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17 de abril del 2021

Opinión

Una anécdota durante el funeral de Henry Molina

Cuando llegué temprano al funeral de mi querido amigo Henry Molina, a quien he mencionado innúmeras veces en esta columna, y al que le dediqué un artículo hace precisamente un año, cuando sufrió el quebranto de salud que le acortó su existencia, había un grupo de conocidos junto a sus hijos. Y luego de conversar […]




Cuando llegué temprano al funeral de mi querido amigo Henry Molina, a quien he mencionado innúmeras veces en esta columna, y al que le dediqué un artículo hace precisamente un año, cuando sufrió el quebranto de salud que le acortó su existencia, había un grupo de conocidos junto a sus hijos. Y luego de conversar entre los presentes, su hijo mayor expresó que siempre recordaba una anécdota que hicimos en uno de los encuentros que anualmente realizamos a principio de diciembre. Se remonta a la década del 60. Luego de la caída de la tiranía trujillista. En ese entonces Henry Molina junto a un grupo de dirigentes sindicales habían formalizado la Confederación Autónoma de Sindicatos Cristianos (CASC). Por nuestra parte, con apenas 18 años, participábamos en los grupos estudiantiles y juveniles del socialcristianismo, coincidiendo en muchas reuniones con los dirigentes de la CASC y Henry Molina. Pero además de eso, también formaba parte de la dirección de la Asociación de Empleados Azucareros. El hecho es que, dentro del socialcristianismo, movimiento al cual pertenecíamos ambos, como he manifestado en otras ocasiones, había dirigentes confesionales que llegaron a confundir la organización partidaria y la sindical con el sacerdocio o monasterios. De tal manera que algunas acciones sociales, normales entre ciudadanos, sobre todo jóvenes, las consideraban impuras y dignas de rechazo. Y en mi condición de dirigente de la Asociación de Empleados, junto a Freddy Madera, Lisandro Macarrulla, Fidias Cabrera, Tácito Perdomo, etc. en ocasiones nos reuníamos en uno de esos lugares cercanos a nuestras oficinas en la Feria. El Típico B. y el Típico C, que luego se llamó El Caribeño. Razón por la cual fui criticado por algunos en las filas de la Juventud Revolucionaria Social Cristiana. Pero un día, estando con el grupo de los Azucareros, como nos decían, en uno de esos dos visitados lugares, vi a Henry Molina, no solo en el lugar, sino conversando animadamente en la tarima donde se colocaban los músicos y los presentadores de los espectáculos. Estaba como en su casa. Pero no solo eso, sino que lo anunciaban y lo aplaudían. Entonces, me acerqué a él y le dije: Henry, como tú y yo somos de los pocos socialcristianos que venimos aquí a bailar, a partir de ahora eres mi defensor. Si me critican les diré que estoy ayudando a la CASC y a ti a integrar a los empleados de los bares y restaurantes a la organización. La CASC estaba fortaleciéndose con diferentes núcleos laborales. Uno de ellos, de gran importancia por su alcance, eran los empleados de bares y restaurantes. Lo que justificaba cualquier visita sorpresa o asidua de cualquiera de sus dirigentes a una de esos lugares. Luego me di cuenta de que no éramos los únicos socialcristianos que íbamos a dichos lugares. Pues llegué a ver a varios. Fernando Mangual puede dar testimonio de ello. Esa fue la anécdota a que se refirió el hijo del querido amigo Henry Molina en la funeraria. Paz a sus restos. Por: Teófilo Quico Tabar.

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