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19 de abril del 2021

Opinión

Reflexiones sobre un insólito fin de año

En Occidente, los fines de año suelen discurrir con una esperanza fundada en esa convicción judeocristiana de que al final todo será mejor. El año que termina ha discurrido en medio de una terrible pandemia y, por tanto, el que inicia lo esperamos con angustias y aterradores presagios, como ha sucedido al final de determinados […]




En Occidente, los fines de año suelen discurrir con una esperanza fundada en esa convicción judeocristiana de que al final todo será mejor. El año que termina ha discurrido en medio de una terrible pandemia y, por tanto, el que inicia lo esperamos con angustias y aterradores presagios, como ha sucedido al final de determinados siglos o milenios.
Pero a diferencia de otras épocas, esta vez, insólitamente, la esperanza del final de ese flagelo descansa en la ciencia, específicamente en una vacuna salvadora. Una circunstancia inédita que invita a la reflexión sobre el significado de este tiempo y como se produce el cambio. La pandemia de Covid-19, ya en su tercera ola, con varias mutaciones, de profundo impacto en todas las esferas en que discurre la vida del mundo actual, a decir de reputadas personalidades de ciencia, constituye una amenaza objetiva para el presente y futuro de la humanidad. Una circunstancia que requiere una respuesta aquí y ahora, que obliga a buscarla en el plano de la ciencia. La noción del tiempo en el ser humano es simple: sabe que todo comienza y que todo termina, una certidumbre, pero no sabe cuándo: una incertidumbre. La ciencia, por su capacidad de establecer conocimiento, plantea que nada es inmutable. Muchas veces acierta en su predicción, pero no siempre puede decir cuándo, ni mucho menos cómo. La noción del tiempo, es la base en que se sustentan todos los modelos de sociedad. Por cuestión de espacio, me limito solo a dos: la utopía socialista/comunista y del cristianismo al modelo católico. Paradójicamente, ambos coinciden en una idea lineal del tiempo, que en esencia constituye una idea de que la historia tiene un final. Un final feliz. Para el socialismo/comunismo, la lucha de clases, motor de la historia, y el agotamiento y destrucción del modo de producción capitalista conducía inevitablemente al establecimiento de la apropiación natural y colectiva de los bienes y servicios socialmente producidos. Para la segunda, con la llegado del Señor se produce el Juicio Final, el fin de la lucha entre el bien y el mal, se establece reino de Dios y se produce la Resurrección. Independientemente de sus diferencias analíticas, en ambas ideas subyace la fe, la esperanza como certeza de que al final vencerá el bien sobre el mal y se establecerá el reino de la justicia y/o de los justos. Dos concepciones, entre otras, sobre el fin de la historia. En última instancia, una concepción del mundo basada en una verdad inapelable, absoluta. El problema de quienes asumen verdades absolutas como vías hacia la justicia eterna es que niegan la posibilidad de existencia de otras verdades y generalmente terminan imponiendo la suya, sin importar medios. Inobservando que: “un objetivo que requiere medios injustos no es un objetivo justo” (Camus, citando a Marx). En todas sus vertientes, la ciencia establece que los fenómenos naturales y la historia misma no tienen un desarrollo lineal. Las transformaciones que actualmente ha producido la covid-19 y las que proyecta hacia el futuro, invitan a repensar determinados “fatalismos proféticos”, a pensar y construir un mundo basado en el pluralismo ideológico, sin imposiciones de verdades absolutas. En mi vida privada y pública he visto cómo individuos de matrices ideológicas diferentes coinciden y actúan juntos en la búsqueda de la libertad y la equidad aquí y ahora. Desde esa perspectiva esperemos el próximo año y los por venir. Por César Pérez.

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