfección; toda alusión al pasado resulta según los “avanzados”, ridícula e inconsistente, sobre todo tarada por lo que entienden que es la Fe como rémora. No han bastado las lecciones de la historia para aprender que la inmensa mayoría de las circunstancias vividas hoy son repeticiones exactas de cosas sufridas en el pasado y que, de no ser identificadas plenamente, jamás podrán asumir vaticinios acerca del futuro que no sean desconocidos por las peores nieblas de incertidumbres.
A grandes rasgos pretendo con estas cuartillas acercarme al examen de nuestros conflictos de hoy y de mañana. Desde luego, recostado en el pasado con la mirada fija en sus glorias, como en sus sombríos hundimientos. Debo agradecer a Dios que me haya concedido la gracia de vivir tanto tiempo; algo que me ha permitido sentir lo que dijera el poeta: El horizonte tiene cuatro bahías/ como mi mano abierta. A cuál de ellas deriva mi pensamiento del amanecer con la misma velocidad que las meditaciones del ocaso, amparado en el sueño reparador que me permite el equilibrio de entender el pasado, comprender el presente y presentir el futuro. Me ayuda el hecho de que no me asaltan remordimientos, ni inseguridades, al predecir y advertir que nuestra sociedad no puede, ni debe, seguir padeciendo tanta desorientación; que precisamente estos momentos son muy propicios para un golpe de timón que la aleje de las tormentas en curso y por venir, que son de todo género. En estos días aciagos de escándalos inmanejables confieso que me ha invadido una especie de insomnio que me lleva a pensar y meditar, a la vez, bajo la acuciante convicción de que no hay tiempo qué perder; que cuanto ocurre es un naufragio y hay que procurar que el propio tsunami contribuya a salvarnos y que las incertidumbres sirvan para orientarnos; en fin, hacer las tareas del sacrificio; asumir al Apóstol Martí en su profunda admonición de que “la patria es agonía y deber”, encomendándonos a Dios todo el tiempo.

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