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19 de mayo del 2021

Opinión

Rafael Perelló

Celso Marranzini. Se ha ido un roble del sector agroindustrial dominicano. Su sonrisa perenne, su sinceridad, no dudaba ayudar al que recurría a él y de sus labios no salía una palabra en la cual no creyera y no estuviera decidido a defender. Junto con su padre Don Manuel de Jesús y sus hermanas Daisy, […]




Se ha ido un roble del sector agroindustrial dominicano. Su sonrisa perenne, su sinceridad, no dudaba ayudar al que recurría a él y de sus labios no salía una palabra en la cual no creyera y no estuviera decidido a defender.

Junto con su padre Don Manuel de Jesús y sus hermanas Daisy, Noris y Kirshis, convirtieron el café en una marca país. Los dominicanos desde pequeños éramos parte de Induban porque era imposible resistirse al aroma del café Santo Domingo.

Conocí a Rafaelito, como todos lo llamábamos, con el cariño que el reciprocaba, en los días que llegué a formar parte de la directiva de la AIRD que presidió otro gran amigo de ambos, ido también, Eladín Fernández, que al igual que Perelló debió librar una batalla feroz contra un competidor desleal que llegó a llevar las diferencias comerciales a ser personales.

Recuerdo que con preocupación le dijo a Eladín que mi llegada a la AIRD lo intranquilizaba porque el abogado de la otra parte era muy amigo mío. Eladín le dijo, “ustedes harán una gran amistad porque tienen muchas cosas en común y una de ellas es no dar su brazo a torcer frente a lo que entienden es justo”.

La situación se tornó difícil entre ambas partes, recuerdo que al encontrarnos en un avión conversando con Rafaelito, le pregunté, si había posibilidad de llegar a un acuerdo y me respondió, “Celso, ¿que tu harías si te insultan a tu padre?”, mi respuesta no se hizo esperar, “exactamente lo que estás haciendo tú”.

Desarrollamos una amistad sincera, fundamentada en la admiración que le tenía como empresario decidido. A su competencia le respondió como empresario, creando empresas modelos que hoy son un orgullo del país.

Perdió a su hijo en un accidente automovilístico y de eso nunca se recuperó, eran un familiar ejemplar y asistir a los almuerzos a Induban era permitir no solo compartir con él sino con sus hermanas, su sobrino y directivos que eran como su familia.

Ahí conversábamos de todo en un ambiente familiar, disfrutando una comida casera, nada de lujos, todo sencillo como era Rafaelito, pero en un ambiente exquisito.

Nunca olvidó su Baní natal, su responsabilidad social para con su provincia fue pródiga, no solo en empleos sino en importantes obras para la comunidad.

Induban, con su café Santo Domingo, en los últimos años fue más allá de los hogares, desarrollaron en las plazas comerciales locales abiertos en los pasillos, donde amigos se reúnen con frecuencia a degustar el café y compartir temas de política, de familia, deportes o comerciales.

Su pasión fueron los gallos, un criador por excelencia a nivel latinoamericano, el Coliseo Alberto Bonetti Burgos del cual fue un asiduo asistente, lo declaró presidente ad vitam, sus ejemplares eran admirados por los que disfrutan de las peleas de gallos.
A este gran dominicano lo venció el Mal de Lou Gehrig del que padecía desde hace algunos años.

Todos lo recordaremos como el GALLO de hombre y amigo que fue, lo extrañaremos siempre como ejemplo de un verdadero industrial, familiar y preocupado por los demás.

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