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09 de mayo del 2021

Opinión

Recuperar su esencia

Yvelisse Prats Ramírez De Pérez. Para quien como yo, ha vivido 88 años, la Navidad llega en un amasijo de recuerdos. Evoco la cena de Nochebuena en la  mesa familiar, que se agrandaba para reunir a algunos amigos-hermanos miembros de la tertulia diaria. Ya luego las “patas de gallina”, el fuego artificial inofensivo que me […]




Yvelisse Prats Ramírez De Pérez.
Para quien como yo, ha vivido 88 años, la Navidad llega en un amasijo de recuerdos. Evoco la cena de Nochebuena en la  mesa familiar, que se agrandaba para reunir a algunos amigos-hermanos miembros de la tertulia diaria. Ya luego las “patas de gallina”, el fuego artificial inofensivo que me permitían encender desde ese balcón también añorado. Esa dulce remembranza da paso a otra memoria, esta vez amarga, de un diciembre doloroso, que hizo crecer mi adultez, sola, sin empleo, con cinco hijos y un papá enfermo, vendiendo las joyas heredadas para que en la nochebuena hubiera el clásico menú, con cacaítos besitos de postre, el rito navideño manteniendo la ilusión. Cantábamos desafinadamente villancicos, ante un Nacimiento de cartón. Los hijos y las hijas han heredado esa tradición, la celebran con una alegría ruidosa que suena a pandereta, aunque alguna vez se preguntan entre ellos cómo se hacía mami para celebrar las pascuas y ponernos los Reyes. Porque el mundo es cambiante, la Navidad actual difiere de la de mi niñez, y de la de mis hijos, que se sentían satisfechos con lo poco que podía darles. Ahora, porque el sentido de la vida es totalmente distinto, saturado de una visión neoliberal que da solo valor a la opulencia, y diciembre se convierte en un mes alocado. Los que tienen dinero, bien o mal habido, derrocharán, sin entender el significado de lo que celebran. Los demás, los muchos, porque la desigualdad es una fea realidad que crece año tras año, esperan la limosna. Un programa de reparto, unas cuantas cajitas. Los más afortunados de esos pobres explotados con bajos salarios todo el año, reciben la llamada “regalía”, comprometida ya con deudas. Santa Claus ocupa el espacio que era del Niño o de los Reyes: su risa estrepitosa ahoga el canto celestial de los ángeles que anuncian el nacimiento de Jesús. Los Nacimientos son desplazados por árboles con luces y bolas multicolores, la Nochebuena no es ya hogareña, sencilla, piadosa. Apenas, un encuentro social, donde se conversa sobre política y se beben bebidas para ahogar las  amarguras del año. Esta estampa de la navidad no es la mejor manera, lo sé, para hablar En plural con mis lectores este sábado, que precede en solo tres días la Nochebuena. No lo merecen quienes me leen, porque seguramente tienen en común conmigo una repulsa a esta Navidad fementida. Pero así como en la política hablamos ahora de cambio con esperanza, porque hemos sufrido un estilo de gobierno que ya rechaza  la mayoría, recordar las sencillas fiestas navideñas del pasado, y compararlas con los excesos sin sentido puede producir una reacción positiva  para recuperar la verdadera esencia cristiana y humana de la navidad. “Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.” Revivo el clamor bíblico para despertar en los corazones el deseo y la voluntad de que la navidad sea nuevamente, el cumpleaños perenne, fiesta celestial de Dios. Pensar que el cumpleaños que celebramos en diciembre, es de Jesús, fecha elegida, aunque no sea históricamente cierta. Los no cristianos pueden también elegir este retorno a la espiritualidad. En mi versión recuperada, ¡feliz navidad, lectores!

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