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23 de abril del 2021

Opinión

¿Por qué, sin tener este una publicidad, siempre visito El Hotel Matum?

Jimmy Sierra . Ya la Revolución de Abril de 1965 se había dado por terminada. Pero las contracorrientes que dominaban la escena tenían otros planes. ¿Se materializaría el final de Caamaño y los suyos? Ya les dije cuáles historias le correspondió a cada uno de los doce amigos comunicadores. La mía comienza el mismo 12 de […]




Ya la Revolución de Abril de 1965 se había dado por terminada. Pero las contracorrientes que dominaban la escena tenían otros planes. ¿Se materializaría el final de Caamaño y los suyos?

Ya les dije cuáles historias le correspondió a cada uno de los doce amigos comunicadores. La mía comienza el mismo 12 de septiembre, día en que los combatientes constitucionalistas regresaban a sus pueblos, luego de ser juramentado Héctor García Godoy, sin saber que el proceso de persecución y exterminio que implementarían las fuerzas del terror duraría Doce Años. Ese día, luego de haber escondido las mejores armas, entregando sólo chucherías, los revolucionarios partieron a sus pueblos, donde serían recibidos como héroes. Para dar una idea de lo que pasaría, sólo debo contarles el caso del amigo Teseo Ramírez, de Barahona, que supo que el coronel Eladio Marmolejos, el azote de la región, le preparaba una celada a “los muchachos”, interceptándolos antes de que hicieran su entrada triunfal al pueblo. Teseo, del modo más temerario, abordó su camión y se lanzó en persecución del persecutor, impactando el jepp en que este viajaba y escapando del lugar, lo que permitió que, tanto a la entrada,  en el Arco de Triunfo, como en el parque central, la multitud bailara al compás de la canción de moda: “¿Cansados? – ¡No! ¿Felices? – ¡Sí! ¡Subiendo la loma, nadie se cansa!”

Amin Habel Hasbun

La trampa tendida, pues, resultó un rotundo fracaso.

No diría lo mismo de la que fue montada el 19 de diciembre de 1965 en la ciudad de Santiago, cuando Caamaño y los suyos visitaron esa ciudad para rendir tributo a una de las glorias de la guerra de Abril, el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez.

Después de terminar la ceremonia en el cementerio y de sortear algunos incidentes, los constitucionalistas llegaron al hotel Matum, donde les habían preparado un agasajo.

Ese domingo, en la capital y demás pueblos todo seguía su curso normal. Tony Raful, junto a otros amiguitos veía una película en el cine “San Carlos” en la tanda matinal, mientras en el colmado de la esquina Abreu con Barahona, tenían a “Radio Guarachita”:

https://www.youtube.com/watch?v=W5ixCbAJrrg

Juan José Encarnación se dirigía al ensanche Espaillat, al tiempo que pasaba por una casa, en cuyo radio sintonizaban esto:

https://www.youtube.com/watch?v=WzsaShTkc9k

Y yo, también “quitado de bulla”, estaba conversando con Adriano de la Cruz, en la calle 23 con Francisco Villaespesa, cuando  oímos un “servicio público” que comenzó así:

José Teseo Ramirez

https://www.youtube.com/watch?v=s80YW3CKnDk

Batalla del Matum, Montes Arache la dirige

Y, de pronto, en lugar de seguir con el “servicio público” una voz firme y vigorosa interrumpió la transmisión regular para  decir:

“¡Atención, mucha atención pueblo Dominicano! En estos momentos, tropas militares dirigidas por el ejército yanqui de ocupación, tienen rodeado al coronel Caamaño y su estado mayor en el hotel Matum de la ciudad de Santiago. Se ha comenzado una batalla, donde los heroicos combatientes constitucionalistas luchan por sus vidas. ¡Sal a la calle, pueblo dominicano! ¡A las calles! A defender a los militares constitucionalistas. ¡A las calles! ¡A las calles! ¡A las calles, pueblo dominicano!

Quien había hablado no era otro que el titán Amín Abel Hasbun, quien acababa de protagonizar la acción más exitosa que realizó la izquierda de nuestro país en toda su historia.

Y, como obedeciendo un mandato sagrado, de las casas, de los callejones, en los campos y ciudades cientos, miles de hombres y mujeres del pueblo, aparecieron con fusiles, granadas, ametralladoras, bombas molotov y otras armas, y comenzaron a asaltar cuarteles y atacar uniformados. ¡Se estaba reeditando la revolución! Y eso no lo podían permitir las fuerzas que, durante cinco meses, oían al mundo gritar:” ¡Go home yanquis!”.

Francisco A. Caamaño

Y la orden fue dada. Los atacantes hubieron de retirarse, dejando en el camino docenas de cadáveres, testimonio palpable de la derrota sufrida. De modo, que el sueño de los que gobernaban al gobernante Dr. García Godoy se convirtió en una pesadilla. ¡Otra monumental metida de pata! Tan grande como el Monumento a la Restauración, la imponente entrada a la ciudad de Santiago, cuyos barrios emblemáticos (Los Pepines, La Joya y otros) también se habían levantado contra la felonía, bajo la consigna del momento: “¡Si Juan Bosch no coge el mando volveremo’ a lo’ comando’!”. La pérdida más sentida en las filas del pueblo fue la del coronel Juan María Lora Fernández, que tiene un lugar destacado en el poema que pueden escuchar aquí:

https://www.youtube.com/watch?v=YxwGPVCihwM

Al día siguiente todo volvió a la normalidad.

La hazaña de ese día se escribió con letras de oro en los anales de la historia de la República Dominicana, que tuvo como escenario la parte principal de una de las ciudades más bellas del país. De más hidalguía. Y de más historia.

Coronel Rafael Fernández Domínguez, y a su lado Juan Bosch

Por eso, cada vez que puedo, cuando voy a Santiago visito el hotel Matum para recrearme y sentir la energía del tiempo bendecido, observando las fotos y objetos de aquella memorable batalla. Son momentos tan gratificantes para mí, como el día en que pude salvar al profesor Julio Cuevas cuando estuvo, como el coronel Aureliano Buendía, frente a un pelotón de fusilamiento. No como el referido en “Cien años de soledad”, sino uno del PLD. Quizás sea esa la última historia de este ciclo que decida contarles pues, como ya he dicho, debo enfrentar otros desafíos. Y lo diré todo, aunque sobre algunos profesores de la UASD que apuntaron sus armas contra el teórico Julio Cuevas caiga hoy el pesado fardo de la vergüenza. Del desprecio. Y del deshonor.

Lo siento mucho por ellos. Pero la verdad será dicha. Y no podrá haber quién me desmienta, pues yo puedo decirlo.

Yo estaba allí.

Manolo Bordas dispara en la Batalla del Matum.

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