República Digital - Indotel Anuncio

17 de abril del 2021

Opinión

“Reciban el Espíritu Santo”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. Solemnidad de Pentecostés. 4 de Junio de 2017 – Ciclo A. Con esta festividad concluyen las Fiestas Pascuales. La Pascua de Resurrección, destaca la victoria de Jesús sobre la muerte y la vida nueva del mismo Jesús y del cristiano bautizado en su nombre. La Ascensión del Señor, señala […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.
Solemnidad de Pentecostés. 4 de Junio de 2017 - Ciclo A. Con esta festividad concluyen las Fiestas Pascuales. La Pascua de Resurrección, destaca la victoria de Jesús sobre la muerte y la vida nueva del mismo Jesús y del cristiano bautizado en su nombre. La Ascensión del Señor, señala la Exaltación de Jesús como Señor de cielo y tierra y, consecuentemente, la misión de la Iglesia y el proyecto del hombre nuevo en Cristo. Pentecostés, la efusión del Espíritu Santo para la edificación de la Iglesia al servicio de la misión que Jesús le encomienda. a) Del libro de los Hechos de los Apóstoles 2,1-11. En este pasaje San Lucas narra lo que sucedió en Jerusalén aquel día de Pentecostés que, antes de ser cristiana fue una fiesta judía. Era una de las tres fiestas prescritas por la Ley de Moisés (Ex.23, 16-18), que congregaban una gran muchedumbre de judíos devotos: En la primavera se celebraban los Ácimos (panes sin levadura). En la siega de los cereales, la fiesta de las Semanas, que en griego se denominó Pentecostés (cincuenta días o siete semanas). A esta fiesta se añadió luego (Siglo II a.C.), el recuerdo del aniversario de la Ley en el Monte Sinaí. Y la recolección de las cosechas a fin de año, la fiesta de las Tiendas o Tabernáculo. La intención principal del relato de Pentecostés es verificar la promesa del Espíritu Santo que Jesús había hecho a los Apóstoles y en cumplimiento de las profecías. Constatar la fuerza del Espíritu actuando en la misión evangelizadora y en la vida de la Iglesia. Proclamar en la fiesta aniversario de la proclamación de la Ley Mosaica, la vigencia de la Nueva Ley de Cristo y de su Espíritu, la Nueva Alianza y Pascua selladas en la persona y sangre de Cristo Resucitado. Y expresar la universalidad del nuevo Pueblo de Dios cuando aún no había salido de los límites de Israel. b) De la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 12, 3b-7. 12-13. El Apóstol San Pablo trata el tema de los carismas, estableciendo los criterios para distinguir los carismas auténticos de los falsos. Los criterios fundamentales son dos: doctrinal y comunitario. El doctrinal se refiere a la confesión pascual de fe: ¡Jesús es Señor!, (en contra de la divinización del Emperador Romano y de los períodos, demiurgos y potencias superiores).  Quien hace esa confesión de fe está animado por el Espíritu. El comunitario refiere que en todo carisma que sirve al bien común del grupo creyente se manifiesta la acción del Espíritu. A propósito de los carismas, San Pablo determina dos principios, el primero sobre la diversidad y el segundo sobre la unidad. La pluralidad de los carismas y ministerios es tan normal y necesaria como la diversidad de miembros y funciones en el cuerpo humano. Contra la tentación de monopolizar el Espíritu, el Apóstol afirma que en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. La diversidad de carismas en los miembros de la comunidad no obsta a la unidad dentro de la misma, porque los dones diversos coinciden en su origen y en su finalidad. c) Del Evangelio de San Juan 20, 19-23. En su inesperada aparición a los discípulos el mismo día de su resurrección, Jesús les da su paz, su misión, su Espíritu y el poder de perdonar los pecados: “Como el Padre me envió, así también los envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo, a quienes les perdonen los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengan les quedan retenidos”. La misión de los Apóstoles será sigilada por el Espíritu, que fue protagonista en la vida de Jesús, en su encarnación, bautismo en el Jordán, en las tentaciones en el desierto, durante su ministerio profético, centrado en el anuncio del Reino y avalado por los signos o milagros, y finalmente en su muerte y resurrección. El Espíritu Santo va a ser también protagonista en la vida de la Iglesia desde el inicio hasta el fin. El gesto de Jesús, exhalando su aliento sobre los discípulos, recuerda el gesto creador de Dios que insufla su Espíritu de vida en Adán.
En el vocabulario bíblico la palabra “espíritu”, tanto en hebreo (ruah) como en griego (pneuma) significa viento, aire, soplo, aliento, respiración, es decir, vida en sus diversas manifestaciones. De hecho, Jesús infunde a la comunidad eclesial su Espíritu, su Vida nueva y gloriosa de resucitado. Al exhalar su aliento sobre sus Discípulos, les hace partícipes de su propio poder de perdonar los pecados y también les da la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. Esta dimensión eclesial de su tarea se expresa particularmente en las palabras de Jesús a Pedro: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo” (Mt. 16, 19). Está claro que también el Colegio de los Apóstoles unido a su Cabeza recibió la misión de atar y desatar dada a Pedro (Lumen Gentium 22). Las palabras “atar y desatar” significan: aquel a quien excluyan de su comunión será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien reciban de nuevo en su comunión, Dios lo acogerá también en la suya. Dicho con otras palabras: La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios. El día de Pentecostés, el Espíritu Santo entra en escena y se pueden percibir claramente sus frutos en los apóstoles. Antes de recibirle, estaban llenos de miedo, tristeza, duda, angustia, silencio, incomunicados y con las puertas cerradas. Después de recibirle, se les ve llenos de valor, alegría, paz, fe, confianza, seguridad y proclamando el mensaje proféticamente en plena calle. Después de ser bautizados con el Espíritu Santo son hombres llenos de fuerza y de coraje. Igualmente comprendieron todo lo que Jesús les había enseñado y especialmente captaron el misterio de Jesús, con quien habían convivido durante tres años sin darse cuenta de que él era el Mesías, el Hijo de Dios y Salvador del Mundo, el Señor glorioso y la esperanza del hombre. Fuente: Luis Alonso Schökel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

Noticias destacadas