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10 de mayo del 2021

Opinión

Pobre gente de París…y de Haití

Por Rafael Acevedo. Mucho tiempo estuvo de moda la canción de Marguerite Monnot, que con fina ironía llama “pobres gentes” a los parisinos, pues:… “solo piensan en amar “… y divertirse. Un piropo demasiado tierno a Paris, no siempre tan merecido; particularmente cuando pensamos que la mayor parte de la desgracia de nuestros vecinos haitianos […]




Por Rafael Acevedo. Mucho tiempo estuvo de moda la canción de Marguerite Monnot, que con fina ironía llama “pobres gentes” a los parisinos, pues:… “solo piensan en amar “… y divertirse. Un piropo demasiado tierno a Paris, no siempre tan merecido; particularmente cuando pensamos que la mayor parte de la desgracia de nuestros vecinos haitianos vino de París, precisamente. Estos vecinos, negros y mulatos, no solo fueron la colonia más rica de Francia, sino que también los primeros que derrotaron a blancos, europeos e imperialistas, tras haber padecido la explotación más bestial y horrenda. Pero los haitianos también recibieron las buenas nuevas de la Revolución Francesa de 1789: libertad, igualdad y legalidad para todos los pueblos; y ya en 1804 tenían Estado, gobierno y leyes propios. Se nutrieron de los ideales libertarios de los pensadores más ilustres, obligadamente, en lengua francesa, ya que sus lenguas maternas, africanas, fueron prohibidas, erradicadas, debido a que los traficantes vendían esclavos en “paquetes” de distintas tribus, para que no pudiesen conspirar contra sus dueños (Fichter). Para sus levantamientos libertarios se convocaban con claves de tambores. Con grandes dificultades han venido estructurando un francés criollo (creole), para ponerse de acuerdo sobre sus asuntos nacionales, pero sus conflictos internos todavía no les permiten estabilizar sus propios gobiernos. A estas pobres gentes de Haití, poco les han aportado las intervenciones estadounidenses, y demás intentos de potencias y organismos. El mundo blanco civilizado no ha podido siquiera ayudar a viabilizar su condición de país independiente, y algunos parecen pensar que la solución definitiva está en lo que desde una oficina en París parecería sencillo: Mesclar negros y mulatos de ambos lados de la isla y formar un solo estado. Contrario a lo que se ve desde París y desde aquí, la cultura haitiana carece de unidad; mientras los grupos sociales son clasistas y racistas, discriminantes entre sí. Aunque sus gobernantes llegaron a pedir ayuda del Vaticano para unificar religiosamente a su población, la cual fue denegada, entre sus creencias perdura gran variedad de animismo y espiritismo. Gran parte de la población pertenece a iglesias de Cristo, lo que es un verdadero “actif”; aunque su mezcla con voduísmo produce un sincretismo de difícil comprensión y manejo. En Chile tuve la magnífica oportunidad de hacer amistad con estudiantes haitianos, de clase media y de élite. Gente de trato finísimo, que dan cátedra de modales y costumbres. Los pobres migran masivamente, irregular y desorganizadamente, y son víctimas de explotación y fácilmente reclutados por la delincuencia local y foránea. Gentes sin documentación, sin referencias sociográficas, ni siquiera saben levantar el rostro para saludar y sonreír, ignorando acaso que los dominicanos somos normalmente afables, gente temerosa de Dios, con mandato de amor para ellos. Debemos actuar con urgencia, amor y gran prudencia: Primeramente organizando la frontera, con planes y avanzadas sostenibles, independientes, pero cónsonos con buenas iniciativas internacionales. Con inversiones sustanciales del Estado y el empresariado dominicanos. Acompañadas de universidades, organizaciones civiles e iglesias. Para que los haitianos también puedan venir como turistas. Como las gentes de París.

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