Salud

Mirando el ayer, pensando en mañana

Así como la tierra lleva a cabo un constante movimiento de rotación alrededor de su eje, dando como resultado el bello fenómeno del día y la noche, ella también realiza otro amplio y largo recorrido orbitario de todo un año circundando al astro rey, el Sol.


Martes, 31 de Diciembre de 2019

Así como la tierra lleva a cabo un constante movimiento de rotación alrededor de su eje, dando como resultado el bello fenómeno del día y la noche, ella también realiza otro amplio y largo recorrido orbitario de todo un año circundando al astro rey, el Sol. Producto de este último y largo viaje obtenemos la maravilla de las cuatro estaciones, a recordar, la primavera, el verano, el otoño y el monótono y frío invierno.
Las personas dedicadas al comercio periódicamente realizan inventarios; mucha gente, entre las que me incluyo, hacemos un balance general cada 31 de diciembre. Revisamos el listado de amistades, o contactos, para usar un vocabulario digital. Tachamos los fallecidos y miramos los agregados. Se reduce el listado de viejos amigos, mientras que crecen las nuevas amistades. En nuestra condición de patólogo indagamos las causas por las que se convirtieron en difuntos personas ordinarias, aparentemente gozando de un buen estado de salud. Un poeta ordinario lo resumiría diciendo: “Los años no perdonan”. Sin embargo, debo obligadamente rechazar esa simple conclusión.
Somos el producto de un ensayo de la madre naturaleza. Traemos un programa biológico llamado genoma, modificado millones de veces y transmitido a través de nuestros progenitores. El ambiente en el que nos desarrollamos juega un papel importante en la expresión del contenido programático. Quienes sostenemos la tesis del fluir y del cambio evolutivo de las especies, buscamos en el genoma de cada célula corporal las señales que demuestren los errores presentes o pasados, a partir de los cuales se han desencadenado una serie de eventos secuenciados que le ponen fin a la vida.
En un artículo de revisión de fin de año el doctor Dan L. Longo recoge los trabajos de Rafael de Cabo y de Mark P. Matón, bajo el llamativo título de “Los efectos del ayuno intermitente sobre la salud, la enfermedad y el envejecimiento. Dicha investigación aparece en el último número del año 2019 de la Revista Médica The New England Journal of Medicine.
Los autores plantean el beneficio neto que obtenemos cuando nos sometemos voluntariamente a ciclos de ayuna, seguidos de una alimentación regular. Hablan de los dos combustibles orgánicos utilizados por los tejidos para llevar a cabo las funciones metabólicas. El cuerpo humano utiliza la glucosa como energizante mientras come, en tanto que se vale de los cuerpos cetónicos de las grasas durante los periodos de la abstinencia. Esa dualidad en la alimentación celular tiene efectos positivos en la salud, tanto preventivos como curativos. Disminuyen los radicales libres, se reduce el volumen corporal, hay mejor tolerancia al estrés, la respuesta inflamatoria resulta atenuada y se evita la obesidad. Se maneja mejor la diabetes, los trastornos cardiovasculares, el cáncer y las enfermedades neurodegenerativas.
Por supuesto que no es tarea fácil ponerle freno a la boca voluntariamente cuando hay tantas tentaciones sociales, culturales, educativas, tradicionales, familiares, comerciales y hasta religiosas que nos moldean sobre cuando, cuanto y que comer. Romper con ese molde hijo de una costumbre milenaria limita aprovechar las luces que estas investigaciones científicas arrojan.
Invito a los amantes de la vida y enemigos del suicidio culinario, a leer detenidamente el trabajo, pues es cierto que por la boca muere el pez, pero habrá que agregar también por la frecuencia con que la abre.
El ayuno religioso podría ser transformado ahora en una consciente abstinencia por más vida.

Por: Sergio Sarita Valdez.

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