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13 de abril del 2021

Opinión

Perros inmigrantes, salud e incendio

Ignacio Nova. No son veinticuatro horas las de hoy sino una eternidad. Peor que todas las eternidades, pues no es de las que se espera con certeza: en la esperanza de llegar a vivirla o en el riesgo de no alcanzarla. Son otras horas, diferentes, distantes, inaprensibles y hasta decepcionantes. Primero porque refi eren lo […]




Ignacio Nova.
No son veinticuatro horas las de hoy sino una eternidad. Peor que todas las eternidades, pues no es de las que se espera con certeza: en la esperanza de llegar a vivirla o en el riesgo de no alcanzarla. Son otras horas, diferentes, distantes, inaprensibles y hasta decepcionantes. Primero porque refi eren lo que no cesa ni tiene intensión de cesar, algo que sabemos imposible aunque atestiguemos cómo se hace cuerpo ante nosotros: desmadejándose en flujos inaprensibles, impasibles, inasibles y perennes; que caen como las cosas sin tiempo establecido para alcanzar el suelo: desde ayer, desde hoy, desde un ahora licuado, daliniano; que lo hacen con la misma insensibilidad que inspiran las amenazas de lo que permanece latente por siempre y, peor aún, invariante y agravando. Esta historia empezó hace muchos siglos. Tantos que parecieran empujar su olvido. ¡Veinticuatro horas para partir!, fue la orden. ¡Dejad lo que no podéis traer con vos!, ordenaron los bizarros capitanes. Y tras el silbido y el terror de aquellos látigos que ya no tenían espaldas negras ni indígenas donde dejar grabadas sus cruces de golpes, dolor y sangre, empezaron a marchar su destino fúnebre los primigenios pobladores de la franja Norte de la ínsula Hispaniola, recién llegada a unos mapas que todavía no tenían la pretensión de haber nacido de ciencia alguna sino del coraje de unos navegantes lanzados al mar y al andar aquel mundo desconocido, circunvalando sus costas para hacerlas trozos de trazos sobre los papeles mojados y salobres. Cumplido el tiempo, el peor de los azotes tras ellos: un fuego de nombre y tamaño incomprensibles dejaba allí nada, es decir instalaba la desolación, un cementerio de árboles, un crimen que entonces era una gracia de las guerras, la deforestación, un destino rechazado sembraba allí como maldición que actuaría como suelen hacerlo las semillas. Y germinó. Con y en un macabro éxito. En un efecto no esperado que se constituyó en el paradigma y maldición arcana. En torno a su no propalado contenido quedaban y empezaron a estar predestinados los logros posibles de las subsiguientes políticas públicas. El valladar fue sembrado. Y sus frutos se cultivan hoy. Fue un gran incendio. Su extensión fue descrita por el poeta Pedro Mir, en 1969. Dijo: “La TEA no respetó paredes de argamasa ni de piedra. Se abalanzó como fi era parida sobre viviendas, cortijos, embarcaderos, ropa tendida y hasta crucifijos, que descendían de la madera incendiada en forma de bronce derretido. Puerto Plata, ciudad fortificada, desapareció con fortaleza y todo. Varias casas de piedra y aún el Convento que había allí que, según Osorio mismo, era muy bueno, así como las iglesias de piedra, volaron hacia lo altísimo con más celeridad que sus aéreas plegarias. Bayajá, La Yaguana, Monte Cristy, ardieron. Con las paredes se fueron los murciélagos y las salamanquesas. Pero el objetivo supremo eran los seres humanos estantes, habitantes y extravagantes. Avanzaban las familias, revueltas con las reses mansas, sin atreverse a volver el rostro. Los que lo hacían caían fulminados como por el rayo de la guerra. La orden de Osorio conminaba a abandonar los lugares en 24 horas contadas. Y cada minuto de retraso implicaba la horca para la familia completa. 82 hacendados con mujeres e hijos fueron condenados a muerte, y efectivamente ejecutados, por andarse despacio. Por la muerte se conocían los hombres”. ¿Qué puede nacer del odio que con tanta precisión encarnan las brazas y de la muerte que tan bien grafican las cenizas? Fue el huevo de Felipe III y de Antonio Osorio, por cumplir mandatos que en la ínsula no había quien cumpliera. La semilla ingresó a la tierra y bajo ella continúa. Primero germinó como territorio ausente de sociedad política; como espacio donde a la civilidad se le prohibieron sus pasos y sus cortesías. Donde a la Ley se le puso una mordaza y se la hizo circo romano para disfrute de las ansias. Allí están las primeras energías y los propiciadores hechos de lo que hoy —este entonces que es un después— se denomina Haití: un drama social y humano trágico hecho sociedad y territorio para que de su desesperanza sus pobladores no puedan escapar; un terror y amenaza de los que tampoco sus vecinos podrían liberarse. Fue en vano tanto fuego. Y más aún, tanto esfuerzo abandonado. Tanta carencia de luz. Tantas muertes por suceder y sucedidas. Tanta falta de civilidad y amor. Tanto odio convertido en combustible. Tanto entusiasmo en fundar villorrios que no perdurarían. Es con lo que hoy tenemos que lidiar. Y ahora, dice el ministro Rafael Sánchez Cárdenas, que también lidia la salud pública: con unos perros inmigrantes, portadores de toda la porquería que desde 1605 se ha arrastrado desde allí. Que en su rabia muestran los dientes blancos de una violencia que espera, agrede, contagia y mata. Pero seguimos huyendo, ignorando que nos perseguirán como ocurre desde 1605. Tenacidad es su norte. Lo harán hasta obligarnos a lanzarnos al mar como al aire se han lanzado muchos que perdieron las esperanzas en el destino nacional, que para el país no conciben buenos augurios a futuro. Enfermedades importadas de Haití, perros contagiados de Haití entrando más libremente que sus ciudadanos, productos carentes de controles sanitarios presionando el mercado nacional; delincuentes haitianos medrando en la debilidad y fragilidad fronterizas para delinquir allá y aquí, traficando con todo lo que es posible traficar y, finalmente, el regreso de piratas y corsarios tras las riquezas de familias fronterizas, tras sus reses… Sí, no lo dude alguien: bajo la amenaza del gran incendio continuará este empujar contra occidente, lanzando sus habitantes hacia las costas. La TEA del gran incendio continuará hasta que el canto de la mano de obra barata que tanto disfrutan nuestros empresarios trastrueque en grito de guerra de una mayoría poco a poco importada, que viene también con sus carretas, sus látigos y sus jaurías hacia la Tierra Prometida; que en su avanzar ha tomado ya entre el 20% y el 25% del presupuesto de Salud para garantizar el incremento de su ejército; cuyos soldados medran en la descomposición social que viene en la carreta que halan los caballos y bueyes del desempleo de nuestros nacionales. Hasta que empiecen a caer, definitivamente y de una vez por todas, los debilitados troncos que todavía sostienen el destino y esencia de nuestras nacionalidad.

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