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23 de abril del 2021

Opinión

“Vainas” de Balaguer

CÉSAR MEDINA. Todo el mundo sabe que a la sensibilidad del poeta enamorado, Balaguer sumó siempre –como justo equilibrio–, la condición de vainero consumado. Víctima de sus “vainas políticas” fueron todos los miembros de su entorno y solo uno de ellos, Aníbal Páez, se le paraba como un gallito aprovechando que el anciano caudillo dependía […]




CÉSAR MEDINA.
Todo el mundo sabe que a la sensibilidad del poeta enamorado, Balaguer sumó siempre --como justo equilibrio--, la condición de vainero consumado. Víctima de sus “vainas políticas” fueron todos los miembros de su entorno y solo uno de ellos, Aníbal Páez, se le paraba como un gallito aprovechando que el anciano caudillo dependía de él hasta para su aseo personal. “Ö Pero por muchas estrellas y charreteras que tuvieran en el uniforme, hasta a los generalotes les temblaban las canillas cuando Balaguer golpeaba los nudillos de su mano derecha sobre el escritorio, tan fuerte como si se le fueran a romper los huesitos de la mano”. Y cuando se trataba de “civilones”, por muy encumbrados que estuviesen, ese poder parecía multiplicarse ejerciendo la condición del gran actor que siempre fue para exhibir todo su poder a gente subordinada a un cargo que dependía de los humores tan cambiantes como los del político al poetaÖ Y viceversa. Son incontables las “vainas” que echó Balaguer en todos sus años de poder, incluyendo cuando ejerció como ministro de la dictadura o como Vicepresidente y Presidente títere de Trujillo o durante el Consejo de Estado, y con mayor vera aún a partir e 1966 hasta el 78 y desde 1986 hasta el 96, que fueron sus últimos 22 años de ejercicio constitucional y de influencia absoluta. Los nudillos de su mano derecha se hicieron famosos en aquella época. Los usaba indistintamente para sugestionar a sus subordinados durante sus actuaciones actorales, lo mismo que para enfatizar órdenes encriptadas en su estilo tan particular de gobernarÖ En ambos casos la intención tenía que quedar bien clara: ¡Aquí se hace lo que yo digo, carajo! ... “Paciente” indisciplinado Balaguer era un Presidente autoritario durante todo el día y seguía una rutina rigurosa como jefe de EstadoÖ Pero en la noche era un “paciente” de Aníbal Páez, su “enfermero de cabecera”, quien le acompañaba a dormir, lo aseaba, los vestía y ya a las 10:00 de la mañana de cada día lo volvía a convertir en el Presidente a quienes todos temíanÖ menos él. Las cosas que pasaron durante muchas de esas largas noches en la parte trasera de la Máximo Gómez 25 nunca se sabrán, a menos que Aníbal se decida a escribirlas algún día, algo que todo el mundo duda a partir no sólo de su lealtad a Balaguer sino también porque se trata de un hombre discreto que siempre se ha movido en muy bajo perfil. Hubo muchos pleitos y discusiones entre ellos dos cuando se quedaban solos y llegaba la hora de la rutina nocturna, sobre todo al momento de la ingesta de la pastilla de dormir “Dormicum” de 7.5 miligramos que --aplicadas como a él, en dos grageas simultáneas--, “pueden poner a dormir hasta a un caballo”. El problema era que Balaguer creyó siempre que lo estaban sobredosificando para que durmiera más de la cuenta porque notaba que se despertaba cada día más tarde, a veces rozando el mediodía. Aníbal vivía con su familia en la Máximo Gómez 23, al ladito de Balaguer... ... No pasaron del pleito entre el ciego y el lazarillo: los dos siempre tenían razón. ...Con Milo Jiménez Cuando Balaguer transfirió el poder a Antonio Guzmán el 16 de agosto de 1978, Ramón Emilio Jiménez, Milo, tenía el rango de contralmirante de la Marina de Guerra --hoy Armada Dominicana--, y el nuevo presidente lo designó en su primer gabinete como Canciller de la República. Dos años después lo destituyó y puso en retiro. Pocos días después de su salida del gabinete perredeísta, Milo visitó a Balaguer en su casa junto con toda su familia para pedirle que lo juramentara en el Partido Reformista. -Cómo no, le dijo Balaguer. Levante su mano derecha... “Pero me quiero juramentar con toda mi familia, doctor”, le dijo Milo. -Ah sí... ¿Y de qué partido eran ellos...?

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