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11 de abril del 2021

Opinión

Señor, tu misericordia es eterna

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. XXVI Domingo del. Tiempo Ordinario. 1 de octubre de 2017 – Ciclo A. a) Del libro del profeta Ezequiel 18, 25-28. Ante la difícil situación que en esos momentos vivían los desterrados, consecuencia ineludible de muchos siglos de historia de prevaricaciones y pecados acumulados por cada generación, el profeta […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.
XXVI Domingo del. Tiempo Ordinario. 1 de octubre de 2017 - Ciclo A. a) Del libro del profeta Ezequiel 18, 25-28. Ante la difícil situación que en esos momentos vivían los desterrados, consecuencia ineludible de muchos siglos de historia de prevaricaciones y pecados acumulados por cada generación, el profeta Ezequiel enfatiza sobre la responsabilidad individual que cada uno tiene como protagonista del destino de su vida y de su propia suerte: “Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá”. La Alianza del Sinaí se había roto, el templo estaba destruido, la ciudad Santa arrasada por las llamas, sin culto y sin esperanza, toda esta realidad hizo que los desterrados se llenaran de desánimo y cayeran en la tentación de adaptarse a lo que encontraron en Babilonia. Así iba muriendo la fe en Yahvé sofocada por el materialismo de una nación poderosa y rica en comodidades, cultos y festejos, lo que impulsó a Ezequiel levantarse airado, y con toda claridad establece la responsabilidad colectiva e individual ante Dios: “el que peque ese morirá”; para luego concluir con una invitación final que hace posible la conversión: “arrepiéntanse y vivirán”. b) De la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 2, 1-11. En estos primeros versos del capítulo dos, San Pablo apremia a los filipenses para que lo hagan sentir orgulloso de ellos y le proporcionen una gran alegría: “manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentirÖ déjense guiar por la humildad y consideren siempre superiores a los demás”.  Para lograr este objetivo, les pide que se mantengan firmes en la fe, que vivan en armonía y que imiten el ejemplo de Cristo humilde, quien abandonó su condición divina y se sujetó a las limitaciones de la condición humana, pasando por uno de tantos, siendo el resultado de esta humildad suprema que: “Dios lo levantó sobre todo y le concedió el ´Nombre-sobre-todo-nombreª; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo...”. c) Del Evangelio de San Mateo 21, 28-32. Estos versos del capítulo 21 de San Mateo nos relatan la parábola de los dos hijos enviados a la viña por su padre, uno acepta la instrucción y el otro la rechaza, pero de los dos obedece precisamente el que parecía menos dispuesto, a juzgar por su palabra. Al igual que en esta parábola ante Dios cuentan los hechos, no las palabras, y Él siempre da la oportunidad del arrepentimiento y de volver al buen camino. En el hijo “bueno”, que dice y no hace, están representados los guías religiosos del pueblo judío que, si bien conocen la voluntad de Dios y parecen seguirla, de hecho, vacían de contenido el cumplimiento de la Ley del Señor, debido a su autosuficiencia. Por eso verán con sorpresa que los despreciados por ellos, la escoria social y religiosa según sus criterios, se les adelantan en el camino del Reino de Dios, como lo señaló Jesús: “les aseguro que los publicanos y las prostitutas les llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la justicia, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron”. Dios Padre nos hace hijos suyos en Cristo Jesús, su Hijo, por la comunicación de su Espíritu. La comunión eclesial (que traduce el término koinonía) tiene un modelo de identificación en la comunidad ideal que describen los Hechos de los Apóstoles y la expresión práctica de esta comunión es compartir todo con los hermanos, la fe, el amor que Dios nos tiene en Jesucristo, la mesa eucarística, la acogida y el calor humano, las opciones evangelizadoras y la esperanza cristiana. La Eucaristía es el signo de la comunión eclesial que crea la comunidad, y al mismo tiempo la expresa, pues ella es intercomunicación y unidad, comunión de comunidades en la pluralidad de las Iglesias particulares que realiza y evidencia la realidad de la Iglesia universal como asamblea de la caridad, unida en el primado de la Cátedra de San Pedro. Aparte de los cismas de Oriente y Occidente que han dejado como consecuencia grupos de cristianos que no se identifican con las enseñanzas de la Iglesia, se dan varios fenómenos que ponen a prueba la comunión con el Pueblo de Dios que es la Iglesia. Hay gente, sobre todo en Europa, sin que falten aquí, que se dice católica y creyente de Dios, pero que no se consideran vinculados a la Iglesia que llaman “oficial” y su jerarquía. Se autodefinen “cristianos sin Iglesia”, cuyo grado de distanciamiento ideológico y práctico varía según los casos, la formación y las situaciones. Esto pone de manifiesto la diferencia que hay entre la pertenencia meramente sociológica al cristianismo y la adhesión personal estrictamente religiosa.
La Iglesia de los doce Apóstoles es la misma de hoy, la Iglesia que conoció las debilidades de Pedro, la traición de Judas, y las pequeñas discusiones en el grupo de los discípulos sobre quién era el más importante entre ellos u otras por el estilo. Somos cristianos y discípulos de Jesucristo por la gracia de Dios que recibimos en la Iglesia fundada por Jesús como sacramento universal de salvación, como cauce y signo del amor de Dios a la humanidad, como su nuevo Pueblo elegido, sacerdotal, profético y carismático, organizado y unido en la comunión de la caridad bajo la animación pastoral de Pedro y los Apóstoles, y de los sucesores de éstos que son el Papa y los Obispos. Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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