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21 de abril del 2021

Opinión

“Tú tienes, Señor, Palabras de Vida Eterna”

Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez. III Domingo de Cuaresma. 4 de marzo 2018 – Ciclo B. a) Del libro del Exodo 20, 1-17. Este es el gran libro de la liberación del pueblo judío de la esclavitud de Egipto, quien vivió esta situación por más de cuatrocientos años y había en él un ansia […]




Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez.
III Domingo de Cuaresma. 4 de marzo 2018 - Ciclo B. a) Del libro del Exodo 20, 1-17. Este es el gran libro de la liberación del pueblo judío de la esclavitud de Egipto, quien vivió esta situación por más de cuatrocientos años y había en él un ansia profunda de libertad. Es el testimonio de la revelación de Dios como liberador, sensible al dolor y al clamor de su pueblo que sufre opresión y que, por tanto, decide inclinar su fuerza en favor del débil. Esta autorevelación de Dios es la clave permanente para que todo pueblo oprimido, se sacuda de cualquiera esclavitud, contando siempre, no solo con la aprobación de Dios, sino lo que es más importante, con el poder y el aliento de su presencia liberadora. Dios actúa en parte, por medio de Moisés, el gran liberador humano. En este capítulo 20 encontramos la promulgación del Decálogo o los diez mandamientos, que buscan regular las relaciones del pueblo entre sus miembros y con Dios. Son normas simples para mantener la armonía en las relaciones intergrupales, recogidas más tarde y situadas en un momento y lugar definitivos para la vida de Israel. Aquí se ubica la teofanía del Sinaí y la entrega de las Tablas de la Ley a Moisés. Estos mandamientos, propios de la sabiduría popular, se ven respaldados por la autoridad del Señor, cuyos atributos de trascendencia y temor, pero también de amor, de justicia y misericordia, el pueblo ya conoce. Para un israelita, acogerse a esta Ley no suponía atar su libertad o perder su autonomía; todo lo contrario, el Dios que había luchado contra Egipto para dejarles libertad, “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud” (20,2), no tendría intención de volvérsela a quitar. Se trataba más bien de mostrarles un camino por el cual acrecentarían esa libertad. b) De la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1, 22-25. Corinto, es la comunidad fundada por el Apóstol después de terminar su misión en el Asia Menor, pasando a Grecia. Esta fue sin duda su gran desafío, además del ambiente pagano de Corinto había allí un gran desorden moral al que tuvo que enfrentarse. El texto que nos propone la Iglesia en la liturgia del tercer Domingo de Cuaresma es fundamental para entender el mensaje de la Cruz del que Pablo es el gran heraldo y testigo: “Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados -judíos y griegos- un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”. No es exagerado afirmar, dice el P. Schˆkel, que estamos ante uno de los textos claves de todo el Nuevo Testamento, que ya en adelante va a legitimar o desacreditar todo lo que pensemos, escribamos, hablemos o practiquemos en nombre de Dios a lo largo de la historia. Su mensaje es la cruz de Jesús. A través de una serie de contrastes audaces y contundentes, Pablo nos acerca al misterio de Cristo crucificado: es un escándalo, dice, para los judíos que esperan un Mesías triunfador. Es una “locura”, añade, para los griegos que buscan y se apoyan en la razón y la sabiduría. El misterio de la cruz sólo puede expresarse ante los ojos de la sabiduría y razón humanas como “locura y debilidad de Dios”, y precisamente por eso, es “fuerza y sabiduría de Dios”. Esta paradoja, la fuerza y debilidad de Dios, se prolonga y manifiesta en la comunidad de Corinto, compuesta de gente socialmente sin importancia. Ellos serán, sigue afirmando Pablo, los que humillarán a los sabios y poderosos y anularán a los que se creen que son algo. c) Del Evangelio de San Juan 2, 13-15. Los evangelios sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas, ponen el incidente del templo de Jerusalén en la única visita que Jesús hace a Jerusalén al final de su ministerio. Juan, en cambio, para quien Jesús fue repetidas veces a Jerusalén, lo pone en el capítulo segundo de su Evangelio después de la boda de Caná. Es curioso que la única vez que el evangelio presenta un acto violento de Jesús se refieren al templo. Sabemos la importancia que el Templo de Jerusalén tuvo históricamente para el pueblo judío.  Dice el 1er Libro de los Reyes, capítulo 6, 1 y siguientes: “El año cuatrocientos ochenta de la salida de Egipto, el año cuarto del reinado de Salomón en Israel, en el mes segundo, Salomón empezó a construir el templo del Señor”. El Templo era el centro de la actividad religiosa del pueblo judío. Al nacer un niño, debía ser presentado por sus padres al octavo día para ser circuncidado. A los cuarenta días del nacimiento, la madre era purificada llevando una ofrenda según las posibilidades. A partir de los doce años comenzaba para el niño la obligación de ir al templo para participar en la celebración de la Pascua. Esto quiere decir que el Templo tenía una gran significación en la vida de los judíos. En el contexto del tercer domingo de Cuaresma, San Juan nos presenta a Jesús en un hecho insólito: “Como se acercaba la Pascua judía, Jesús subió a JerusalénÖ tomo un látigo de cuerdas y expulsó a todos los vendedores del temploÖ a los que vendían palomas les dijo: saquen eso de aquí y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado”. Este episodio tiene un profundo significado, con la venida de Jesús y su Reino cesa la Antigua Alianza, basada en la Ley de Moisés y en el culto del Templo. Por Jesús se hace efectiva la Nueva Alianza y el nuevo Culto que anunció Jeremías.  La Carta a los Hebreos explica el sacerdocio de Cristo, cuyo sacrificio personal sustituye al viejo culto del Templo. La reacción de los judíos y los guardianes del Templo no se hizo esperar: “¿Qué signos nos muestras para obrar así?” Jesús les encaró desafiándolos: “Destruyan este templo y en tres días lo levantaré”. Él hablaba del templo de su cuerpo y se refería a su resurrección al tercer día de su muerte, como lo entendieron los discípulos después de los acontecimientos pascuales. Todo el pasaje de la purificación del Templo por Jesús se orienta a esta automanifestación de Cristo en su misterio salvador. El significa el relevo de la Antigua Alianza y el final del culto que encarnaba el Templo de Jerusalén. Cristo da paso a una Alianza y culto nuevos en espíritu y en verdad. Fuente: Luis Alonso Schˆkel: La Biblia de Nuestro Pueblo. B. Caballero. En las fuentes de la Palabra.

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