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12 de abril del 2021

Opinión

Sherlock Holmes y el doctor Watson

Luis Beiro. Santo Domingo, RD. No he disfrutado el arte de comer. Tampoco puedo darme golpes en el pecho para contar el disfrute de nutrientes. Ni familia ni deseo me han faltado. Donde quiera que he vivido, las mesas han sido artículos de lujo. Mis ingestas de pie son antológicas. Al igual que las sucedidas […]




Luis Beiro.
Santo Domingo, RD.
No he disfrutado el arte de comer. Tampoco puedo darme golpes en el pecho para contar el disfrute de nutrientes. Ni familia ni deseo me han faltado. Donde quiera que he vivido, las mesas han sido artículos de lujo. Mis ingestas de pie son antológicas. Al igual que las sucedidas sobre lechos, camastros, tertulias, recepciones, recostado en sillas, o conduciendo: Todas ocupan espacios de vanguardia. La prisa ha sido mala consejera y creo que parte de mi esófago se ha dañado por no ingerir como se debe, o por ignorar la importancia de triturar el bolo alimenticio antes de lanzarlo a través de la línea vertical de mi garganta hacia mis profundidades. En presencia de mis hijos parezco un Rey Midas frente a la mesa. Siempre que comparto en familia, ellos me ofrecen varios platos diferentes. Pero en mi soledad, soy víctima del tiempo. El anhelado descanso de mi cotidianidad no me permite dedicarme a mí mismo. No tuve el privilegio de vivir en Baker Street 221B, ni tener un colaborador de la talla del doctor Watson. Lo único posible de mis idilios por el gran detective inglés fue jugar un poco al ajedrez y apreciar la buena música. Jugué a ser Sherlock Holmes por tomar el te con hierbas del realengo. Nunca lo vi comer y él nunca podría distinguir mi urgencia por sobrevivir con los dados en contra. -Elemental, Watson -diría en jerga cubana. En La Habana tuve otras experiencias, y no siempre debido a la escasez. Rodeado de amigos y relacionados solo ocupé espacios en mesas durante mis estancias provinciales y en pocos eventos concurrentes. Mi renuencia a disfrutar alimentos se vinculó a mi impronta familiar. Debía salir a la calle con un cuchillo en la boca a procurar la esperanza ilusoria de un futuro que me cerró todas las puertas. Mis empleadores, no comprendieron mí capacidad profesional. Si no he cruzado de una empresa a otra como pelota de tenis, fue por manos tendidas a mi favor en el momento adecuado, y siempre sin pedir nada a cambio. Cada amanecer me percataba de la insuficiencia de mis escasos honorarios para sobrevivir junto a los míos. Mi felicidad llegaba en los eventos y cocteles donde mis bolsillos se llenaban de bocadillos, pasteles, empanadas, croquetas y demás chucherías ofrecidas como distinción a los invitados. Muchas veces aquellos hurtos eran la cena de mis hijos. Un amigo olfateó mi desencanto y me invitaba a un suculento almuerzo de carnes rojas, papas, panes, cerveza y otras bebidas incluidas. Ese amigo cuyo nombre omito a exprofeso también incluía a mi familia en sus tertulias y encuentros familiares. Allí, entre platos y bebidas transcurrían mi indumentaria gastronómica y la devoción como forma de gratitud. A pesar de estos pocos momentos de lucidez y certeza, mis nutrientes cubanos entrañaron una recopilación de calamidades, desastres y chistes que no voy a referir porque no pertenecieron al bando de mi propia afición. Hay que ser cruel, tener mala leche y atacar la debilidad ajena para sobrevivir con lealtad ante quien no la merece. Por eso no me agradan los sótanos. En ellos siempre se esconden los muertos o asesinos. Y al igual que el doctor Watson, siempre he preferido ser el número dos porque el protagonismo no es compatible con mi poco bienestar para ofrecer.
Un número dos es alguien preparado para andar detrás de Sherlock Holmes sin escupirlo por la espalda. Es un cargo no instigador al que me he acostumbrado para vencer las trampas del camino. A veces es importante ser el número dos del número dos, o del número tres para alcanzar el eufemismo. A la gente hay que decirle lo que quiere escuchar sin las intrigas del inspector Lestrade, sino con la sabiduría del doctor Watson. Prefiero ser un regordete con lentes y una levita vieja para no ser odiado. Alguien que mira a los demás con el semblante ajeno, y siempre aparece en el lugar indicado, a la hora señalada para no distinguir los humanos de las bestias. Se conoce por su hablar pausado, directo, sin metáforas: en su discurso siempre incluye determinada dosis de razón. Un número dos que se deja humillar con una sonrisa en los labios cuando escucha como alago la palabra “Elemental, Watson”, convencido de que el mismo error no se puede repetir, aunque tenga que lanzar su flecha siempre en el lugar equivocado.

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