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12 de mayo del 2021

Opinión

Serenata de Lucho Gatica en Santiago

Ellis Pérez. Era el año 1957, cuando recibo una llama de Gilberto Riveras Torres (Girito), entonces administrador del cine Max.  Me dijo: “Ellis, estoy formando una compañía de presentación de artistas internacionales y me gustaría contratarte como el presentador.  Traeré a los artistas más populares e importantes de América Latina”. La década de los 50 […]




Ellis Pérez.

Era el año 1957, cuando recibo una llama de Gilberto Riveras Torres (Girito), entonces administrador del cine Max.  Me dijo: “Ellis, estoy formando una compañía de presentación de artistas internacionales y me gustaría contratarte como el presentador.  Traeré a los artistas más populares e importantes de América Latina”.

La década de los 50 se había caracterizado por el dominio del bolero dentro de los géneros musicales en América Latina. Era la época del trio Los Panchos, Los Tres Ases, de donde saldría luego Marco Antonio Muñiz, Roberto Yánez, Leo Marini, Toña la Negra, María Luisa Landín, y un joven chileno que comenzaba a deslumbrar con el nombre de Lucho Gatica.

Cuando vino Gatica, me tocó presentarlo en los principales cines y teatros del país.  Recuerdo que la noche de la presentación en La Vega, Don Osvaldo Brugal, patrocinador del artista, quien nos acompañaba a Girito y a mí, al terminar el espectáculo nos invitó a cenar en el restaurante del hotel Montaña,  en Jarabacoa.  Ya terminando la cena, don Osvaldo dice: “Lucho, no sé cómo decirte esto, pero tengo una diferencia con mi novia en Santiago, y yo se que tú eres su artista favorito por lo que me encantaría darle una serenata contigo, si fuera posible, para arreglar las cosas”. Pero don Osvaldo no faltaba más, aquí está mi guitarra, le contestó Lucho, vamos para allá”.

Llegamos a Santiago alrededor de la media noche y nos dirigimos a la casa de la familia León Jiménez ya que Clara León era la novia de don Osvaldo Brugal.  Visiblemente los vecinos del sector estaban durmiendo y había un silencio total en los alrededores.  Cuando Lucho comienza a rasgar su guitarra dentro de ese silencio, el sonido se multiplicaba como si tuviese amplificadores; ya con él cantando, comenzaron a abrirse varias ventanas de los vecinos que obviamente habían identificado al famoso serenatero.  Al terminar la segunda canción ya era difícil contar el número de ventanas que se habían abierto, sin embargo, la de la novia permaneció cerrada. La ventana que sí se abrió fue la de la madre de Clara, doña María Asensio de León que le dijo a Osvaldo:  vengan mañana a las once para celebrar.  Efectivamente, al día siguiente don Osvaldo y Lucho que habían dormido en Santiago esa noche, mientras Girito y yo regresábamos a la capital, regresaron a la casa León Asencio donde brindaron con bebidas ligeras por el reencuentro de las relaciones románticas y amorosas entre Osvaldo y Clara.  Esa ocasión definiría lo que vendría de manera inminente: el camino hacia el altar.  Me comenta actualmente su hijo mayor Ricky: don Ellis sin esa serenata a lo mejor yo no hubiera nacido.

Don Osvaldo y doña Clara celebraron sus bodas, llevando hasta el día de hoy una vida de amor y felicidad tanto para ellos mismos, como para el resto de la familia.

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