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04 de diciembre del 2020

Política

Institucionalizar la JCE

El proceso de trastorno y perversión del aparato institucional sufrió un descalabro mayor en la medida que, la noción de reparto y control absoluto, recrearon la modalidad operativa de un partido con vocación de gobernar, irrespetando las minorías y presumiendo con extrema arrogancia, que se mantendrían de manera ininterrumpida en el poder. Y si una […]




El proceso de trastorno y perversión del aparato institucional sufrió un descalabro mayor en la medida que, la noción de reparto y control absoluto, recrearon la modalidad operativa de un partido con vocación de gobernar, irrespetando las minorías y presumiendo con extrema arrogancia, que se mantendrían de manera ininterrumpida en el poder. Y si una instancia retrata la noción de caricaturizar el sentido arbitral de la competencia, es la lógica que prevaleció al momento de seleccionar el cuerpo directivo de la Junta Central Electoral, durante los gobiernos del PLD. Así como la estrategia del blindaje revistió la esencia del cuerpo del ministerio público y todo el sector justicia que, bajo el discurso modernizante, escondía la aviesa intención de nunca permitir una pulgada de persecución responsable. Es justo recordar los rastros desafortunados del órgano electoral: dos acontecimientos funestos para la vida democrática, la adquisición de los escáneres y la posposición de las elecciones municipales, congresionales y presidenciales, pautadas para febrero y mayo. Por eso, los alegatos incongruentes lanzados desde el litoral senatorial peledeísta respecto de la elección de la nueva JCE, más allá de intentar impugnar los elegidos, pone en contexto la ira acumulada por sepultar métodos parcializados establecidos como regla compensatoria que, en muchas sumatorias, los llamados a contar de manera correcta e imparcial terminaban reciprocando los patrocinadores de sus designaciones. Las expectativas ciudadanas asociadas a la Junta Central Electoral están concentradas en radiar de sus instancias decisorias a gente sumamente comprometida con el PLD, no por los evidentes y reconocidos lazos de familiaridad sino como resultando del inocultable militantismo que sirvió de base para maniobras truculentas que tanto daño han provocado a la cultura democrática del país. Pensar que el aparato de inteligencia del Estado se transformaba en responsabilidad y/o representación partidaria, la distribución y logística del torneo electoral andaba orientada desde la presidencia de la cámara de diputados y el esfuerzo de legalidad dormía al ritmo de la calidad y normativa del evento comicial, demuestran los niveles de locura y desbordamiento de la institucionalidad que no terminaron en una desgracia por la avalancha de votos por el cambio. Apostar por reconducir el órgano electoral no nos puede hacer caer en el error de concentrar toda la culpa en los hombres y mujeres que ocuparon las posiciones fundamentales en la JCE. Es innegable que existe un personal serio, responsable, con vocación de servicio y de largos años en la institución. Ahora bien, en el ámbito medio y todo el mundillo informático y jefatura de elecciones, existe todo un tinglado de lealtades primarias que obedecen a patrones maleados que se articulan alrededor de intereses muy singulares y con niveles de rentabilidad que el día que se ausculte con efectividad será materia de escándalo. Desde que se aposentó en el poder, el PLD asumió la JCE como una extensión al servicio de sus intereses que, se expresó en el reclamo de cuotas y pasó al dominio arrollador, sin darse cuenta el daño ocasionado al sistema de partidos que concentraba el funcionamiento de las organizaciones con el órgano desde una óptica de subordinación lastimosa, si el partido no gozaba del favor de la mayoría de electores, y desde la poltrona de fuerza victoriosa, enfatizaban su sentido de superioridad dando la sensación de que los titulares ejercían la condición de rodillas y  receptivos a los designios del  mandatario. ¡En Román Jáquez, Rafael Vallejo, Dolores Fernández, Patricia Lorenzo y Samir Chami Isa, tenemos fe y esperanza! Por: Guido Gómez Mazara.

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