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07 de mayo del 2021

Opinión

“Reciban el Espíritu Santo”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. Domingo de Pentecostés – 20 de mayo, 2018. a) Del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11. Con la Solemnidad de Pentecostés culmina el ciclo de la Pascua, en que hemos celebrado el misterio de la Resurrección de Jesucristo. En estos versículos de los Hechos de los […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.
Domingo de Pentecostés - 20 de mayo, 2018. a) Del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11. Con la Solemnidad de Pentecostés culmina el ciclo de la Pascua, en que hemos celebrado el misterio de la Resurrección de Jesucristo. En estos versículos de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas narra un acontecimiento extraordinario, Pentecostés, que originalmente era una fiesta judía, celebrada 50 días después de la Pascua. Eso significa la palabra Pentecostés en griego, el día número cincuenta. En la liturgia de este domingo se expresa la unidad que existe entre Pascua de Resurrección y Pentecostés, estos grandes acontecimientos son misterios de fe, hechos que trascienden la demostración histórica, científica y empírica. Lucas intenta en su relato una descripción gráfica del envío del Espíritu Santo, que conduciría a los discípulos de Jesús a la verdad completa. Pentecostés en el calendario judío era la fiesta que evocaba la entrega de la Ley por parte de Dios a Moisés en el Monte Sinaí. En el Sinaí, cuenta Filón de Alejandría, el filósofo judío más importante de la antigüedad, la llama se convirtió en lengua, la llama indicaría la descripción de la manifestación de Dios en medio de tormentas y fuego, y convertirse en lengua significa que aquella manifestación de Dios se hizo inteligible. San Lucas conocía estas tradiciones y las utiliza en su relato al hablar de un viento impetuoso que llenó la casa junto con las lenguas de fuego que aparecieron sobre los Apóstoles. Ellos, en su momento, se lanzan a predicar con toda valentía, a pesar de las adversidades y a partir de ese día sólo la muerte los detendrá en la misión que el Señor Jesús les había confiado. b) De la carta del apóstol San Pablo a los Corintios, 12, 3b-7.12-13. Corinto era la capital de la provincia romana de Acaya, importante por su posición geográfica estratégica con dos grandes puertos y un gran desarrollo urbano.  Considerada la tercera ciudad del Imperio Romano. En este pasaje San Pablo habla de los dones espirituales, los carismas que habían recibido los cristianos y que ejercitaban tanto en el seno de la comunidad como hacia afuera. Es importante señalar que los dones y carismas no son cualidades naturales ni fruto del esfuerzo humano ni méritos o privilegios, sino pura gracia y regalo de la Santísima Trinidad. Además, estos dones no son para uso y usufructo de quienes los hayan recibido, sino para el bien de toda la comunidad. San Pablo viene a decir, en primer lugar, que las categorías discriminatorias de esclavo o libre, judío o griego, hombre o mujer, ricos o pobres, ya no existen porque han sido abolidas por el Señor.  En segundo lugar, que todos y todas, sin excepción son protagonistas en la construcción del Reino de Dios, tarea de toda la comunidad cristiana. c) Del Evangelio según San Juan 20, 19-23. En esta escena central de las apariciones de Jesús resucitado, el Señor se revela a los discípulos como el mismo que sufrió y murió, mostrándoles las llagas de su pasión. “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor.” Pero cuando Jesús habla se presenta como un ser divino que los bautiza con el Espíritu Santo, haciéndolos una nueva creación y confiándoles su misión. En los escritos del Nuevo Testamento, la tercera persona de la Santísima Trinidad, que es y llamamos el Espíritu Santo aparece generalmente no en la intimidad de la vida trinitaria sino en su acción exterior. Espíritu significa casi siempre presencia y acción de Dios, tanto en la persona y vida de Jesús desde su Encarnación hasta su Resurrección, como en la vida y en la actividad apostólica de la comunidad y sus miembros. En la Sagrada Escritura no encontramos una definición del Espíritu en términos conceptuales, pero sí imágenes y símbolos que son signos de su realidad, presencia y acción. Estos son algunos símbolos, efectos y títulos de más relieve bíblico referidos al Espíritu Santo: El viento y el fuego, signo presente en todas las teofanías bíblicas. Agua viva que apaga la sed. El agua significa tanto el Espíritu como el bautismo. Defensor, abogado y consolador. En el discurso de despedida en la Última Cena, Jesús prometió repetidas veces a sus discípulos la asistencia del Espíritu Santo. La vocación e inspiración de los profetas y la unción de los reyes son efecto del Espíritu de Dios. Sus siete dones en base al texto de Isaías (11,2), donde leemos que sobre el Mesías se posará el Espíritu del Señor. Son los mismos dones que el Obispo pide para los confirmandos con la imposición de las manos. Los Frutos del Espíritu, en contraposición a las obras de la carne, son: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad y dominio de sí (Gal.5, 22-23) Los carismas, dones, servicios y funciones dentro de la comunidad de fe, como expone San Pablo (1 Cor. 12-13) son manifestación del Espíritu para el bien común. Nuestra adopción filial por Dios se realiza mediante el Espíritu de Jesús, que nos impulsa a llamar a Dios ¡Padre! Si queremos definir al Espíritu con una expresión actual y bíblica, vital y única hay que decir: Es el don de Cristo resucitado a la Iglesia que es su Cuerpo; es el Espíritu de Jesús mismo en nosotros. En nuestros días asistimos con gozo al redescubrimiento del Espíritu Santo en la Iglesia. La llama de Pentecostés no se apaga.  Su fuerza y su acción se expresan también en los movimientos apostólicos, nuevas comunidades, los esfuerzos evangelizadores y ecuménicos, también encontramos ejemplos en hombres y mujeres en quienes actúa el Espíritu en el matrimonio, la educación de sus hijos, la fidelidad callada de una madre sencilla, el trabajo honrado de un padre, la ayuda prestada al vecino, la paciencia alegre del enfermo y la oración silenciosa. Es la hora del Espíritu y su función permanente es el rejuvenecimiento de la Iglesia, pidamos un nuevo Pentecostés. Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero. En las fuentes de la Palabra.

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