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13 de abril del 2021

Turismo

Perspectivas del turismo dominicano

POR PEDRO DELGADO MALAGON. La prosperidad del turismo dominicano brotó como un milagro —impensado, inesperado, brusco— fruto de las medidas de política cambiaria de 1985-86. Hasta ese tiempo, todo el esfuerzo por aumentar el flujo de visitantes extranjeros chocaba con un escollo insuperable: la sobrevaluación de nuestra moneda y, secuela inevitable, la falla de competencia de […]




POR PEDRO DELGADO MALAGON. La prosperidad del turismo dominicano brotó como un milagro —impensado, inesperado, brusco— fruto de las medidas de política cambiaria de 1985-86. Hasta ese tiempo, todo el esfuerzo por aumentar el flujo de visitantes extranjeros chocaba con un escollo insuperable: la sobrevaluación de nuestra moneda y, secuela inevitable, la falla de competencia de una posible oferta turística nacional. Después, la realidad anduvo como miel sobre hojuelas. De prácticamente nada, en quince años pasamos a tener casi cuarenta mil habitaciones de hoteles. Un verdadero portento. Súbitamente llegaron los flujos de visitantes y las cifras se hincharon: medio millón, un millón, dos millones, seis millones de forasteros cada año. Todo aquello, sépase, con muy escaso apoyo del sector público en sus inicios y, casi, a contrapelo de la vocación gubernamental de aquellos tiempos. Para competir, es cierto, el país se vio obligado a ofrecer el producto turístico más barato posible. No teníamos buenas comunicaciones terrestres, las playas estaban contaminadas, las ciudades llenas de basura y no había energía eléctrica. Con tales barreras, hubimos de apelar al turista de bajo precio, al de 20 dólares por día: a ese alemancito cuyo patrono le costeaba unas vacaciones de dos semanas con mulatas y piña colada, “todo incluido”, en el azul intenso del Caribe.
Pero el turismo, con todos sus defectos y salvedades, nos genera hoy día cerca de 7,000 millones de dólares (¿acaso la mitad de las divisas que produce la economía dominicana?), emplea directa e indirectamente más de un millón de personas, y representa la fuerza motriz de una economía que se expande con rasgos poco menos que providenciales. ¿Qué hacer, cómo actuar, en tal caso, para robustecer un negocio que tantos beneficios nos trae? La industria turística precisa más que nada de cuatro ingredientes esenciales: infraestructura física, servicios públicos, seguridad jurídica y estabilidad política y económica. El sostenimiento del sector demanda de buenas carreteras y calles, de aeropuertos eficientes y de puertos acogedores para recibir los cruceros. Por igual, de plantas de tratamiento para procesar las aguas negras que se derraman sin control dentro de las aguas y sobre las playas, de obras para evitar la degradación y la erosión de las costas, así como de servicios para recolección y disposición de desechos. Es básico, también, un suministro de agua potable y de energía eléctrica confiable, además de vigilancia policial y reglamentaciones para evitar el pillaje en contra de los visitantes. Por igual, será forzoso disponer de una inconmovible seguridad jurídica a fin garantizar el estatuto de propiedad de los valientes inversionistas que incursionan en este sector. Pero en un plano más alto, sobrevolando por encima de estos vitales ingredientes del negocio, se sitúan la solidez del régimen político tanto como la seguridad ciudadana y la paz social. Aunque luzcan un tanto elementales, todavía nuestro turismo aguarda por la solución de una buena parte de estas indispensables, primarias y básicas urgencias. MUY LEJOS Es importante saber que aún estamos muy lejos de haber tocado el techo de la industria. España, con 46 millones de pobladores, recibe hoy cerca de 80 millones de turistas. Esto es, una proporción de más de 1.7 turistas por habitante. Hay en nuestro país lugares vírgenes, con potencial extraordinario: la península de Samaná, Barahona, Pedernales, Miches, la franja costera entre Luperón y Manzanillo, Jarabacoa, Constanza, Rancho Arriba, San José de Ocoa, Bayaguana y los Parques Nacionales de la Cordillera Central, entre muchos otros. Con la adecuada infraestructura física, junto a las necesarias prescripciones y a la provisión de los servicios básicos, nuestra oferta podría encumbrarse hasta las 140-150 mil habitaciones y alcanzar un nivel sostenido de 16 a 17 millones de visitantes anuales. Hemos de reconocer que el gobierno aporta una inestimable cuota. Con la finalización del corredor vial que enlaza la capital con el aeropuerto de Punta Cana se anticipa un flujo terrestre que superaría, creíblemente, los 500 mil visitantes anuales a la ciudad de Santo Domingo. Haría falta, por supuesto, concluir los trabajos de adecuación del Centro Histórico de Santo Domingo y habilitar espacios para el estacionamiento de vehículos en la zona. Sería preciso, además, articular un sistema de pequeñas unidades motorizadas (no contaminantes) que realicen los movimientos del turista dentro del ceñido espacio de la rediviva ciudad de Ovando. Se finalizó hace unos años el Boulevard Turístico del Este, que ofrece comunicación expedita entre el aeropuerto internacional de Punta Cana y los miles de habitaciones hoteleras desarrolladas en el litoral de Punta Cana, Bávaro y Macao. También stá disponible la nueva carretera Bávaro-Miches-Sabana de la Mar. En este último punto será cimentado un atracadero para facilitar el cruce en ferry-boats de viajeros y automóviles dentro de la bahía de Samaná. Por otra parte, las nuevas vías terrestres que comunican Samaná con el resto del país han inducido, en diferentes puntos de esta península, una enérgica expansión de hoteles y de urbanizaciones vacacionales de alto rango. Es auspicioso, de igual forma, el giro que empresarios locales y extranjeros le imprimen al centro turístico de Puerto Plata. Ahora se dirige hacia el mercado inmobiliario una iniciativa de renovación de las avejentadas instalaciones hoteleras del lugar. Los ejemplos de pujanza y voluntad creativa, pública y privada, no cabe duda, despuntan hoy fructuosos en todo el país. Pero aún dependemos del logro de numerosas objetivos materiales, de la adquisición colectiva de un “querer” y un “saber hacer” las cosas. No menos que de una enérgica respuesta judicial a turbios conflictos, nacidos casi siempre del ultraje a derechos de propiedad y de extorsión perversa a empresarios del mundo hotelero. Quizá nos convenga estudiar las propuestas del Ministerio de Turismo, tanto como releer el Informe Attalí y poner oído abierto a las expresiones de líderes e inversionistas del sector. Sin omitir la voz de expertos y técnicos (de cruzados, diría yo) como es el caso de Juan Lladó. Porque lograr el enorme objetivo diseñado por el gobierno de Danilo Medina, de arribar a 10 millones de visitantes en el 2022, será dable tan sólo mediante un esforzado impulso colectivo en el que todos habremos de aportar dosis crecidas de imaginación, sudor y esperanzas. Ya que los demás ingredientes del proyecto (las primacías históricas, el color y el calor y la tambora; los cocotales y la arena; la comida y el retozo y el aguardiente; las tentadoras ancas ondulantes y la espontánea sonrisa que no cesa), como muy bien lo sabemos, aquí abundan y alcanzarán para siempre… y para todos.

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