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10 de mayo del 2021

Opinión

¡Toma tu cruz y sígueme!

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. XIII Domingo del Tiempo Ordinario. 2 de julio de 2017 – Ciclo A. a) Del Segundo Libro de los Reyes 4, 8-11.14-16a. El libro de los Reyes recoge una tradición muy común de la Biblia, en la que el profeta le concede a una mujer (sunamita), la bendición de […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.
XIII Domingo del Tiempo Ordinario. 2 de julio de 2017 - Ciclo A. a) Del Segundo Libro de los Reyes 4, 8-11.14-16a. El libro de los Reyes recoge una tradición muy común de la Biblia, en la que el profeta le concede a una mujer (sunamita), la bendición de la maternidad.  Este fragmento pertenece al ciclo de Eliseo, quien, junto a Elías, señalan la transición del profetismo colectivo y extático, al personalizado y más centrado en la palabra. Eliseo, discípulo sucesor de Elías profetizaba en Israel durante la segunda mitad del siglo VIII a.C. Realizó muchos milagros y, como en el caso de Elías surgieron muchas leyendas sobre su quehacer, testimonio de su actividad profética. En las Sagradas Escrituras, la maternidad tardía se considera una bendición, ya que las tradiciones populares religiosas consideraban la esterilidad como un castigo divino.  El relato forma parte del ciclo especial de Eliseo, igual que el nacimiento de Isaac, hijo de Abraham y Sara cuando ambos eran de edad avanzada, de Samuel a Ana y de Juan Bautista a Isabel. El nacimiento de un hijo a la Sunamita, es prueba de la intervención divina, “porque nada es imposible para Dios” (Lc. 1,37). Porque ese hijo que nace es recompensa de la acogida al “hombre de Dios”. b) De la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 6, 3-4. 8-11. Nunca se ha sabido, a ciencia cierta, cómo inicialmente llegó la fe cristiana a la capital del imperio romano, pero lo cierto es que el Apóstol Pablo, “ciudadano romano” por haber nacido en una provincia del vastísimo imperio y consciente de su misión de evangelizar a los gentiles, sin duda quiso dirigirse a los cristianos de la capital, Roma. Probablemente escribió esta carta hacia el año 57-58, al final de su tercer viaje y quizá lo hizo en Corinto. En ese momento San Pablo considera acabada su tarea misionera en Asia y Europa oriental y proyecta una nueva expansión hacia occidente, con una escala en Roma y un viaje a España, el último confín occidental del imperio. Al dirigirse a los romanos, Pablo tiene una larga experiencia misionera que le había llevado a enfrentarse de palabra y por cartas, con las principales dificultades por las que atravesaban las comunidades cristianas. El fragmento propuesto para este domingo constituye una catequesis magistral de Pablo sobre las consecuencias del bautismo cristiano, el Apóstol aborda el tema del bautismo (que significa en griego “inmersión”), afirmando que por este sacramento fuimos sepultados con Cristo en la muerte para resucitar con Él a la Vida nueva y para caminar conforme a la Vida de Cristo resucitado. Pablo nos transmite un mensaje de esperanza y gozo: el amor infinito e incondicional de Dios en Jesucristo abarca a toda la familia humana en un abrazo salvador. c) Del Evangelio de San Mateo 10, 37-42. Estos son los versos finales del Discurso Apostólico de Jesús, el segundo de los cinco grandes discursos que presenta el evangelio de San Mateo. Y en esta parte se evidencian el seguimiento radical de Jesús (vv.37-39) y la recompensa para quienes reciben a los enviados y discípulos de Jesús (vv.40.42). Ser discípulo y seguidor de Jesús conlleva conflictos, pruebas y sufrimientos, para perseverar debemos romper las cadenas que nos atan y no nos dejan ser libres, renunciando incluso a nosotros mismos. Impresiona el lenguaje tan radical y duro que Jesús utiliza al declarar: “No he venido a sembrar paz en la tierra sino espadas” y división entre los miembros de una misma familia. Y luego, al añadir: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.” “El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”. El eco de sus palabras impacta fuertemente en quienes lo escuchan, pues Jesús relativiza los vínculos familiares, como ya lo hizo en la escena del templo cuando era un adolescente y en las llamadas a sus discípulos que aparecen en los evangelios, donde les invita a abrazar su cruz y a no dar marcha atrás, una vez aceptan su llamada. Ante la primacía del Reino de Dios ceden los afectos familiares y los lazos de sangre, raza y nación. No obstante, Jesús no los desestima en su vertiente humana y religiosa. Al contrario. Él reafirma las relaciones paterno-filiales que fundamentan el cuarto mandamiento de la Ley de Dios, cuando condenó las tradiciones farisaicas contrarias al mismo, pero en este evangelio Jesús reclama para sí un amor más grande que a la propia familia, aunque Él afirmó que amar al prójimo es amarle a Él; y los miembros de la familia son los más “próximos”, sus palabras hoy nos interpelan sobre nuestra capacidad de entrega y acogida a su persona y a su Evangelio. Además de la primacía sobre los afectos familiares, Jesús exige también la prioridad sobre la propia vida del discípulo. De suerte que el que quiere conservar su vida para sí, la pierde; en cambio, el que la pierde por Cristo, la encuentra. Esta paradoja no es mero juego de palabras. Antes ha dicho Jesús: “El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí”. (v.38). La cruz aparece, pues, como signo del Seguimiento porque es señal de amor, lo mismo que dar la vida. De suerte que quien quiera conservar la vida para sí, la pierde; en cambio, el que la pierde por Cristo, la encuentra (v.39). Desde la perspectiva de Cristo crucificado, cruz y amor son sinónimos para el seguimiento de Jesús, pues sólo entregando nuestra vida a Jesús que es la Vida, aseguramos nuestro propio destino; pero si queremos guardarla para nosotros terminamos por arruinarnos, perdiendo la Vida. Con la cruz de Cristo se suscribe toda nuestra vida. La cruz bautismal sobre nuestra frente, junto al agua y el Espíritu, nos dio el nombre de cristiano, es decir, discípulo de Cristo. Pero como él mismo avisa, no es éste un título que se nos confiere “honoris causa”, sin pasar las pruebas pertinentes. Meditar y transmitir íntegro el mensaje de Cristo, requiere no silenciar la cruz en la vida del discípulo y recordarlo es deber del servidor de la palabra, del educador de la fe y de los padres cristianos respecto a sus hijos. Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero: En las Fuentes de la Palabra.

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