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12 de abril del 2021

Opinión

Venezuela… llegó la hora

Oscar Medina. Con la juramentación de Juan Guaidó como presidente interino de la República Bolivariana de Venezuela se abre un espacio de esperanza en la ruta hacia la recuperación de la democracia y la libertad en esa hermana nación. Pero el éxito de este proceso estará determinado por dos factores. Por un lado, es imperativo […]




Oscar Medina.
Con la juramentación de Juan Guaidó como presidente interino de la República Bolivariana de Venezuela se abre un espacio de esperanza en la ruta hacia la recuperación de la democracia y la libertad en esa hermana nación. Pero el éxito de este proceso estará determinado por dos factores. Por un lado, es imperativo que la oposición mantenga la unidad que en el pasado colapsó, víctima de batallas de egos y ambiciones personales. Adicionalmente, es fundamental que las fuerzas que luchan por el retorno de la democracia cuenten con apoyo internacional, que no cesen las presiones sobre la dictadura y que no se descarte ninguna opción para que el pueblo venezolano se libere de ese régimen oprobioso. La enorme mayoría de las democracias del mundo favorecen el proceso de transición, han declarado ilegítimo a Maduro, van reconociendo como presidente interino a Guaidó y apoyan la ruta que ha trazado hacia la democracia, que pasa por la consolidación de un gobierno de transición y la convocatoria a unas elecciones libres, transparentes y con observación internacional. República Dominicana, aunque ha califi cado de ilegítimo los resultados del proceso electoral celebrado en mayo del año pasado y ha desconocido la legalidad de Maduro, aún no reconoce el gobierno de transición encabezado por el presidente de la Asamblea Nacional e insiste en promover el diálogo. Y si bien el diálogo nunca debe ser desdeñado, y eventualmente será indispensable para el éxito del proceso de transición democrático, proponerlo en esta coyuntura es ofrecer un espacio de respiro a la dictadura venezolana. Ese régimen ha convertido los espacios de negociación en interminables diálogos de sordos en procura de detener procesos, ganar tiempo, salir de encierros y asestar nuevos golpes a la democracia. Fué lo que hicieron en Santo Domingo cuando pusieron de mojiganga al Presidente Medina y al Canciller Vargas. Ya que mientras los enviados de Maduro se sentaban a la mesa de negociación, este inhabilitaba, perseguía y encerraba opositores, reducía las facultades del Parlamento, aumentaba los poderes de la Asamblea Constituyente y se negaba a reconformar y equilibrar el Consejo Electoral… Porque a fi n de cuentas, a Maduro no le interesa el diálogo. Sabe que cualquier solución negociada pasaría necesariamente por unas nuevas elecciones. Que para ellos sería, en la práctica, lo mismo que entregar el poder. La enorme mayoría de los venezolanos rechaza ese gobierno inepto y represivo, y Maduro sabe que perdería ampliamente si se produjeran votaciones libres y democráticas. Si ese señor tuviera un ápice de inteligencia promovería un diálogo. Pero para pactar su salida de Mirafl ores acogiéndose a la Ley de Amnistía aprobada por la Asamblea Nacional, la sostenibilidad de su régimen es precaria, se derrumbará más temprano que tarde, y sólo le libra del calabozo que su marcha se produzca en medio de una transición pacífi ca, administrada por los venezolanos. Otra opción sería que los militares le hagan entender que se terminó, que lo monten en un avión rumbo a La Habana y le ofrezcan apoyo a la Asamblea Nacional. Actualmente, el único órgano del Estado legítimamente electo en Venezuela. La tercera opción es que, los saquen desde fuera. Que una “fuerza internacional de ayuda humanitaria” ---que podría ser solicitada por el gobierno interino de Guaidó--- termine de una vez y por todas con el drama de Venezuela y manden a Maduro, Diosdado y demás esbirros de esa dictadura a enfrentar las acusaciones por crímenes de lesa humanidad que les esperan en la Corte Penal Internacional. Porque este proceso que inició el 23 de enero debe concluir con una solución… Dar las espaldas a esa realidad es complicidad. No es momento de tibieces. O se está con la democracia o se está con la dictadura. En esta coyuntura no es serio apelar a principios como la no intervención y la autodeterminación, porque se evaden otros principios tan importantes como la solidaridad de los pueblos y el fomento de la democracia. Hay ejemplos de sobra que demuestran cómo la solidaridad internacional se expresa frente a dictaduras y al rompimiento del orden democrático. Para citar sólo casos recientes y regionales; Paraguay fue aislado cuando el presidente Fernando Lugo fue depuesto y la OEA aplicó la Carta Democrática y sancionó a Honduras tras el golpe a Mel Zelaya. En Venezuela se produjo una ruptura del orden democrático cuando Maduro secuestró las funciones de la Asamblea Nacional, designó irregularmente una Corte Suprema, creó una omnipotente Asamblea Constituyente a la medida de sus intereses y organizó una farsa electoral para quedarse en el poder. ¡Llegó la hora…! Mirar para otro lado y continuar apelando al discurso del dialogo frente a esa satrapía resulta inaceptable. Los venezolanos merecen recobrar su libertad, y para ello necesitan de la solidaridad de los pueblos y de los gobiernos amigos. La República Dominicana está obligada a estar, inequívocamente, del lado correcto de la historia.

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