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19 de abril del 2021

Política

Reflejos de deslealtad

En los relatos de Tácito y Plutarco se establece con bastante claridad la vocación de lealtad exhibida por el perro de Sabino que, asesinado su amo ante la sospecha de traicionar al César lo arrojan al Tíber, y su inseparable canino saltó al agua para mantenerlo a flote. ¡Acribillen al animal, ordenaron los guardias! La […]




En los relatos de Tácito y Plutarco se establece con bastante claridad la vocación de lealtad exhibida por el perro de Sabino que, asesinado su amo ante la sospecha de traicionar al César lo arrojan al Tíber, y su inseparable canino saltó al agua para mantenerlo a flote. ¡Acribillen al animal, ordenaron los guardias! La insigne pluma de Carlos Fuentes, en La Silla del Águila, lo describe con especial destreza literaria, pero en el marco de la novela, nunca se borra del lector el retrato de un gesto de apego más allá de la muerte. Creer que es en el reino animal donde se producen los gestos de mayor consistencia y gratitud no es una tesis equivocada. La condición humana es imperfecta, y allí se empinan las peores miserias de los mortales que, salvo reconocidas excepciones, entienden el alcanzar la meta a cualquier precio, desdeñando reglas elementales enseñadas en el hogar. Ahora bien, el escenario con altísimo nivel para evidenciar el vendaval de perversidades y degradaciones que caracterizan al ser humano se refleja en la búsqueda del poder político. El afán institucional y deseos de adecentamiento de la actividad partidaria tienen como obstáculo esencial las falencias propias del ser humano. Por eso, la estructuración de políticas públicas nunca estará en capacidad de medir esa dosis que los mortales no llegamos a colocar en el nivel perfecto. Más que la naturaleza desleal, es el síndrome de sobrevivir sin importar el método, y de paso, acomodarnos a parámetros de vida sostenibles en la medida que nos negamos, simulamos valores, simpatizamos con lo que ayer cuestionábamos y encontramos la brújula que nos presenta como socialmente exitosos. En cada escenario de la vida asistimos a un proceso de indefinición interna donde la deslealtad pretende ganarnos la batalla de conciencia. Y contra esa recurrente fatalidad debemos levantarnos porque en el fondo todo el proceso de repensarnos como sociedad está habilitando espacios para colocar cada cosa en su justo lugar, aunque un porcentaje siga apostando a la inviabilidad de lo decente. Los reflejos de deslealtad tienden a construir una justificación indecorosa que será asumida en la medida que pierdes la lucha de valores como solidaridad, reconocer la diversidad, emular al que se destaca, defender con nobleza las ideas y respetar al extremo las voces discrepantes. Cuando el sistema acusatorio estadounidense valida la delación como un acto de entendimiento entre la parte investigada para reducirle la pena a cambio de una colaboración con el co-autor de un crimen, genera un dilema capaz de desvertebrar lazos primarios de toda naturaleza. El drama del testaferro que coordina una acción sangrienta contra su protector financiero con la perversa intención de quedarse con el patrimonio. La villanía del familiar que aprovechando la relación cercana, seduce al menor para molestarlo sexualmente. Los magistrados que simulan apego a la ley, pero la interpretan jurídicamente con los bolsillos llenos de dinero de una de las partes del litigio. El pastor y/o cura que utiliza para su beneficio personal las contribuciones de la feligresía. Las vilezas del comunicador corrompido que “orienta” al ciudadano apegado al dinero que entregan los políticos. Esos cuadros de deslealtad no pueden imputársele a la época sino al desvío de normas que ni se aprenden en la academia ni en los libros. Ahora que la cuenta de lo electoral se inicia, resulta pertinente un balance de posturas frente al poder debido a que, históricamente los detentadores, confunden el sentido de simpatías y potencialidades políticas con el coyuntural apego a los efectos del uso de la nómina. A los funcionarios de primer nivel que no crean que la nación se exprese en el contexto donde se desenvuelven porque después de su circuito privilegiado existe el “otro” país. En el variopinto opositor, la tradicional fatalidad de sus “egos” constituye el principal obstáculo para alcanzar el éxito. En ambos litorales se perciben los reflejos de deslealtad. En el oficialismo porque se alejaron de su raíz. Y en la franja disidente por la dificultad de ceder ante el de mayor potencialidad. Por: Guido Gómez Mazara.

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