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15 de abril del 2021

Opinión

Periodista a rajatabla

Luis Beiro. A veces el hombre encuentra su destino en el camino que decide tomar para evitarlo. Es mi ejemplo. Siempre quise separar al letrado del periodista, sin saber que ambos duermen en el mismo aposento. El escritor no es más que un periodista involuntario, mientras que el comunicador aprende a fabular historias de la […]




Luis Beiro.
A veces el hombre encuentra su destino en el camino que decide tomar para evitarlo. Es mi ejemplo. Siempre quise separar al letrado del periodista, sin saber que ambos duermen en el mismo aposento. El escritor no es más que un periodista involuntario, mientras que el comunicador aprende a fabular historias de la vida real. La literatura la información son fetiches de pasión. En ambas, la palabra bien escrita y la capacidad de hacer creíble un suceso real, se escapan de informes burocráticos y transcripciones mediocres. Si algo las separa es la prisa del fuego. El periodismo requiere una difusión inmediata para mantener un consumo. Al otro día, siempre habrá una noticia mejor. Las letras otorgan permanencia en tiempo y espacio, tal vez por la meticulosidad de su desarrollo, la complejidad del discurso, la incorporación de sub tramas y personajes sacados de la invención del autor. Desde mis años universitarios aposté a un periodismo simpático, ingenuo, cultural y muy al margen de la realidad y del libre fluir de las ideas. Cuando conocí a Joaquín G. Santana mi visión escritural renovó su aire e inició una vocación retro alimentadora. Santana no solo me enseño a releer y a reescribir mis historias, sino a darles un necesario toque de trucaje, un traje de seda para seducir. A pesar de su tutoría, cometí el error de creerme una supuesta vocación letrada. Nunca se lo dije por respeto a su oficio ejemplar. No me di cuenta que mi propia vida saldría de mis venas rumbo al papel, de manera invisible, como buen fantasma. No era un problema de Alter Ego. Solo la mala fe, unida al resentimiento, frustración e inmodestia pueden imponer a un autor (o a un periodista) determinada fórmula. Cuando hay honestidad, cada cual escribe lo que quiere y como quiere. La belleza escritural no es propiedad exclusiva de nadie, No importa lo que digan los otros. Eso también lo supe por Santana. Escritor y periodista escarban dentro de sí para sacar buenas o malas historias a partir de sus propias experiencias. El propio Santana fue el mejor ejemplo. Su valiosa novela “Recuerdos de la calle Magnolia” quedará inscrita en un lugar mucho más privilegiado de la narrativa cubana que otra de sus obras, la laureada con el Premio Nacional “Son de la loma”. Está última salió de su mente, mientras que la primera le corría por la sangre. Quienes ejercen el oficio de la palabra escrita, a veces acuden al habla de todos los días ante la ausencia de un un estilo propio. Pero un auténtico creador logrará su manera de decir. El periodismo escrito no es igual al hablado, al igual que la charla es solo una forma de ingenio. A pesar de salir de Cuba, continué mi amistad con Joaquín G. Santana hasta el momento en que su corazón se detuvo. Le publiqué algunas de sus crónicas en el desaparecido periódico LA NACIÓN. Como prueba de su legitima amistad, me honró al dedicarme, con su hermosa letra de molde, su novela “La revancha de Villa Cumbancha”. Ahora la transcribo: “Aquí va este libro en nombre de nuestra transparente e inconmovible amistad. En todos tus éxitos dominicanos hay algo mío: te vi surgir, crecer y aprender a pelear. Eso me enaltece. Un abrazo de tu hermano sincero, Joaquín G. Santana. La Habana, 3 de septiembre de 1997”. Un día de 1999 conocí a Miguel Franjul, un profesional que ha sabido soportar mis desarraigos, mis conflictos de inmigrante, mis traumas interiores y mis problemas personales. Nunca tendré cómo agradecerle que me permitiera combinar reportajes con literatura; o de lucir mis historias en la primera plana de LISTÍN DIARIO, y confiar en mí durante 21 años. En Santo Domingo pude hacer todo tipo de periodismo: radial, televisivo y escrito. También he publicado el grueso de mi obra literaria. En el diario mi firma me ha dado más lectores. He perdido la ingenuidad inicial, pero no la herencia de mi maestro Santana. Sigue en pie mi buena fe de ayudar a quien realmente lo merece. Hoy me considero un periodista atrevido, con algunos versos capaces de interesar en determinado estado de ánimo. He sido descuidado, entusiasta y cumplidor. Mis pifias se han corregido en su momento. No tengo nada de que arrepentirme. Ahora enfrento el periodismo digital. Me honran las valiosas firmas nacionales y extranjeras que enriquecen mi trabajo con sus colaboraciones. Nunca imaginé recibir un premio por tales atributos porque el mayor premio de mi vida me ha sido otorgado: Ser yo mismo, es decir, uno de tantos periodistas que cada día salen al mundo en busca de historias que merecen la pena ser contadas.

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